Mi padre respondió casi de inmediato.
“Confirmado. Pasaporte, documentos y equipaje. Lo demás puede quedarse.”
Leí el mensaje varias veces.
Lo demás puede quedarse.
Quizá esas cuatro palabras fueron las que finalmente me permitieron soltarlo todo.
Cuando llegué a la universidad, no fui a buscar a Daniel ni a Camila.
Fui directamente a administración.
La mujer del mostrador revisó mi expediente y levantó la mirada.
—¿Quieres cancelar tu matrícula?
—Sí.
—¿Estás segura? Tu expediente académico es excelente. Esta universidad te ofreció una beca parcial.
—Lo sé.
Firmé los documentos.
Luego retiré mi solicitud y pedí que enviaran mi expediente a la dirección que mi padre había indicado.
Cuando salí del edificio, vi a Daniel esperándome junto a la entrada.
Me había encontrado.
—¡Estrella!
Se acercó rápidamente.
—¿Dónde estabas? Te escribí un montón de veces.
Lo miré.
—En la universidad.
—Camila estaba preocupada.
—No parecía preocupada cuando me dejaron en la estación.
Daniel se quedó callado.
Por primera vez, su expresión perdió aquella seguridad que siempre tenía conmigo.
—Fue un malentendido.
—No.
Negué lentamente.
—Un malentendido ocurre una vez.
—Esto lleva años ocurriendo.
Él abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, Camila apareció corriendo.
—Estrella, por fin.
Me abrazó.
Yo permanecí quieta.
—¿Por qué estás tan distante?
La miré.
—Porque estoy cansada.
Su sonrisa desapareció.
—¿Cansada de qué?
—De ser la tercera persona que ustedes recuerdan cuando ya no queda nadie más.
Camila palideció.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Nunca quisimos hacerte sentir así.
—Pero lo hicieron.
Saqué el teléfono.
Abrí la fotografía que había publicado Daniel esa mañana.
—Mira esto.
Él bajó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—No necesito que me expliquen nada.
Guardé el teléfono.
—Solo necesitaba dejar de explicarme a mí misma por qué ustedes siempre me dejaban atrás.
Camila empezó a llorar.
—Estrella, somos tus mejores amigos.
Sonreí.
—No.
Hice una pausa.
—Fueron mis mejores amigos.
Daniel se quedó completamente inmóvil.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Adónde?
—Fuera del país.
Su rostro cambió.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé.
Camila se secó las lágrimas.
—¿Todo esto por un tren?
La miré directamente.
—No.
—Por dieciocho años.
No esperé su respuesta.
Me di la vuelta.
Aquella noche regresé a casa de mis padres.
Mi padre había preparado una maleta sobre la cama.
Encima había colocado mi pasaporte y una carpeta.
—Tu vuelo sale mañana a las nueve.
—Gracias, papá.
Él me miró durante unos segundos.
—¿Quieres que cancele todo?
Negué.
—No.
—¿Quieres que alguien intervenga?
—Tampoco.
Mi padre asintió.
—Entonces vete sin mirar atrás.
Aquella noche dormí poco.
No porque estuviera triste.
Sino porque por primera vez tenía miedo de descubrir quién sería yo sin ellos.
A las ocho de la mañana, mientras salía hacia el aeropuerto, recibí un mensaje de Daniel.
“Estrella, por favor, no te vayas así.”
Después llegó otro.
“Camila está llorando.”
Y finalmente:
“¿De verdad vas a abandonarnos?”
Me quedé mirando la pantalla.
Escribí una sola respuesta.
“No los estoy abandonando. Estoy dejando de abandonarme a mí misma.”
Lo envié.
Después bloqueé ambos números.
En el aeropuerto, entregué mi equipaje.
Cuando el avión despegó, miré por la ventanilla.
No sabía que aquella decisión cambiaría mi vida por completo.
Tampoco sabía que, al otro lado del océano, me esperaba una universidad que aceptaría mi antigua solicitud de arte.

Y mucho menos imaginaba que, tres años después, Daniel aparecería frente a la puerta de mi estudio.
Para entonces, yo ya no sería la chica que esperaba en una estación.
Y él tendría una pregunta que llegaba demasiado tarde.
—Estrella… ¿por qué nunca nos dijiste que eras la heredera de aquella familia?