—Clara Vance —respondió ella, sin apartar los ojos de Leo—. Y creo que su hijo necesita que todos dejen de mirarlo.
Rico entrecerró los ojos.
—¿Perdón?
—Cuanta más gente intenta tocarlo, más miedo siente.
Dante dio un paso hacia ella.
—Señorita, será mejor que…
—Atrás —ordenó Rico.
Clara dejó la leche sobre la mesa y se arrodilló lentamente junto a Leo.
No intentó abrazarlo.
Ni siquiera extendió las manos.
—Leo, nadie va a tocarte —susurró—. Puedes llorar todo lo que necesites.
El niño continuó sollozando, pero sus gritos comenzaron a debilitarse.
Clara empujó suavemente el vaso hacia él.
—Está calentita.
Leo la observó con los ojos hinchados.
Luego bebió un pequeño sorbo.
El restaurante entero parecía contener la respiración.
Treinta segundos después, el niño estaba completamente callado.
Rico contempló a Clara como si acabara de realizar algo imposible.
—¿Cómo demonios has hecho eso?
Clara no respondió.
Porque Leo acababa de mirar su mano izquierda.
Concretamente, la pequeña cicatriz blanca que atravesaba la base de su pulgar.
El rostro del niño cambió.
Dejó el vaso.
Después levantó su propia mano y realizó tres movimientos con los dedos.
Clara palideció.
Rico lo vio.
—¿Qué significa eso?
Leo repitió la señal.
Dos dedos contra la palma.
Puño cerrado.
Pulgar hacia el pecho.
Clara retrocedió ligeramente.
—¿Quién le enseñó eso?
Rico se levantó.
—Nadie.
—Eso no puede ser.
Por primera vez en seis meses, Leo habló sin gritar.
—Mamá.
El silencio cayó como una piedra.
Rico se quedó inmóvil.
—¿Qué has dicho?
Leo señaló la cicatriz de Clara.
—Mamá hacía eso.
Clara sintió que las piernas le temblaban.
Conocía aquella señal.
La había aprendido años atrás, cuando trabajaba como voluntaria en un refugio para mujeres que necesitaban pedir ayuda sin que sus agresores lo supieran.
Rico agarró el borde de la mesa.
—Elena nunca estuvo en ningún refugio.
Clara miró al niño.
—Entonces alguien le enseñó a pedir ayuda en secreto.
Leo tiró de su manga.
—Mamá dijo… mujer de la cicatriz.
Clara dejó de respirar.
Rico también.
Leo señaló directamente hacia ella.
—Mamá dijo que te buscara.
Entonces Dante sacó su teléfono.
Su rostro perdió todo el color.
—Jefe… tenemos un problema.
Rico levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
Dante giró la pantalla hacia él.
Era una fotografía tomada seis meses antes.
Elena aparecía entrando en un edificio.
Y caminando apenas tres pasos detrás de ella estaba Clara Vance.
