Flynn miró al médico.
—¿Qué quiere decir?
El doctor Reed sostuvo su mirada.
—Su esposa estaba embarazada de ocho semanas.
El ramo resbaló de las manos de Flynn.
Las rosas blancas cayeron al suelo.
—¿Embarazada?
Cerré los ojos.
No quería escuchar el resto otra vez.
—Eran gemelos —continuó el médico—. Las heridas provocaron una hemorragia grave. No pudimos salvarlos.
Flynn palideció.
—Mabel… yo no sabía.
Lo miré.
—¿Eso habría cambiado algo?
Abrió la boca.
Ninguna palabra salió.
—Necesito que se marche —dije.
—Déjame explicarte.
—Fuera.
Por primera vez en tres años, Flynn obedeció.
Esperé hasta escuchar cerrarse la puerta.
Entonces levanté la muñeca.
Mi reloj inteligente había desaparecido.
El pánico me atravesó.
—Doctor, ¿dónde están mis pertenencias?
Reed abrió un cajón.
—La policía se llevó algunas. Esto estaba conmigo.
Sacó una pequeña bolsa.
Dentro estaba mi reloj.
La pantalla estaba agrietada.
Pero funcionaba.
Esa noche escuché la grabación completa.
Primero mi respiración.
Después la voz de Flynn.
“Lo hice, Selina. Tal como dijiste. Somos libres.”
Luego habló Selina.
Y sus siguientes palabras cambiaron todo.
“Ahora asegúrate de que tu familia crea que fue un accidente. Después de la gala, podrás solicitar el divorcio.”
Hubo una pausa.
Después Flynn preguntó:
“¿Y si despierta?”
Selina respondió tranquilamente:
“Entonces terminamos lo que empezamos.”
Guardé tres copias.
Una para mi abogado.
Una para el detective.
Y una para mí.
Durante las semanas siguientes, dejé que Flynn creyera que apenas recordaba aquella tarde.
Él comenzó a llamarme.
Después llegaron cartas.
Finalmente apareció una invitación.
LA GALA DEL CENTENARIO DE VANCE GLOBAL.
Toda la familia Vance estaría allí.
Inversores.
Periodistas.
Miembros del consejo.
Y Selina.
Ocho semanas después, entré en el salón principal con un vestido rojo sangre.
Las conversaciones murieron una tras otra.
Flynn estaba en el escenario.
Selina permanecía junto a su madre.
Cuando me vio, su copa cayó al suelo.
Flynn descendió los escalones.
—Mabel…
—No me toques.
Levanté mi teléfono.
La enorme pantalla detrás del escenario se volvió negra.
Entonces comenzó a reproducirse la grabación.
La voz de Flynn llenó el salón.
“Lo hice, Selina. Tal como dijiste.”
Los invitados quedaron paralizados.
Pero antes de que pudiera reproducirse la confesión de Selina, alguien cortó el sonido.
Las luces se apagaron.
Sentí una mano agarrarme del brazo.
Me giré preparada para gritar.
Era el doctor Reed.
—Mabel, escucha —susurró—. Hay algo que no te conté en el hospital.
Las luces volvieron.
Dos policías entraron en el salón.
Pero caminaron directamente hacia mí.
Uno sacó unas esposas.
Reed apretó mi brazo.
—Selina sabía que estabas embarazada antes que Flynn.

Lo miré horrorizada.
—¿Cómo?
Reed dirigió los ojos hacia el padre de Flynn, sentado tranquilamente en primera fila.
—Porque él fue quien le entregó tus informes médicos.