Siete días después, regresé al hospital.
Natalie estaba sentada junto a Adrian con el bebé en brazos.
Cuando me vio, sonrió.
—Espero que después de esto me pidas perdón.
No respondí.
El técnico del laboratorio dejó un sobre sobre la mesa.
Adrian lo abrió.
Leyó la primera página.
Su expresión se congeló.
—Probabilidad de paternidad… cero.
Natalie palideció.
—Eso es imposible.
Adrian levantó lentamente la mirada.
—No es mío.
—¡Manipularon la prueba!
—Entonces hagamos otra —respondí.
Natalie apretó al bebé contra su pecho.
—¡No!
Ese grito confirmó más que el documento.
Adrian se puso de pie.
—¿Quién es el padre?
—No lo sé.
—Mentira.
Natalie comenzó a llorar.
Yo permanecí en silencio hasta que la puerta se abrió.
El señor Grant entró con una segunda carpeta.
La dejé frente a Natalie.
—Quizá esto te ayude a recordarlo.
Dentro había fotografías del Hotel Grand Meridian.
Natalie entrando en la suite.
Después apareció un hombre.
Marcus Reed.
El asistente de Adrian.
Adrian quedó inmóvil.
—Marcus…
Natalie cerró los ojos.
Pero aquello todavía no era lo peor.
—La segunda muestra —dije.
Grant sacó otro informe.
—Comparamos el ADN del bebé con una muestra obtenida legalmente de Marcus Reed.
Adrian tomó el resultado.
Compatibilidad de paternidad: 99,99 %.
Su mano tembló.
Natalie comenzó a suplicar.
—Adrian, puedo explicarlo.
—¿Durante cuánto tiempo?
Ella no respondió.
—¿Cuánto tiempo llevas acostándote con mi asistente?
—No fue así…
Golpeé suavemente la segunda carpeta.
—Déjala terminar.
Natalie me miró aterrada.
—Porque Marcus no era simplemente su amante.
Saqué varios registros bancarios.
Durante diez años, Natalie había recibido transferencias periódicas de una sociedad llamada Northbridge Consulting.
La misma empresa había pagado su universidad.
Su apartamento.
Sus viajes.
Incluso parte de los gastos médicos del embarazo.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo? —preguntó Adrian.
—Contigo, poco.
Lo miré.
—Conmigo, todo.
Grant colocó sobre la mesa una fotografía tomada diez años atrás.
Natalie aparecía entrando en una cafetería.
Frente a ella estaba una mujer mayor.
Mi tía, Rebecca Bennett.
La mujer que había intentado quedarse con la empresa de mi padre después de su muerte.
Sentí cómo Natalie dejaba de respirar.
—Te pagaron para acercarte a mí —dije.
—Emma…
—Diez años fingiendo ser mi amiga.
Cada palabra me dolía más que la anterior.
—¿Para qué?
Natalie comenzó a llorar de verdad.
—Al principio solo tenía que informar sobre ti.
—¿Informar qué?
—Tus relaciones. Tus decisiones. Con quién hablabas.
Adrian la miraba horrorizado.
Entonces comprendí.
—¿Mi matrimonio también?
Natalie bajó la cabeza.
Silencio.
—Respóndeme.
—Sí.
Mi estómago se cerró.
—Rebecca quería que te casaras con Adrian —continuó— porque mientras siguieras siendo Emma Hale, no reclamarías ciertas acciones de Bennett Holdings que solo podían transferirse cuando recuperaras legalmente tu apellido.
Adrian giró hacia mí.
—¿Qué acciones?
Grant respondió:
—El treinta y siete por ciento de Bennett Holdings.
El rostro de Adrian cambió.
Natalie había entrado en mi vida para vigilarme.
Después había ayudado a mantenerme atrapada en un matrimonio vacío.
Y cuando finalmente decidí divorciarme…
Había intentado provocar un escándalo suficientemente grande para destruir mi reputación antes de que pudiera recuperar mi patrimonio.
Pero todavía faltaba una pieza.
Miré a Grant.
—¿Y Marcus?
—También recibía pagos de Northbridge.
Adrian quedó completamente quieto.
Su hombre de confianza.
Mi mejor amiga.
Los dos habían trabajado para la misma persona.
Adrian se acercó a mí.
—Emma, yo no sabía nada.
—Lo sé.
Pareció sorprendido.
—Pero eso no cambia nuestros tres años.
Su expresión cayó.
—Natalie pudo manipularnos. Tu asistente pudo mentirte. Rebecca pudo planearlo todo.
Lo miré directamente.
—Pero nadie te obligó a tratarme como si no existiera.
Adrian no encontró respuesta.
Tomé los documentos.
—El divorcio seguirá adelante.
—Emma…
—Esta vez elijo yo.
Salí de aquella habitación sin mirar atrás.
Tres días después recuperé legalmente mi apellido Bennett.
Y con él, las acciones que Rebecca había intentado mantener lejos de mí durante años.
Creí que finalmente entendía toda la historia.
Hasta que Grant llegó a mi oficina con el último resultado de ADN.
—Encontramos algo durante la segunda comparación.
—¿Qué?
Dejó el informe delante de mí.
—El bebé sí es hijo de Marcus.
—Eso ya lo sabemos.
—Ese no es el problema.
Señaló otra línea.
Coincidencia genética familiar detectada.
Fruncí el ceño.
—¿Con quién?
Grant me miró fijamente.
—Contigo.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Eso es imposible.
—No, Emma.
Empujó hacia mí una fotografía antigua de mi padre junto a una mujer que no reconocí.
—Parece que Marcus Reed no entró en la vida de Adrian por casualidad.
Hizo una pausa.
—Tenemos razones para creer que Marcus es hijo de tu padre.

Miré nuevamente el resultado.
Entonces comprendí por qué Rebecca llevaba diez años moviendo las piezas.
Aquello nunca había sido solamente por dinero.
Estaba intentando impedir que saliera a la luz un heredero secreto de la familia Bennett.
Y Natalie acababa de darle un hijo.