—No voy a llevarte a ningún sitio contra tu voluntad —dijo Ethan.
Apreté a Sophie contra mi pecho.
—Entonces ¿por qué tu seguridad está esperando en una pista privada?
—Porque así viajo yo.
Miró a mi hija.
—Y porque alguien en Chicago ya sabe que tú estás en este avión.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Ethan no respondió inmediatamente.
—¿Quién sabe que vas a asistir a esa boda?
—Mi hermana.
—¿Alguien más?
—Mi madre. El prometido de mi hermana, supongo.
Su mandíbula se tensó.
—¿Cómo se llama?
—¿Mi hermana?
—El hombre con quien va a casarse.
Vacilé.
—Daniel Russo.
Ethan dejó de moverse.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
—¿Lo conoces?
Uno de sus guardaespaldas apartó inmediatamente la mirada.
Ethan respondió:
—Conozco el apellido.
—Eso no fue lo que pregunté.
Sus ojos volvieron a mí.
—Sí. Sé quién es.
El avión aterrizó cuarenta minutos después.
Yo esperaba una terminal.
En cambio, dos todoterrenos negros esperaban junto a la pista.
Encendí mi teléfono.
Diecisiete llamadas perdidas.
Todas de mi hermana, Elena.
Entonces apareció su mensaje.
“Rachel, cuando aterrices NO vengas al hotel. Llámame primero.”
Mi estómago se cerró.
Ethan vio mi expresión.
—¿Qué ocurre?
Le enseñé el mensaje.
Él llamó a uno de sus hombres.
—Averigua qué está pasando en el hotel.
—No necesito que investigues a mi familia.
—Quizá no.
Su mirada cayó sobre Sophie.
—Pero necesito saber por qué Daniel Russo está casándose mañana.
Aquello me confundió.
—Porque ama a mi hermana.
Ethan me observó durante demasiado tiempo.
—Daniel ya está casado.
Sentí que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Legalmente.
—Eso es imposible.
—No para Daniel.
Quise llamar a Elena.
Ethan me detuvo.
—Primero escucha su mensaje de voz.
Había uno.
Lo reproduje.
Mi hermana lloraba.
“Rachel, necesito contarte algo antes de que mamá te vea. Tiene que ver con Sophie. Perdóname.”
La grabación terminó.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Qué tiene que ver mi hija con esto?
Ethan no lo sabía.
Eso parecía preocuparle todavía más.
Entonces Sophie empezó a inquietarse.
Busqué su biberón.
Ethan tomó la bolsa de pañales para ayudarme.
Algo cayó al suelo.
Una pequeña carpeta médica.
Él se agachó.
—Se te cayó esto.
Cuando me la entregó, vio el nombre impreso.
SOPHIE MORENO.
Sus ojos se clavaron en el apellido.
—¿Moreno?
—Es el apellido de su padre.
La calma desapareció de su rostro.
—¿Cómo se llama?
No quería responder.
El padre de Sophie era precisamente la razón por la que había pasado los últimos meses intentando reconstruir mi vida.
—Gabriel Moreno.
Ethan palideció.
Uno de sus hombres se acercó.
—Jefe, tenemos noticias del hotel.
Pero Ethan levantó una mano.
Seguía mirándome.
—Rachel, ¿cuándo fue la última vez que viste a Gabriel?
—Hace siete meses.
—¿Y qué te dijo?
Tragué saliva.
—Que no quería ser padre.
Ethan soltó una risa sin humor.
—Eso sería difícil.
—¿Por qué?
—Porque Gabriel Moreno murió hace tres años.
Sentí que el mundo se detenía.
—No.
—Yo estuve en su funeral.
—Estás equivocado.
Saqué mi teléfono.
Busqué una fotografía.
Gabriel conmigo.
La fecha estaba registrada.
Once meses atrás.
Ethan tomó el teléfono.
Su expresión se endureció.
—Ese hombre no es Gabriel Moreno.
—Viví con él durante casi un año.
—Entonces viviste con alguien que utilizaba el nombre de un muerto.
Sophie comenzó a llorar.
La abracé.
—¿Quién es?
Ethan amplió la fotografía.
Entonces se quedó inmóvil.
—Jefe —insistió su guardaespaldas—, tiene que ver esto.
Le entregó una imagen enviada desde el hotel.
Era una fotografía tomada aquella misma noche.
Mi madre estaba entrando por una puerta lateral.
Junto a Daniel.
Y detrás de ambos caminaba el hombre que yo conocía como Gabriel.
El padre de mi hija.
Vivo.
En Chicago.
Ethan miró alternativamente las dos fotografías.
Después dijo algo que convirtió mi miedo en terror.
—Ahora entiendo por qué te querían en ese avión.
—¿Quiénes?
No respondió.
Miraba a Sophie.
—Rachel, necesito hacerte una pregunta muy importante.
—¿Qué?
—Cuando nació Sophie, ¿hicieron una prueba de paternidad?
Negué.
—Nunca fue necesario.
Ethan cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, había desaparecido toda aquella extraña amabilidad.
—Para ellos sí.
Sentí un nudo en la garganta.
—No entiendo.
Uno de los hombres abrió la puerta del vehículo.
Ethan no se movió.
—Daniel Russo no se está casando con tu hermana para entrar en tu familia.
Señaló la fotografía de mi supuesto ex.
—Y ese hombre nunca se acercó a ti por casualidad.
—Entonces ¿qué querían?
Ethan miró a Sophie.
—A ella.
Retrocedí instintivamente.
—¿Por qué?
Por primera vez desde que lo había conocido, Ethan Callahan pareció tener miedo de responder.
—Porque hace seis meses recibí los resultados de una investigación privada sobre mi hermano desaparecido.
Se quedó mirando el rostro dormido de Sophie.
—Y Rachel… el hombre de esa fotografía es mi hermano.
