PARTE 2: LA CASA DONDE TERMINÓ TODO

Me quedé detrás del ventanal.

La mano de Adrian seguía sobre el vientre de Camila.

Tres años antes, yo había puesto su mano sobre el mío de la misma manera.

Él apenas había sonreído.

—Todavía es pronto para emocionarnos.

Después llegaron las noches en la oficina, los viajes y aquella cena de negocios a la que insistió en que lo acompañara, aunque yo llevaba todo el día sintiéndome mal.

Cuando comenzaron los dolores, le pedí que nos fuéramos.

—No me avergüences delante de los socios.

Esperé demasiado para buscar ayuda.

Nunca supe si llegar antes habría cambiado el resultado. Lo que sí sabía era que, mientras yo perdía a nuestro hijo en el hospital, Adrian había permanecido en la cena.

Después me dijo que no debía seguir hablando de aquello.

«Tenemos que pasar página».

Ahora lo escuchaba prometer que protegería a otro bebé.

Apoyé la mano en el cristal.

No odiaba a ese niño.

Pero ya no podía seguir viviendo con el hombre que convertía mi dolor en una molestia.

Abrí la puerta del jardín.

Adrian levantó la cabeza.

Su sonrisa desapareció.

—Isabella.

Camila se incorporó lentamente del columpio.

—Yo… no sabía que vendrías.

Miré las rosas que rodeaban la terraza.

Había elegido cada variedad antes de nuestra boda.

—Adrian dijo que te habías ido al extranjero.

Él se puso de pie.

—Podemos hablar dentro.

—Podemos hablar aquí.

Camila se tocó el vientre.

Adrian la miró enseguida.

Aquel gesto terminó de responder las preguntas que yo había traído.

—No voy a hacerle daño ni a discutir con ella —dije—. Vine porque necesitaba dejar de dudar de lo que estaba viendo.

—Es más complicado de lo que piensas.

—No. Lo complicado ha sido escucharte decir que me elegías mientras seguías viviendo esto.

Saqué del bolso el sobre que mi abogada había preparado.

—Estos son los documentos. Las condiciones se negociarán por medio de nuestros representantes.

Adrian no lo tomó.

—No voy a divorciarme de ti.

Lo dejé sobre la mesa del jardín.

—No puedes prometerme exclusividad y después exigirme que acepte tu otra familia.

Su rostro se endureció.

—Camila está embarazada. No podía dejarla sola.

Sentí el golpe antes de responder.

—Yo también estuve embarazada.

El silencio cayó entre los tres.

Adrian apartó la mirada.

—Eso fue diferente.

—Sí —dije—. A mí me pediste que dejara de hablar de nuestro hijo.

Por primera vez, Camila lo miró con una expresión que no era ternura.

Yo no esperé a escuchar qué le diría.

Regresé al aeropuerto con las manos temblorosas.

El miedo a volar seguía allí. No desapareció porque hubiera tenido valor en aquel jardín.

Llamé a mi hermana antes de embarcar.

—¿Puedes quedarte conmigo esta noche?

—Claro.

No me pidió que fuera fuerte.

Me preguntó si había comido.

Durante las semanas siguientes, Adrian pasó de llamar furioso a dejar mensajes arrepentidos.

Una noche apareció frente al apartamento donde me había instalado.

Traía una fotografía de nuestra boda.

—No puedes decir que nada de esto fue real.

Miré la imagen.

Yo sonreía con los ojos cerrados, convencida de que estaba a salvo.

—No he dicho eso.

Él dio un paso hacia mí.

—Entonces todavía podemos salvarlo.

—Que haya sido real no significa que siga existiendo.

Adrian bajó la fotografía.

No lo invité a entrar.

El divorcio tardó más de lo que yo deseaba. Hubo desacuerdos sobre propiedades, documentos y dinero.

La mansión de rosas había quedado a mi nombre cuando nos casamos.

Pedí que la desalojaran.

Después la puse en venta.

No fui a ver cómo retiraban los muebles.

Tampoco pregunté dónde vivirían.

Empecé terapia y, por primera vez en tres años, hablé de mi bebé sin apresurarme a consolar a quien me escuchaba.

Compré una pequeña caja y guardé la ecografía, la pulsera del hospital y la única fotografía que conservaba de aquellos meses.

Ya no tenía que esconderlas para que Adrian pudiera sentirse cómodo.

El día que se firmó la venta de la mansión, mi hermana me acompañó a comprar una planta para mi nueva casa.

Elegí un rosal blanco.

Lo colocamos en el balcón, donde recibía el sol de la mañana.

—¿No te traerá recuerdos? —preguntó.

Acaricié una hoja.

—Sí.

Respiré despacio.

—Pero también puedo tener otros.

Aquella noche cenamos junto a la ventana abierta.

Mi teléfono permaneció en silencio.

Y cuando llegó la hora de dormir, no tuve que preguntarme en qué casa estaba mi marido ni qué nombre pronunciaría al volver.

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