PARTE 2: LA SEGUNDA MENTIRA

A las siete de la mañana, Adrian golpeó mi puerta.

—¡Emily! ¡Abre!

Cuando finalmente lo hice, Sophie estaba detrás de él.

Adrian levantó la bolsa con sus pertenencias.

—¿Qué significa esto?

—Que nuestra boda está cancelada.

Su rostro cambió.

—¿Revisaste mi tableta?

Sophie palideció.

Aquella reacción confirmó todo.

—Cinco años —dije—. Cinco años durmiendo en su apartamento mientras me mentías sobre el sonambulismo.

—No es lo que piensas.

Casi me reí.

—Entonces explícame por qué tu reloj registra que dormiste allí cada noche.

Sophie dio un paso adelante.

—Emily, Adrian se quedaba conmigo por una razón.

—Sophie, cállate —espetó él.

La miré.

—Continúa.

Ella dudó.

—Adrian y yo estamos casados.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Adrian cerró los ojos.

—Nos casamos hace seis años —continuó Sophie—. Nos separamos, pero nunca terminamos legalmente el divorcio.

Miré mi anillo de compromiso.

Entonces comprendí por qué Adrian llevaba cinco años aplazando nuestra boda con excusas sobre trabajo, dinero, fechas y documentos.

Yo no era simplemente la prometida engañada.

Era la mujer con la que posiblemente nunca había podido casarse legalmente.

—¿Por qué? —pregunté.

Adrian intentó acercarse.

—Mi familia controla parte de mi patrimonio mediante un fideicomiso. Si me divorciaba de Sophie antes de cierta fecha, perdía una parte importante.

—¿Y yo qué era?

No respondió.

Sophie lo hizo.

—Su plan era divorciarse después de recibir el dinero y casarse contigo.

Por un instante pensé que aquello era “lo peor”.

Hasta que recordé algo.

El hospital.

La noche de mi emergencia.

La cirugía.

Una conversación que había ignorado porque estaba medicada y agotada.

Entré al apartamento y saqué una carpeta.

—Hay algo que ninguno de vosotros sabe.

Adrian frunció el ceño.

Después de mi hospitalización había descubierto que una cuenta conjunta creada para nuestra futura casa había sufrido varios movimientos que yo nunca autoricé.

Había pensado que eran errores administrativos.

Hasta revisar todo después de descubrir a Sophie.

Puse los documentos frente a Adrian.

—¿Reconoces estas transferencias?

Su rostro perdió el color.

Sophie tomó una hoja.

—¿Qué es esto?

Más de cien mil dólares habían salido de la cuenta durante dos años.

El destino aparecía bajo diferentes conceptos.

Pero todas terminaban vinculadas a una empresa.

Bennett Consulting.

Sophie levantó lentamente los ojos.

—Adrian… esa empresa está a nombre de mi padre.

Silencio.

Esta vez Sophie también había dejado de ser su aliada.

—Me dijiste que el dinero que enviabas a mi familia era tuyo.

Adrian no respondió.

La verdad era mucho más sencilla y desagradable.

Había mantenido dos vidas porque ambas le resultaban útiles.

Sophie protegía su situación patrimonial.

Yo aportaba dinero al futuro que él fingía construir conmigo.

—Emily, puedo devolverlo.

Negué con la cabeza.

—Ya no tienes que convencerme.

Le mostré mi teléfono.

—Solo tendrás que explicárselo a mi abogado.

Adrian intentó entrar.

Cerré la puerta antes de que pudiera hacerlo.

Horas después me quité el anillo.

No lloré por la boda perdida.

Lloré por aquella mujer que durante cinco años había dejado una lámpara encendida esperando a un hombre que jamás pensaba regresar.

Luego guardé el anillo dentro de un cajón.

Aquella noche dormí sola.

Pero por primera vez, no estaba esperando a nadie.

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