PARTE 2: La mujer que Ethan ya había perdido una vez

“Nadie pierde a mi esposa dos veces.”

El hombre al otro lado de la llamada guardó silencio.

—Señor Whitmore, el divorcio ya está firmado.

—No estoy hablando del divorcio.

Ethan colgó.

Mientras tanto, yo dormía por primera vez en años sin escuchar pasos detrás de mi puerta.

Desperté poco antes del amanecer.

El tren seguía avanzando bajo una lluvia intensa.

Miré mi nueva identificación.

Clara Hayes.

Aquel nombre debía significar libertad.

Sin embargo, algo me inquietaba.

Hayes.

Mi madre se había apellidado Hayes antes de casarse.

Nunca se lo había dicho a la recepcionista.

Me incorporé.

Saqué el boleto.

También había sido comprado antes de que yo llegara al hotel.

Hora de emisión: 2:14 p. m.

Yo había entrado allí después de las cuatro.

Alguien sabía que iba a escapar antes que yo.

Cuando el tren llegó a Rosehaven, no bajé.

Observé desde la ventana.

Había hombres con trajes oscuros en el andén.

Demasiados.

Uno sostenía una fotografía.

La mía.

Retrocedí.

—Señorita Hayes.

Me giré.

La empleada que me había acompañado la noche anterior estaba detrás de mí.

—No puede bajar aquí.

—¿Quién es usted?

—Alguien que prometió mantenerla viva.

—¿A quién?

No respondió.

El tren volvió a ponerse en marcha.

Rosehaven desapareció detrás de nosotros.

—Este tren termina allí.

—Para los pasajeros normales.

Me condujo por dos vagones hasta una puerta de servicio.

Detrás esperaba un hombre de unos sesenta años.

Al verme, se quitó lentamente el sombrero.

—Te pareces muchísimo a Elena.

Mi sangre se heló.

—¿Conoció a mi madre?

—Yo trabajaba para ella.

—Mi madre era maestra.

El hombre sonrió con tristeza.

—Eso fue lo que te dijeron.

Se presentó como Samuel Reed.

Luego colocó una fotografía sobre la mesa.

Mi madre aparecía mucho más joven.

A su lado estaba el padre de Ethan, Richard Whitmore.

Y detrás de ellos había un edificio con un nombre:

HAYES MARITIME GROUP.

—Tu familia poseía esto.

—Nunca he oído hablar de esa empresa.

—Porque desapareció después de la muerte de tu madre.

—Murió en un accidente.

Samuel sostuvo mi mirada.

—No.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿Qué está diciendo?

—Elena descubrió que alguien utilizaba las rutas marítimas de Hayes para mover dinero fuera del país. Intentó denunciarlo.

Señaló a Richard.

—Tres semanas después, murió.

Quise levantarme.

Mis piernas no respondieron.

—¿Qué tiene que ver Ethan?

Samuel guardó silencio demasiado tiempo.

—Todo.

Entonces comprendí aquella frase.

Nadie pierde a mi esposa dos veces.

—¿Qué quiso decir Ethan con “dos veces”?

Samuel cerró los ojos.

—Porque tú ya habías desaparecido una vez.

—Eso es imposible.

—Tenías diecinueve años.

No recordaba casi nada de aquella época.

Un accidente.

Meses de recuperación.

Mi madre ya había muerto.

Luego conocí a Ethan.

Al menos eso creía.

Samuel sacó otra fotografía.

Ethan y yo.

Juntos.

Yo parecía tener diecinueve años.

Él me abrazaba.

En el reverso alguien había escrito:

Ethan y Clara. Verano de 2014.

—No me llamaba Clara.

—Sí.

Mi corazón comenzó a golpear con violencia.

—Tu nombre de nacimiento es Clara Elena Hayes.

—No.

—Después del accidente utilizaste el apellido de tu padre.

Miré nuevamente la identificación falsa.

No era falsa.

Era mi identidad original.

—¿Ethan me conocía antes?

Samuel asintió.

—Estabais comprometidos.

La habitación pareció inclinarse.

Cinco años atrás, Ethan había fingido conocerme por primera vez durante una cena benéfica.

Me había cortejado lentamente.

Había esperado casi un año antes de pedirme matrimonio.

Todo había sido mentira.

—¿Por qué?

Samuel sacó unos documentos.

—Porque cuando cumpliste treinta años, las acciones de Hayes Maritime debían regresar legalmente a ti.

—¿Qué acciones?

—El cuarenta y seis por ciento de Whitmore International.

Me quedé inmóvil.

Hayes Maritime no había desaparecido.

Había sido absorbida por los Whitmore.

Y yo era propietaria de casi la mitad del imperio de Ethan.

—¿Él se casó conmigo por eso?

—Al principio, quizá.

—¿Y el divorcio?

Samuel respiró lentamente.

—Eso es lo extraño.

Sacó una copia del acuerdo.

—Ethan insistió en que conservaras cualquier activo hereditario no declarado.

Recordé las páginas que había firmado.

Nunca tuve nada que declarar.

Eso creía.

—¿Está diciendo que Ethan sabía que al divorciarme recuperaría las acciones?

—Sí.

—Entonces ¿por qué permitió el divorcio?

—Esa es la pregunta.

Mi teléfono nuevo vibró.

Nadie tenía aquel número.

Excepto la gente que había organizado mi salida.

Había un mensaje.

ETHAN: NO BAJES DEL TREN.

Sentí frío.

Otro apareció.

ETHAN: SAMUEL NO TRABAJABA PARA TU MADRE.

Miré lentamente al hombre frente a mí.

Samuel seguía sonriendo.

Llegó un tercer mensaje.

ETHAN: MIRA SU MANO IZQUIERDA.

Bajé los ojos.

Samuel llevaba un anillo.

Un halcón negro rodeado por una serpiente.

El mismo símbolo aparecía en la fotografía junto al cadáver de mi madre.

Retrocedí.

Samuel lo notó.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué te dijo Ethan?

La empleada cerró la puerta detrás de nosotros.

Comprendí demasiado tarde que ella tampoco estaba allí para protegerme.

Mi teléfono vibró otra vez.

ETHAN: ESCÓNDETE EN EL BAÑO. TRES MINUTOS.

Me levanté.

Samuel también.

—Siéntate, Clara.

—Necesito aire.

—He dicho que te sientes.

Corrí.

Escuché pasos detrás de mí.

Me encerré en el pequeño baño justo cuando Samuel golpeó la puerta.

—¡Clara!

El tren redujo repentinamente la velocidad.

Después escuché gritos.

Un golpe.

Cristales rompiéndose.

Silencio.

Alguien tocó tres veces.

—Clara.

Conocía esa voz.

Abrí.

Ethan estaba allí.

Tenía sangre en la camisa.

—¿Cómo me encontraste?

—Nunca dejé de buscarte.

—Me mentiste durante cinco años.

Su rostro se quebró.

—Porque la primera vez que te dije la verdad casi te mataron.

Levanté la fotografía de nosotros cuando tenía diecinueve años.

—¿Estábamos comprometidos?

—Sí.

—¿Qué me pasó?

Ethan miró hacia Samuel, inconsciente en el suelo.

—Descubriste quién mató a tu madre.

—¿Quién?

—Mi padre.

Sentí náuseas.

—Entonces te casaste conmigo sabiendo eso.

—Me casé contigo porque cuando recuperaste la memoria empezaste a buscarlo otra vez.

—¿Y me mantuviste encerrada en esa mansión para protegerme?

—Al principio.

Su silencio posterior respondió el resto.

Después se había convertido en control.

En miedo.

En una prisión.

—¿Por qué divorciarte de mí ahora?

Ethan sacó un documento.

—Porque mientras fueras mi esposa, las acciones Hayes permanecían bajo administración del fideicomiso Whitmore.

—¿Y divorciada?

—Son tuyas.

Miré el papel.

Cuarenta y seis por ciento.

Suficiente para destruir el control de Richard Whitmore.

Entonces recordé algo.

—Tu padre murió hace tres años.

Ethan negó lentamente.

—No.

Otra mentira.

—Está vivo.

—¿Dónde?

Ethan miró hacia la ventana.

El tren se había detenido.

En medio de la lluvia había varios vehículos negros.

Hombres armados bajaban de ellos.

En el centro apareció un anciano apoyado en un bastón.

Reconocí inmediatamente su rostro.

Richard Whitmore.

El padre muerto de Ethan.

Y junto a él había una mujer.

Se me cayó la fotografía de las manos.

Porque aunque habían pasado casi veinte años, habría reconocido aquellos ojos en cualquier parte.

—No puede ser.

Ethan me sujetó antes de que cayera.

—Hay una última cosa que nunca te dije sobre aquella noche.

La mujer levantó la mirada hacia mi ventana.

Mi madre.

Elena Hayes.

Viva.

Ethan tragó saliva.

—Tu madre no fue la víctima, Clara.

Afuera, Elena sonrió.

—Ella fue quien ordenó que te hicieran desaparecer la primera vez.

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