PARTE 2: La canción que Lorenzo recordaba

—Su hija subió ayer.

Se me secó la boca.

—Lo siento. Fue culpa mía. Debí vigilarla mejor.

Isabella no parpadeó.

—Entró en la habitación del señor Moretti.

—No volverá a ocurrir.

—Eso no es lo que he preguntado.

Me quedé quieta.

—¿Qué quiere saber?

Isabella abrió un cajón y sacó una hoja.

Era una tira de monitor cardíaco.

—Su hija cantó.

Sentí que el miedo cambiaba de forma.

—Mia canta cuando cree que alguien está triste.

—El corazón de Lorenzo respondió.

La puerta se abrió.

Entró Elena Whitmore.

—Lo comprobé tres veces —dijo—. No fue casualidad.

—¿Qué significa?

—Que quizá esté procesando estímulos más de lo que pensábamos.

Isabella me observó.

—Queremos que Mia vuelva a cantar.

Negué inmediatamente.

—Mi hija no es un tratamiento médico.

Para mi sorpresa, Isabella asintió.

—Correcto.

Elena añadió:

—Solo si ella quiere. Y siempre contigo presente.

Aquella tarde se lo pregunté a Mia.

—¿Quieres cantar otra vez para el señor que duerme?

Sus ojos se iluminaron.

—Le prometí que cantaría mejor.

Entramos juntas.

Mia subió a la silla.

Tomó la mano de Lorenzo.

Y empezó.

Durante los primeros treinta segundos no ocurrió nada.

Entonces el índice de Lorenzo se movió.

Elena dejó de respirar.

—Clara…

Lo vi.

Un movimiento mínimo.

Pero real.

Mia sonrió.

—Te estás despertando.

Los párpados de Lorenzo temblaron.

Isabella salió inmediatamente para llamar al médico.

Yo iba a retirar a Mia cuando Lorenzo cerró débilmente los dedos alrededor de su mano.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Mia dejó de cantar.

Miró su muñeca.

—Mamá.

—¿Qué pasa?

—Tiene tu dibujo.

Sentí un golpe en el pecho.

Bajo la manga de Lorenzo había aparecido parte de un tatuaje.

Un pequeño halcón atravesado por tres líneas.

El mismo símbolo que llevaba escondido bajo mi clavícula.

Me subí el cuello de la blusa instintivamente.

Demasiado tarde.

Isabella había regresado.

Y lo había visto.

Su rostro cambió.

—¿De dónde sacaste ese tatuaje?

—No sé de qué habla.

—No me mientas.

Elena miró de Isabella a mí.

—¿Qué significa?

Isabella cerró la puerta.

—Ese símbolo pertenecía a seis personas.

Sentí frío.

—Cinco están muertas.

Miró a Lorenzo.

—Él es el sexto.

Mia seguía sujetándole la mano.

—Clara —dijo Isabella—, ¿quién eres?

No respondí.

Porque la verdad podía costarnos mucho más que aquel trabajo.

Tres años antes, la noche en que nació Mia, su padre me había hecho prometer que jamás buscaría a los Moretti.

Su nombre era Adrian Vale.

Al menos, ese era el nombre que me había dado.

Murió seis meses después.

O eso me hicieron creer.

Aquella noche, después de acostar a Mia, Isabella apareció en nuestra habitación.

Traía una caja de madera.

Dentro había fotografías antiguas.

En una aparecía Lorenzo junto a cinco hombres.

Reconocí inmediatamente a Adrian.

Solo que detrás estaba escrito otro nombre.

MATTEO MORETTI.

—No —susurré.

—Matteo era el hermano menor de Lorenzo.

Tuve que sentarme.

—Él nunca me dijo…

—Porque oficialmente murió hace nueve años.

—Eso es imposible. Yo viví con él hace cuatro.

Isabella me miró fijamente.

—Precisamente.

Sacó otra fotografía.

Matteo llevaba el mismo tatuaje.

—¿Mia es su hija?

No pude mentir.

—Sí.

Isabella cerró los ojos.

—Entonces Lorenzo tiene una sobrina.

—Nadie puede saberlo.

—¿Por qué?

Saqué de mi bolso el conejo gris de Mia.

Abrí una costura interior que llevaba tres años sin tocar.

Dentro había una llave diminuta.

Matteo me la había dado poco antes de desaparecer.

“Si alguna vez alguien reconoce el halcón, corre.”

Eso había dicho.

Nunca entendí por qué.

Hasta ahora.

Isabella palideció al ver la llave.

—¿Sabes qué abre?

—No.

—Yo sí.

Bajamos al sótano después de medianoche.

Detrás de la bodega había una caja fuerte antigua.

La llave encajó.

Dentro encontramos dinero, pasaportes y un dispositivo de memoria.

Había también una carta dirigida a Lorenzo.

Isabella me permitió abrirla.

La letra era de Matteo.

“Lorenzo, si Clara llega hasta ti, significa que fallé.”

Mis manos empezaron a temblar.

“Protege a Mia. Ella no debe convertirse en una Moretti públicamente hasta que sepas quién intentó matarme.”

Seguí leyendo.

“Hay alguien dentro de la familia.”

Debajo había una lista de nombres.

Uno estaba marcado con tinta roja.

Isabella.

Retrocedí.

Ella también había visto su nombre.

—Clara, escúchame…

Corrí escaleras arriba.

Pero antes de llegar a nuestra habitación, Elena apareció en el pasillo.

—¡Clara!

—¿Qué ocurre?

—Lorenzo despertó.

Entramos corriendo.

Sus ojos estaban abiertos.

Confusos.

Débiles.

Mia estaba junto a la cama.

Lorenzo la miraba como si hubiera visto un fantasma.

Después me vio a mí.

Sus labios se movieron.

Elena se inclinó.

—No intente hablar todavía.

Lorenzo la ignoró.

Levantó una mano temblorosa y señaló a Mia.

—Matteo…

Sentí que el corazón se me detenía.

—Ella es su hija —susurré.

Los ojos de Lorenzo se llenaron de lágrimas.

Entonces señaló hacia la puerta.

Isabella acababa de entrar.

El monitor cardíaco se aceleró.

Lorenzo agarró mi muñeca con una fuerza imposible para un hombre que llevaba siete semanas inconsciente.

—No… confíes… en ella.

Isabella palideció.

Pero Lorenzo todavía no había terminado.

Volvió los ojos hacia mí.

—Matteo… vive.

Me quedé sin aire.

—¿Dónde?

Lorenzo tragó con dificultad.

Y las siguientes palabras hicieron que Isabella retrocediera hacia la puerta.

—Ella sabe dónde lo tienen.

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