Cerré la mano sobre el anillo y me alejé del auto.
—Isabel —me llamó Adrian—. ¿Quién te lo dio?
No respondí. La sangre seguía manchando mi pantalón y necesitaba llegar al hospital.
Una enfermera me hizo pasar apenas vio mi estado. Mientras esperaba los resultados de la revisión, saqué el anillo del bolsillo. Todavía quedaba barro en una de sus ranuras.
Se llamaba Mateo Ruiz. Había sido médico de la brigada antes de retirarse y vivía cerca de la zona del deslave. Aquel día oyó que aún faltaba una persona y regresó con una pala. Cuando las máquinas tuvieron que detenerse por el riesgo de otro derrumbe, él siguió cavando.
Recordaba poco de cómo me sacó. Recordaba mejor el trayecto: sus botas hundiéndose en el lodo, mi brazo alrededor de su cuello y su voz pidiéndome que mantuviera los ojos abiertos. El anillo se le había caído del bolsillo al acomodarme en el auto que nos llevó al hospital. Quise devolvérselo, pero él me pidió que lo guardara hasta que pudiéramos hablar sin sirenas alrededor.
El médico confirmó que necesitaba reposo y una nueva revisión en dos días. Al salir, encontré a Adrian en el pasillo. Elena estaba sentada unos metros más allá.
—Fui a buscarte a la entrada —dijo él.
—Ya me atendieron.
Su mirada bajó al informe que llevaba en la mano. —Debí llevarte yo.
Durante años, habría intentado consolarlo por decir eso. Esta vez dejé que soportara el peso de sus propias palabras.
—Sí —respondí—. Debiste hacerlo.
Adrian vio el anillo entre mis dedos.
—¿Es de Mateo? Me dijeron que él te sacó.
Asentí. Pensé en todo lo que Adrian aún no sabía: que Mateo me había escuchado llorar por nuestro hijo, que no me había pedido perdonarlo ni entender a nadie, que se había quedado sentado a mi lado hasta que pude respirar sin dolor.
—Voy a pedir el divorcio —dije.
Adrian se quedó inmóvil. —No tienes que decidirlo hoy.
—No lo decidí hoy.
Elena se levantó, pero él le pidió que esperara. Luego dio un paso hacia mí.
—Puedo cambiar.
Lo miré a los ojos. Quizá era verdad. Deseé que aprendiera a cuidar mejor de las personas que dependían de él.
—Eso te corresponde a ti, Adrian. Yo necesito irme.
No intentó detenerme.
Dos días después, Mateo me acompañó a la revisión. Al salir, le tendí el anillo sobre la palma abierta.
—Creo que esto es tuyo.
Él lo tomó y sonrió con tristeza. —Era de mi padre. Gracias por cuidarlo.
Caminamos despacio hasta la calle. Yo todavía estaba débil y llevaba los papeles del divorcio doblados dentro del bolso. No sabía cómo sería mi vida en unos meses.
Mateo abrió la puerta del auto y esperó a que me sentara. Antes de entrar, levanté la vista hacia él.
—Me dijiste que fuera contigo después de divorciarme.
—Te dije que vinieras a verme —aclaró—. Para saber que estabas bien. Lo demás puedes decidirlo cuando quieras.
Por primera vez desde el deslave, el futuro no me pareció una deuda con otra persona. Subí al auto por mi propia voluntad.