Valeria volvió a leer el correo.
Tres veces.
El nombre seguía allí.
Huésped adicional: Paola Rivas.
No era una desconocida.
Paola había trabajado durante dos años con Diego en la misma empresa.
Había estado en su boda.
Había brindado por ellos.
Y, según Diego, hacía casi un año que trabajaba en otra ciudad.
Valeria cerró lentamente la computadora.
No llamó a Diego.
No llamó a Paola.
Antes necesitaba entender qué estaba ocurriendo.
Abrió nuevamente la aplicación bancaria.
Revisó uno por uno los movimientos realizados durante aquella mañana.
Todos aparecían dentro del área metropolitana de Monterrey.
El aeropuerto.
La joyería.
La boutique.
El hotel.
Ninguno correspondía, por horario, a una persona que ya hubiera abordado un vuelo internacional.
Eso no demostraba que Diego no hubiera viajado.
Pero sí planteaba preguntas que merecían una respuesta.
Mientras analizaba los cargos, Rosalba entró en la cocina.
—¿Ya preparaste la comida?
Valeria levantó la vista.
—Necesitamos hablar primero.
—Después hablamos. Tu obligación ahora es atender esta casa.
Valeria respiró profundamente.
—Esta casa es mía.
Y hoy no voy a discutir eso.
Rosalba frunció el ceño.
No estaba acostumbrada a ese tono.
Esa tarde Valeria llamó directamente a la empresa donde trabajaba Diego.
No pidió información confidencial.
Solo solicitó comunicarse con Recursos Humanos.
Después de identificarse como su esposa, hizo una pregunta muy sencilla.
—¿Podrían confirmarme si Diego ya inició oficialmente su asignación internacional?
La responsable respondió con cortesía.
—Permítame revisar.
Hubo unos segundos de espera.
—Señora, no puedo proporcionar detalles laborales de un empleado sin su autorización.
Lo entiendo perfectamente.
Valeria agradeció y terminó la llamada.
No insistió.
Sabía que existían límites legales para esa información.
Al anochecer recibió un mensaje de Diego.
“Acabo de aterrizar. El vuelo fue larguísimo. Hablamos mañana.”
Valeria observó la hora.
Luego comparó el mensaje con los movimientos de la tarjeta.
Algo seguía sin encajar.
Mientras tanto, Fermín permanecía completamente callado.
Después de cenar pidió hablar con Valeria a solas.
—Hay cosas que yo tampoco entiendo.
Ella lo miró sorprendida.
Era la primera vez que su suegro hablaba desde la partida de Diego.
—¿A qué se refiere?
Fermín bajó la voz.
—Hace dos semanas vi a Diego guardar dos pasaportes en un portafolio.
Pensé que serían documentos del trabajo.
Pero ahora…
No terminó la frase.
Aquella información no demostraba nada por sí sola.
Sin embargo, aumentaba las dudas.
A la mañana siguiente, el banco respondió a una solicitud que Valeria había presentado sobre los movimientos de las tarjetas adicionales.
Le confirmaron que todas habían quedado bloqueadas correctamente.
También le informaron que uno de los establecimientos había intentado realizar un nuevo cobro durante la madrugada, pero la operación fue rechazada.
El intento provenía del mismo hotel cuya reserva había recibido por correo.
Valeria llamó a su abogado de confianza.
No quería iniciar ningún procedimiento todavía.
Solo necesitaba orientación.
El abogado escuchó toda la historia.
Al final respondió con serenidad.
—Antes de tomar cualquier decisión, reúne toda la documentación posible.
Correos.
Estados de cuenta.
Mensajes.
No saques conclusiones apresuradas.
Los hechos siempre pesan más que las sospechas.
Esa misma tarde sonó el teléfono fijo del departamento.
Rosalba contestó.
Palideció inmediatamente.
Creyó que nadie la estaba observando.
Pero Valeria alcanzó a escuchar una sola frase antes de que colgara.

—¿Cómo que Diego nunca abordó el vuelo?
Rosalba levantó lentamente la vista.
Por primera vez desde que llegó al departamento, parecía tan confundida como Valeria.
Y en ese instante ambas comprendieron que la historia del viaje a Tokio probablemente ocultaba un secreto mucho más grande que una simple infidelidad.