Nathan acercó la pulsera a la luz.
Las palabras grabadas hicieron que sus manos empezaran a temblar.
Para Sarah. Siempre contigo. N.P.
Debajo aparecía una fecha.
Nathan dejó de respirar.
Era el cumpleaños número dieciocho de Sarah.
Él mismo había encargado aquella pulsera.
Pero había algo más.
En el cierre había una pequeña placa que Nathan no recordaba.
La giró.
Lily Pierce Carter.
—¿Pierce?
Rosa miró por encima de su hombro.
Nathan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Sarah había dado a su hija su apellido como segundo nombre.
Después de todo.
Después de siete años de silencio.
Después de hacerle creer que lo odiaba.
Su teléfono sonó.
Las carreteras estaban bloqueadas por la tormenta. Una ambulancia intentaba llegar, pero tardaría.
Nathan volvió inmediatamente a los niños.
—Entonces los mantenemos vivos hasta que lleguen.
Durante cuarenta minutos, el famoso cirujano que había operado corazones bajo circunstancias imposibles permaneció arrodillado junto a tres niños aterrorizado de perderlos.
Finalmente Lily abrió los ojos.
—¿Los bebés?
—Están vivos.
Ella intentó incorporarse.
—Mami.
Nathan la sostuvo suavemente.
—Lily, ¿dónde está Sarah?
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas.
—Papá le hizo daño.
El corazón de Nathan se detuvo.
—¿Marcus?
Lily asintió.
—Mami dijo que corriera.
Nathan tomó inmediatamente el teléfono.
Llamó al sheriff.
Dio la dirección que Lily recordaba.
Después llamó a un hombre al que no había contactado en siete años.
Su abogado.
—Necesito que encuentres todo sobre Sarah Carter. Matrimonio, propiedades, denuncias, hospitales. Todo.
Lily lo observaba.
—Tío Nathan.
Se volvió.
—¿Sí?
—Mami dijo que no estabas enfadado conmigo.
Aquello lo destruyó.
Nathan se sentó junto a ella.
—Nunca estuve enfadado contigo.
—¿Con mami sí?
No pudo mentir.
—Sí.
—Ella lloraba cuando hablaba de ti.
Nathan cerró los ojos.
—Yo también.
Lily metió una mano dentro de su abrigo mojado.
—Me dio esto.
Sacó un sobre arrugado.
En el frente decía:
NATHAN.
Lo abrió.
La letra de Sarah llenaba varias páginas.
Pero la primera frase fue suficiente.
Nathan, Marcus nunca me permitió volver contigo.
Nathan sintió que algo helado atravesaba su pecho.
Siguió leyendo.
Sarah explicaba que después de casarse, Marcus había controlado su teléfono, su dinero y sus movimientos.
Había interceptado cartas.
Bloqueado números.
Devuelto regalos.
Incluso había enviado mensajes desde su cuenta haciéndose pasar por ella.
Nathan recordó el último mensaje recibido siete años atrás.
Tengo la familia que elegí. Deja de buscarme.
No había sido Sarah.
Nunca había sido Sarah.
—Dios mío.
Rosa se acercó.
—¿Qué ocurre?
Nathan no respondió.
Su teléfono sonó.
El sheriff.
Contestó inmediatamente.
—¿La encontraron?
Hubo una pausa.
—Encontramos la casa.
Nathan apretó el teléfono.
—¿Sarah?
—Está viva.
Cerró los ojos.
Por primera vez pudo respirar.
—Está inconsciente, pero viva. La estamos trasladando en helicóptero.
—¿Y Marcus?
Otra pausa.
—Desapareció.
Nathan miró hacia las enormes ventanas.
Afuera solo había oscuridad y nieve.
Entonces Lily susurró:
—Va a venir.
Nathan se volvió hacia ella.
—¿Quién?
—Papá.
La niña empezó a temblar.
—Siempre encuentra a mamá.
Nathan tomó su pequeña mano.
—Esta vez será diferente.
En ese momento llegaron las luces de emergencia.
Los paramédicos entraron y comenzaron a atender a los niños.
Mientras colocaban a Lily en una camilla, ella se aferró a Nathan.
—No dejes que papá se lleve a mis hermanos.
—No lo haré.
—¿Lo prometes?
Nathan miró aquellos ojos verdes.
Los ojos de Sarah.
—Lo prometo.
Entonces su teléfono vibró.
Su abogado había enviado un documento.
Nathan, encontré algo. Necesitas verlo inmediatamente.
Era una orden judicial presentada seis años atrás.
Sarah había solicitado protección contra Marcus.
Adjuntas había fotografías, declaraciones médicas y copias de cartas dirigidas a Nathan.
Cartas que él jamás había recibido.
Pero fue el último documento el que hizo que su sangre se enfriara.
Una póliza de seguro de vida contratada hacía apenas tres meses.
Cinco millones de dólares.
Beneficiaria: Sarah Carter.
Y si Sarah moría…
el dinero pasaba al esposo.
Marcus Kane.
Nathan levantó lentamente la mirada hacia la tormenta.
Aquella noche quizá no había sido una explosión de violencia.

Quizá Marcus había intentado matar a su hermana.
Y ahora sabía exactamente dónde estaban los únicos tres testigos.