PARTE 2 — LA DUEÑA FINALMENTE DESPERTÓ

Ethan tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Una reunión del consejo? ¿Para qué?

Me estiré perezosamente en el sofá.

—Para hacer cuentas.

Vanessa soltó una risita.

—Clara, no necesitas involucrarte en asuntos que no entiendes.

La miré.

—¿Qué asuntos?

—La administración de la empresa.

—Ah.

Asentí lentamente.

—Mi empresa.

Su sonrisa desapareció.

Ethan intervino enseguida.

—Legalmente tienes acciones, pero llevas diez años sin participar en ninguna decisión. No compliques las cosas por una casa.

Aquello casi me hizo reír.

¿Acciones?

Cuando mi padre murió, me dejó el cincuenta y ocho por ciento de Hayes Technologies.

Ethan poseía un doce por ciento.

Vanessa, después de años de incentivos, apenas un tres.

Ellos administraban la empresa.

Yo era su propietaria mayoritaria.

Simplemente había sido demasiado perezosa para recordárselo.

—La reunión será a las siete —dije—. Pueden irse.

Ethan me miró incrédulo.

—Primero firma la transferencia.

—No.

Una sola palabra.

Después de diez años sin negarle prácticamente nada, Ethan pareció no reconocerla.

—Clara, estás actuando emocionalmente.

—Probablemente.

Volví a acostarme.

—Ahora salgan de mi casa.


A las siete llegué a la sede de Hayes Technologies.

Hacía casi cuatro años que no entraba.

Los empleados jóvenes ni siquiera me reconocieron.

El guardia de seguridad intentó detenerme.

—Señora, necesita registrarse.

Antes de que pudiera responder, una voz apareció detrás de él.

—Ella no.

El señor Whitman, abogado de mi padre durante treinta años, caminó hacia mí.

—Señorita Hayes.

Sonreí.

—Hace mucho que nadie me llama así.

—Hace mucho que usted no aparece.

Entramos juntos al ascensor.

—¿Trajo lo que pedí?

Whitman levantó una carpeta.

—Todo.

—¿Qué tan mal está?

—Peor de lo que imaginaba.

Eso consiguió quitarme el sueño.

Cuando entramos en la sala de juntas, Ethan y Vanessa ya estaban allí.

También nueve directores.

Ethan se levantó.

—Clara, basta de esta tontería.

Me senté en la cabecera.

Su silla habitual.

—Continúa.

—¿Qué?

—Decías que era una tontería.

Ethan miró alrededor.

Nadie habló.

Whitman colocó varias carpetas sobre la mesa.

—Durante los últimos tres meses, por instrucciones de la señora Hayes, nuestro despacho realizó una auditoría preliminar.

Fruncí el ceño.

—¿Tres meses?

Whitman me miró.

—Su padre dejó instrucciones permanentes. Si ciertos indicadores financieros aparecían, debíamos investigar automáticamente.

Mi pereza acababa de ser protegida desde la tumba.

Whitman abrió la primera carpeta.

—Encontramos pagos personales cargados como gastos corporativos.

La segunda.

—Dos apartamentos pagados por una subsidiaria.

La tercera.

—Vehículos, viajes privados y matrículas escolares.

Vanessa palideció.

Ethan golpeó la mesa.

—Todo fue aprobado.

—Por usted —respondió Whitman—. Y muchas transferencias beneficiaban directamente a la señora Blake.

Miré a Vanessa.

—Vaya. Criar una familia sale caro.

—Clara…

—Todavía no termino.

Whitman deslizó otro documento hacia mí.

La cifra final era suficientemente grande para hacerme sentar derecha.

—¿Dieciocho millones?

Ethan se puso pálido.

—Eso no es lo que parece.

—Qué pena. Porque parece que utilizaron dieciocho millones de mi empresa para financiar su vida juntos.

Vanessa perdió finalmente su dulzura.

—¡Nosotros hicimos crecer esta compañía mientras tú dormías!

La sala quedó en silencio.

La miré.

—Tienes razón.

Ella respiró con fuerza.

—Sin Ethan y sin mí, no tendrías nada de esto.

—No.

Sonreí.

—Sin ustedes, probablemente tendría menos beneficios.

Hice una pausa.

—Pero también tendría dieciocho millones más.

Uno de los directores ocultó una sonrisa.

Ethan se inclinó hacia mí.

—¿Qué quieres?

Esa era la primera pregunta inteligente que había hecho aquel día.

Cerré la carpeta.

—Primero, quiero una auditoría completa de los últimos diez años.

Su rostro cambió.

—Segundo, Vanessa queda suspendida de todas sus funciones mientras dure la investigación.

—¡No puedes hacer eso!

Miré a Whitman.

Él respondió por mí.

—Sí puede.

Ethan se levantó.

—Entonces yo renuncio.

—No.

Se detuvo.

—¿Qué?

—No vas a renunciar.

Saqué otro documento.

—El consejo votará tu destitución como director ejecutivo.

Por primera vez, Ethan pareció asustado.

—Clara, piensa bien lo que haces.

—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.

Me levanté.

—Durante diez años me engañaste porque pensabas que era demasiado perezosa para reaccionar.

Caminé hacia la puerta.

—Y tenías razón.

Ethan apretó los puños.

—¿Entonces por qué ahora?

Me giré.

—Porque cometiste un error.

—¿Cuál?

Sonreí.

—Me pediste que me levantara del sofá.

Y después de diez años dormida…

había descubierto que tenía muchísimo trabajo pendiente.

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