PARTE 2 — EL HOMBRE QUE CREÍA NO PODER SER PADRE

Nathan permaneció inmóvil.

—Repítelo.

Acomodé a Theo contra mi hombro.

—Theo es tu hijo.

Su mirada pasó del bebé a mi rostro.

—Eso es imposible.

—Acabas de decir que el médico confirmó que no eres completamente estéril.

—Eso no significa que…

—Nathan.

Mi tono lo hizo callar.

—¿Recuerdas la noche que pasamos juntos tres meses antes de nuestra boda?

Su mandíbula se tensó.

—Por supuesto.

—Pues nueve meses después nació Theo.

El silencio fue casi ridículo.

Nathan parecía estar realizando cálculos mentales.

Finalmente preguntó:

—¿Lo sabías cuando nos casamos?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Descubrí el embarazo unas semanas después de aquella noche.

Su rostro cambió.

—¿Y no pensabas decírmelo?

Aquello me molestó.

—Pensé que tú ya lo sabías.

—¿Cómo iba a saberlo?

—¡Porque mi padre apareció en tu oficina diciendo que su hija estaba embarazada y necesitaba casarse!

Nathan abrió la boca.

Volvió a cerrarla.

—Tu padre nunca dijo que fuera mío.

Lo miré incrédula.

—¿Y tú nunca preguntaste?

—Me dijo que te negabas a revelar quién era el padre.

—Porque estaba enfadada contigo.

—¿Conmigo?

—Me dijiste que nuestra noche juntos había sido un error.

Nathan se pasó una mano por el rostro.

Theo se removió y abrió los ojos.

Entonces hizo algo que empeoró la situación.

Frunció el ceño.

Exactamente igual que Nathan.

Miré al padre.

Luego al hijo.

—¿De verdad necesitabas análisis médicos?

Nathan ignoró mi comentario.

—Creía que no podía tener hijos.

—Eso ya lo entendí.

—Los médicos se lo dijeron a mis padres cuando tenía diecisiete años.

Su voz perdió dureza.

—Después de la cirugía, escuché a mi madre llorar fuera de la habitación. Mi padre habló durante años de buscar alternativas para garantizar un heredero.

Por primera vez comprendí que aquel rumor que todos trataban como un chisme había definido la vida de Nathan.

—Por eso aquella mañana me dijiste que no podías darme una familia.

Asintió.

—Pensé que era mejor terminarlo antes de que tú quisieras algo que yo no podía darte.

Solté una risa amarga.

—Yo pensé que simplemente te arrepentías de haberte acostado conmigo.

Nathan me miró.

—Sofía, llevaba años intentando no acostarme contigo.

Parpadeé.

—¿Qué?

Sus orejas empezaron a ponerse rojas.

Incluso después de todo, tuve ganasas de reír.

—¿Años?

—Eso no importa ahora.

—Importa muchísimo.

Nathan se acercó.

—Lo importante es que sabías que Theo podía ser mío y no dijiste nada.

—Y tú te casaste conmigo creyendo que esperaba el hijo de otro hombre.

Eso lo detuvo.

—¿Por qué lo hiciste?

Nathan guardó silencio.

—Podías haberte negado.

—Sí.

—Entonces ¿por qué aceptaste?

Su mirada cayó sobre Theo.

—Porque tu padre dijo que el hombre responsable había desaparecido.

Sentí deseos de estrangular a mi padre.

—No había desaparecido. Estaba sentado en su oficina.

—Yo no lo sabía.

—¿Así que decidiste criar al hijo de otro?

Nathan tardó varios segundos en responder.

—Prefería criar al hijo de otro hombre contigo que verte casada con alguien más.

Esta vez fui yo quien dejó de respirar.

Theo eligió ese instante para agarrar la corbata de Nathan.

Nathan bajó los ojos.

Su expresión se transformó.

Extendió una mano con una inseguridad que nunca había visto en él.

Theo atrapó inmediatamente uno de sus dedos.

Nathan se quedó completamente quieto.

—Es mío —murmuró.

Ya no sonaba como una pregunta.

—Sí.

—Mi hijo.

—Sí, Nathan.

Sus ojos se humedecieron.

Pero entonces algo pareció ocurrírsele.

Levantó lentamente la cabeza.

—Espera.

Conocía demasiado bien aquella expresión.

—¿Qué?

—Dijiste que pensabas que yo sabía que Theo era mío cuando nos casamos.

—Sí.

—Y durante nuestra noche de bodas te dije claramente que creía que era hijo de otro hombre.

Sentí que se acercaba el desastre.

—Nathan…

—Entonces supiste desde aquella noche que yo no conocía la verdad.

Retrocedí un paso.

Él avanzó otro.

—Y durante casi un año no me dijiste nada.

—Técnicamente…

—Sofía.

—No me gusta ese tono.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Abrí la boca.

No encontré una respuesta suficientemente buena.

Nathan me acorraló suavemente entre él y la pared, aunque tuvo cuidado de no tocar a Theo.

—Quiero la verdad.

Tragué saliva.

—Estaba esperando.

—¿Qué cosa?

Lo miré a los ojos.

—Que dejaras de aparecer en los periódicos con una mujer diferente cada semana.

Nathan frunció el ceño.

—¿Qué mujeres?

Ahora fui yo quien se quedó inmóvil.

—Las mujeres de las cenas. Los hoteles. Los eventos.

Su expresión pasó de confusión a incredulidad.

—Sofía, son clientas, inversoras y empleadas.

—¿Todas?

—¡Sí!

—¿Y por qué dormías fuera?

Nathan me miró como si acabara de descubrir algo todavía más absurdo que su paternidad.

—Porque cada vez que volvía a casa y te veía embarazada del hijo que creía de otro hombre, me daban ganas de asesinar a un desconocido.

Parpadeé.

—¿Estabas celoso?

Nathan cerró los ojos.

Y entonces Theo soltó una pequeña carcajada.

Como si incluso nuestro hijo supiera que su padre acababa de quedar completamente en evidencia.

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