PARTE 2: LA PRUEBA QUE FALTABA

Nadie se movió.

La jueza pidió que el alguacil recogiera el osito y lo guardara como prueba.

Daniel se levantó de golpe.

—Esa grabación está manipulada. Mi hijo no entiende lo que dice.

—Entonces no tendrá inconveniente en que la examine un perito —respondió Irene.

La jueza ordenó suspender la audiencia y conservar el dispositivo sin tocarlo.

Por primera vez, la seguridad de Daniel se resquebrajó.

Mercedes dejó de fingir que lloraba.

Yo seguía mirando a Mateo, incapaz de apartar la vista de sus manos vacías.

—¿Cómo sabías que el osito grababa? —le pregunté.

—Te escuché llorar una noche —dijo—. Después papá dijo que mamá olvidaba todo y que nadie le creería.

Daniel intentó acercarse a él, pero el alguacil se interpuso.

Entonces Luna se soltó de Mercedes.

Se quedó frente a mí, temblando, con los ojos clavados en el suelo.

—Mamá… yo no quería decir eso.

Me incliné hacia ella, pero no me atreví a tocarla.

—¿Qué pasó, cariño?

—La abuela me dijo que si decía que tenía miedo, podría quedarme con ella.

Mercedes se puso pálida.

—Eso no es verdad.

Luna empezó a llorar.

—También me dijo que los moretones eran culpa tuya.

Daniel apretó la mandíbula.

La jueza ordenó que separaran a los niños de su abuela y pidió que un trabajador social los acompañara mientras revisaban el caso.

Por un instante, creí que la verdad por fin había salido a la luz.

Entonces Irene se acercó a la mesa de pruebas.

—Señoría, hay una ranura en la espalda del osito.

El alguacil se detuvo.

La jueza autorizó que el técnico examinara el colgante.

Dentro encontraron una tarjeta de memoria diminuta, escondida bajo el botón.

Daniel perdió el color.

—No pueden reproducir eso aquí —dijo.

—¿Por qué? —preguntó la jueza.

Él no respondió.

El técnico conectó la tarjeta a un portátil.

Apareció un archivo fechado la noche en que supuestamente yo había encerrado a Luna.

La imagen mostró el cuarto de limpieza.

Pero quien empujó a mi hija hacia dentro no fui yo.

Luna se llevó ambas manos a la boca.

Y cuando la persona volvió la cara hacia la cámara, reconocí el anillo que llevaba en la mano.

Era el de Mercedes.

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