Las sirenas se detuvieron frente a la casa.
Diego dio un paso hacia la escalera.
—¿A dónde vas? —pregunté.
—Al baño.
—Quédate aquí.
Dos policías entraron segundos después. Detrás llegó una investigadora de la fiscalía.
Cuando expliqué lo que Sofía había dicho, la expresión de la mujer cambió.
—Nadie toca el ataúd. Nadie abandona la casa.
Mi tía Ofelia protestó inmediatamente.
—¡El certificado ya está firmado!
La investigadora la miró.
—Entonces también quiero saber quién lo firmó y por qué tenían tanta prisa por enterrarla.
Ofelia dejó de hablar.
Me acerqué a mi padre.
Él volvió a golpear tres veces el descansabrazos.
Metí la mano debajo.
Mis dedos encontraron algo pegado con cinta.
Un teléfono.
Era el viejo celular de Mariana.
Mi madre palideció.
—Alejandro, dame eso.
Retrocedí.
—¿Por qué lo tenía papá?
Teresa no respondió.
Mi padre empezó a llorar.
Con enorme esfuerzo señaló la pantalla y después a Diego.
El teléfono estaba bloqueado, pero aparecían varias notificaciones.
Una llamó inmediatamente mi atención.
“Copia de seguridad completada.”
La investigadora tomó el dispositivo.
—Necesitamos conservarlo como evidencia.
Entonces Sofía habló detrás de mí.
—Mi mamá tenía otro teléfono.
Todos giramos.
—¿Dónde? —pregunté.
Mi hija señaló arriba.
—Lo escondió donde guardamos mis cuentos.
Diego corrió.
No llegó ni al primer escalón.
Uno de los agentes lo detuvo.
—Suélteme. ¡Esa es mi casa también!
—Precisamente por eso no subirá.
La fiscalía revisó el tercer piso.
Encontraron la puerta de nuestra habitación dañada.
Un botón arrancado.
El teléfono de Mariana escondido detrás de varios libros infantiles.
Y una cámara doméstica que alguien había desconectado.
Pero la tarjeta de memoria seguía dentro.
Mi madre se sentó lentamente.
Ofelia comenzó a borrar cosas de su celular.
La investigadora la vio.
—Señora, deje el teléfono sobre la mesa.
—Es privado.
—Acaba de intentar eliminar información durante una investigación.
Ofelia perdió el color.
Yo pensé en las cuatro palabras que había visto:
“Ya comenzó a sospechar”.
—Revisen a quién envió ese mensaje.
Horas después llegó la respuesta.
No se lo había enviado a Diego.
Se lo había enviado a Teresa.
Mi propia madre.
Sofía permanecía abrazada a mí cuando la investigadora regresó desde arriba.
Llevaba una bolsa de evidencia.
Dentro estaba el teléfono de Mariana.
—Encontramos una grabación —dijo.
Sentí que dejaba de respirar.
—¿De ella?
Asintió.
—Fue realizada la última noche.
No reprodujeron todo delante de Sofía.
Solo me explicaron lo necesario.
La grabación respaldaba partes esenciales de lo que mi hija había contado: una discusión, Mariana pidiendo que la dejaran salir y voces de miembros de mi familia intentando impedir que se comunicara conmigo.
Miré a Diego.
—¿Qué querías de ella?
—Nada.
Mi padre golpeó desesperadamente la silla.
La investigadora se acercó.
—Señor Ernesto, ¿usted sabe algo?
Él asintió.
Pidieron una tabla con letras.
Le tomó casi veinte minutos formar una frase.
CUENTA.
Luego otra.
DINERO.
Finalmente:
MARIANA DESCUBRIÓ.
Miré a mi madre.
Entonces recordé por qué Mariana llevaba semanas revisando documentos familiares.
Las cuentas de la empresa.
Los terrenos de mi padre.
Las firmas que aparecían donde no deberían.
—¿Qué descubrió mi esposa?
Teresa se levantó.
—Todo lo hice para proteger esta familia.
La misma frase.
Siempre la familia.
La investigadora abrió el teléfono recuperado.
—Parece que la señora Mariana había fotografiado documentos relacionados con transferencias y propiedades.
Diego bajó la cabeza.
Ofelia cerró los ojos.
Y mi madre finalmente dejó de fingir.
—Mariana iba a denunciarlo.
—¿A quién?
Teresa me miró.
No contestó.
No hacía falta.
La policía separó a los adultos para interrogarlos.
El funeral quedó suspendido.
El ataúd no salió hacia el cementerio.
Y nuestra casa dejó de ser una casa de duelo para convertirse en una escena bajo investigación.
Antes de llevarse a Teresa para declarar, ella intentó acercarse a Sofía.
Mi hija se escondió detrás de mí.
—Alejandro —susurró mi madre—, soy tu madre.
La miré.
—Y Mariana era mi esposa.
Tomé a Sofía en brazos.
Mi padre comenzó a llorar silenciosamente.
Entonces la investigadora regresó una última vez.
—Señor, encontramos algo más en el teléfono de su esposa.
—¿Qué?
Me mostró una fotografía tomada dos días antes de mi misión.
Era un documento firmado.
Reconocí inmediatamente la firma de Diego.
Debajo aparecía otra.
La de mi madre.
Pero el nombre del beneficiario hizo que sintiera un escalofrío.
Era el mío.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sabemos —respondió la investigadora—. Su esposa también lo sabía.
Miró hacia Teresa.

—Parece que Mariana no descubrió solamente que estaban robando.
Hizo una pausa.
—Descubrió que estaban utilizando su identidad para hacerlo.
Y entonces comprendí por qué habían necesitado que Mariana guardara silencio antes de que yo regresara.