PARTE 2: LA PROMESA DEL PEQUEÑO MORETTI

Kian Moretti no reaccionó durante tres segundos.

Tres segundos demasiado largos.

Sus ojos bajaron hasta nuestras manos unidas por el meñique.

—¿Acabas de decir que vas a casarte?

Zayn asintió orgulloso.

—Con Aurora.

—Ya veo.

—Necesita protección.

La expresión de Kian cambió.

—¿De quién?

Antes de que pudiera detenerlo, Zayn señaló hacia la puerta.

—De la bruja.

—Zayn…

—Y de unos hombres malos.

Eso borró cualquier rastro de humor del rostro de su padre.

Kian volvió a mirarme.

Esta vez no observó mi ropa barata ni mi delantal.

Miró mi muñeca.

—¿Quién hizo eso?

—No importa.

—Si alguien te está buscando dentro de un establecimiento bajo mi protección, importa.

Entonces Regina gritó desde el restaurante:

—¡Aurora!

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Kian lo vio.

Se volvió hacia uno de sus hombres.

—Marco.

Solo dijo el nombre.

El hombre salió.

Zayn tiró de mi mano.

—¿Ves? Te dije que papá daba miedo.

Por alguna razón, casi me reí.

Kian arqueó una ceja.

—Tú y yo hablaremos sobre eso después.

Un minuto más tarde salimos del almacén.

Regina estaba junto a una mesa.

Dos hombres desconocidos permanecían detrás de ella.

Su expresión cambió al verme acompañada por Kian.

—Aurora, ven aquí.

No me moví.

—Ahora.

Kian dio un paso al frente.

—¿Quién es usted?

Regina recuperó rápidamente la sonrisa.

—Su madrastra. Esto es un asunto familiar.

—Ella parece adulta.

—Lo es.

—Entonces no veo por qué cree que puede darle órdenes.

Uno de los hombres murmuró algo.

Kian lo miró.

El hombre calló inmediatamente.

Regina señaló mi muñeca.

—Aurora siempre dramatiza.

Sentí la mano pequeña de Zayn aferrándose a la mía.

—Papá —dijo—, ella es la bruja.

Kian cerró los ojos un instante.

—Zayn, al coche.

—Pero mi prometida…

—Al coche.

—¿Aurora viene?

Kian me observó.

—Eso lo decide Aurora.

Aquella frase me golpeó más fuerte de lo esperado.

Lo decide Aurora.

Nadie había dicho algo así en años.

Regina avanzó.

—Ella viene conmigo.

Kian ni siquiera levantó la voz.

—Acabo de decir que ella decide.

Me miró.

—¿Quiere ir con esta mujer?

—No.

Fue una palabra pequeña.

Pero fue mía.

Regina palideció.

—Le debes dinero a Tony.

—Yo no le debo nada.

—Tu padre dejó deudas.

—Mi padre murió hace cinco años.

—Precisamente.

Kian frunció el ceño.

—¿Cómo se llama Tony?

Regina guardó silencio.

Uno de sus acompañantes respondió:

—Tony Caruso.

Por primera vez, vi auténtica sorpresa en el rostro de Kian.

—Caruso.

Los dos hombres intercambiaron una mirada.

Kian se volvió hacia mí.

—¿Cuánto?

—Regina dice cincuenta mil.

Él soltó una risa breve, pero sin humor.

—Tony Caruso no mueve gente por cincuenta mil dólares.

Se me heló el estómago.

—¿Qué significa eso?

Regina retrocedió.

Kian lo notó.

—Significa que alguien te ha mentido.

Regina giró hacia la salida.

—Nos vamos.

—Todavía no —dije.

Todos me miraron.

Era la primera vez que la detenía a ella.

—¿Por qué me persiguen realmente?

—Ya te lo expliqué.

—Entonces ¿por qué tienes miedo?

Su expresión se endureció.

—No sabes nada de tu padre.

Kian se quedó inmóvil.

—¿Cómo se llamaba?

—Gabriel Vale —respondí.

El silencio fue inmediato.

Marco, que acababa de regresar, dejó de caminar.

Kian me miró como si mi rostro acabara de cambiar.

—Repítelo.

—Gabriel Vale.

—¿Tu padre era Gabriel Vale?

Asentí.

Regina cerró los ojos.

Y entonces comprendí que acababa de decir algo que no debía.

Kian se acercó.

—¿Qué te contó sobre su muerte?

—Accidente de coche.

—¿Viste el cuerpo?

La pregunta me desconcertó.

—No. Regina dijo que estaba demasiado dañado.

Kian miró a mi madrastra.

—Qué conveniente.

—No se meta en esto, Moretti.

—Demasiado tarde.

Sacó su teléfono.

—Marco, lleva a Zayn al coche. Aurora viene con nosotros si quiere.

Regina perdió el control.

—¡Ella no puede ir contigo!

Kian se volvió lentamente.

—¿Por qué?

—Porque…

Se detuvo.

Demasiado tarde.

—Porque ¿qué? —pregunté.

Regina me miró con algo que nunca había visto en sus ojos.

Miedo.

Kian hizo una llamada.

—Necesito el archivo de Gabriel Vale. Completo.

Esperó.

La respuesta llegó menos de un minuto después.

Kian leyó la pantalla.

Su expresión se endureció.

—Esto no puede ser.

—¿Qué?

Me mostró una fotografía antigua.

Mi padre estaba mucho más joven.

A su lado había otro hombre.

Reconocí inmediatamente a Kian.

También más joven.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Conocías a mi padre?

Kian guardó el teléfono.

—Tu padre me salvó la vida hace diecisiete años.

Miré a Regina.

Ella comenzó a retroceder.

—Y hay algo más —continuó Kian—. Gabriel no murió debiendo cincuenta mil dólares.

—Entonces ¿por qué Tony me busca?

Kian me sostuvo la mirada.

—Porque semanas antes de desaparecer, tu padre puso algo a tu nombre.

—¿Qué cosa?

—Una participación en una empresa que hoy vale millones.

Sentí que el restaurante se inclinaba bajo mis pies.

Regina corrió hacia la puerta.

Marco la bloqueó sin tocarla.

—Aurora —dijo Kian—, creo que llevas cinco años huyendo de personas que nunca quisieron cobrarte una deuda.

—¿Entonces qué querían?

—Tu firma.

Miré mi muñeca marcada.

Todos aquellos meses.

Todos aquellos hombres.

Todo aquel miedo.

No intentaban llevarme con Tony porque Regina hubiera perdido dinero.

Intentaban obligarme a firmar algo.

Entonces Zayn asomó la cabeza desde la entrada.

—Papá, ¿Aurora todavía puede ser de nuestra familia?

Kian lo miró.

—Ahora no, Zayn.

Pero yo apenas los escuchaba.

Porque el teléfono de Regina, abandonado sobre una mesa, acababa de iluminarse.

Había un mensaje de Tony Caruso:

“TRÁELA ESTA NOCHE. GABRIEL ESTÁ CANSADO DE ESPERAR.”

Se me cayó el alma a los pies.

Kian leyó el mensaje por encima de mi hombro.

Y por primera vez desde que lo había visto, el hombre al que toda Nueva York temía pareció genuinamente sorprendido.

Mi padre no había muerto cinco años atrás.

Estaba vivo.

Y aparentemente había estado esperando que me entregaran a él.

Escribe “SIGUIENTE PARTE” si quieres descubrir por qué Gabriel fingió su muerte y qué necesitaba realmente de Aurora.

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