PARTE 2: La pregunta que Sophie no debía hacer

Me quedé mirando el mensaje durante varios segundos.

Mi primer impulso fue ignorarlo.

Pero Sophie no tenía la culpa de nuestra historia.

Cuando regresé a su habitación, estaba acurrucada bajo una manta, con la muñeca inmovilizada.

Al verme, sonrió.

—¡Doctora Adelaide!

—Me dijeron que alguien se niega a dormir.

Sophie señaló la silla junto a su cama.

—Siéntate conmigo cinco minutos.

Elias permanecía junto a la ventana.

No dijo nada.

Me senté.

Sophie comenzó a contarme sobre la escuela, sus dibujos y un conejo de peluche llamado Oliver.

Entonces volvió a mirar mi vientre.

—¿Es niño o niña?

—Niña.

Sus ojos brillaron.

—Entonces sí podría ser mi hermanita.

El silencio cayó inmediatamente.

Miré a Elias.

Él parecía haber olvidado cómo respirar.

—Sophie —dijo con suavidad—, no molestes a la doctora.

—Pero tú dijiste que Adelaide era el nombre más bonito del mundo.

Me quedé inmóvil.

Elias cerró los ojos.

—¿Cuándo dijo eso?

Sophie pareció confundida.

—Muchas veces.

Después señaló hacia su padre.

—También tiene una foto tuya.

Elias palideció.

—Sophie.

—La que guardas en el cajón.

Me levanté.

—Debo volver al trabajo.

—Adelaide, espera.

No lo hice.

A la mañana siguiente, Sophie recibió el alta.

Yo estaba revisando su informe cuando una enfermera dejó un expediente adicional sobre mi escritorio.

—Doctora, servicios sociales pidió verificar esto.

Fruncí el ceño.

—¿Servicios sociales?

—Hay una irregularidad en los contactos familiares de Sophie.

Abrí el expediente.

La madre figuraba como fallecida.

Nombre: Rebecca Hale.

Fecha del fallecimiento: cuatro años atrás.

Pero algo no cuadraba.

Sophie tenía cinco años.

Seguí leyendo.

Entonces encontré una anotación antigua.

Elias no figuraba como padre biológico.

Figuraba como tutor legal.

Sentí que algo cambiaba dentro de mí.

Busqué la fecha en que obtuvo la tutela.

Seis meses atrás.

Exactamente la misma semana en que me abandonó.

Escuché pasos detrás de mí.

Elias estaba en la puerta.

Había visto el expediente abierto.

—Adelaide…

—Sophie no es tu hija.

No respondió.

Aquello fue suficiente.

—¿Por eso te marchaste?

Elias cerró la puerta.

—Aquella noche recibí una llamada.

Su voz se quebró.

—Rebecca había muerto años antes, pero dejó instrucciones que solo podían ejecutarse cuando localizaran a Sophie.

—¿Qué instrucciones?

Elias me miró.

—Que yo debía encontrarla.

—¿Por qué tú?

Se quedó en silencio demasiado tiempo.

Entonces sacó una fotografía vieja de su cartera.

En ella aparecía Rebecca sosteniendo a una bebé.

A su lado había otro hombre.

Reconocí aquel rostro.

Lo había visto decenas de veces en fotografías familiares.

Sentí que se me helaban las manos.

—No puede ser.

Elias bajó la mirada.

—Por eso no supe cómo volver y explicártelo.

Miré otra vez la fotografía.

El hombre junto a la madre de Sophie era mi hermano mayor.

El mismo hermano al que mi familia llevaba seis años creyendo muerto.

Y Elias acababa de decirme que Sophie no era su hija.

Era mi sobrina.

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