Durante todo el camino de regreso, mi teléfono vibró dentro del bolso.
Nathan.
Nathan.
Nathan.
Veintitrés llamadas.
No contesté ninguna.
Adrian tampoco preguntó por ellas.
Se limitó a mirar por la ventanilla del automóvil mientras su ayudante conducía hacia la residencia Shen.
Finalmente rompí el silencio.
—¿Por qué aceptó casarse conmigo?
Sus ojos se volvieron hacia mí.
—Podría preguntarte lo mismo.
—Su nombre estaba en mi informe.
—Y tú decidiste conservarlo.
No tenía cómo discutir eso.
Adrian añadió:
—Yo también.
Aquella respuesta me desconcertó más que cualquier explicación.
Cuando llegamos, la familia Shen ya nos esperaba.
Nathan estaba en medio del salón.
Ivy permanecía detrás de él.
En cuanto me vio entrar junto a Adrian, caminó hacia mí.
—Elena, ya basta.
Saqué el certificado matrimonial.
—Llegas tarde.
Nathan lo tomó.
Leyó nuestros nombres.
Su rostro perdió color.
—Esto no puede ser válido.
Desde su silla, Adrian habló tranquilamente.
—Lo es.
Nathan levantó la cabeza.
—Tío, aquello era una broma.
—Los documentos oficiales no son juguetes.
—¡Ella iba a casarse conmigo!
Adrian arqueó ligeramente una ceja.
—Entonces quizá no debiste escribir mi nombre.
Nadie se atrevió a reír.
Nathan se volvió hacia mí.
—Corrígelo mañana.
—No.
Pareció no entender.
Durante diez años jamás le había respondido así.
—Elena, estás enfadada.
—Ya no.
Eso fue lo que realmente lo inquietó.
La ira habría significado que todavía me importaba.
Mi indiferencia no le ofrecía nada.
Ivy dio un paso adelante.
—Elena, todo empezó por una apuesta conmigo. Si quieres culpar a alguien…
—No te preocupes.
La interrumpí.
—Puedes quedarte con todas las apuestas que quieras.
Nathan apretó los dientes.
—¿Crees que casarte con él me dará celos?
Miré a Adrian.
—No me casé para provocarte.
Después miré nuevamente a Nathan.
—Me casé porque por primera vez dejé de esperarte.
El salón quedó en silencio.
Entonces Adrian habló con su ayudante.
—Entrega los documentos.
Una carpeta gruesa apareció sobre la mesa.
El padre de Nathan la abrió.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Adrian… ¿qué significa esto?
—Mi reincorporación.
Nathan frunció el ceño.
—¿Reincorporación?
Adrian retiró lentamente uno de sus guantes.
—Mi rehabilitación terminó hace meses.
Apoyó ambas manos sobre los brazos de la silla.
Y ante el silencio absoluto de toda la familia, se puso de pie.
Mi madre soltó un pequeño jadeo.
Nathan retrocedió.
Yo también me quedé inmóvil.
Adrian permaneció erguido frente a nosotros.
—¿Puedes caminar? —susurró Nathan.
—Desde hace siete meses.
—¿Entonces por qué fingiste?
—Nunca fingí.
Su voz siguió siendo fría.
—Simplemente no consideré necesario informar a quienes solo aparecían cuando necesitaban algo.
Nathan parecía incapaz de procesarlo.
Pero Adrian todavía no había terminado.
Abrió la carpeta.
—A partir del próximo mes asumiré nuevamente mis funciones en el Estado Mayor.
El padre de Nathan palideció.
—¿Con qué rango?
Adrian dejó la insignia sobre la mesa.
Nadie habló.
Nathan miró primero la insignia.
Después mi certificado matrimonial.
Y finalmente a mí.
La broma con la que pretendía humillarme acababa de unir mi nombre al hombre cuya autoridad incluso él debía respetar.
Creí que aquello era todo.
Hasta que el ayudante de Adrian se acercó y le susurró algo.
Su mirada cambió.
—¿Estás seguro?
—Sí, general.
Adrian tomó un expediente sellado.
En la portada aparecía el nombre de Nathan.
También el de Ivy.
—¿Qué es eso? —preguntó Nathan.
Adrian levantó los ojos.
—La verdadera razón por la que regresé.
Nathan dejó de respirar.
Adrian puso el expediente frente a él.

—Tu apuesta cambió mi matrimonio.
Hizo una pausa.
—Pero lo que hiciste hace tres años puede cambiar tu carrera entera.