A la mañana siguiente, Lu Yanqing ya se había ido cuando desperté.
Sobre la mesa había una nota.
«Xiao Nian tiene una revisión médica. No volveré a cenar».
Ni una pregunta sobre mi visita al hospital.
Ni una palabra sobre lo que le había dicho la noche anterior.
Doblé la nota cuidadosamente y la tiré a la basura.
Después abrí mi ordenador.
Había un correo esperando desde hacía tres semanas.
La sede internacional de la empresa me ofrecía incorporarme al proyecto más importante de los próximos años.
Mil días.
Tres países.
Un equipo de cuarenta especialistas.
Y una posibilidad real de entrar en el grupo de profesionales mejor valorados del sector.
Antes había dudado.
Aquella mañana respondí con una sola palabra:
«Acepto».
Durante las siguientes dos semanas organicé mi salida.
Cancelé servicios.
Empaqué documentos.
Guardé mis pocas pertenencias.
Y preparé los papeles de divorcio.
Lu Yanqing no notó nada.
Seguía regresando tarde.
A veces ni siquiera volvía.
El último día apareció mientras yo cerraba mi maleta.
—¿Viaje de trabajo?
—Sí.
Miró distraídamente el equipaje.
—¿Cuánto tiempo?
Lo observé durante unos segundos.
—Mil días.
Por fin levantó la cabeza.
—¿Tanto?
—Te lo dije hace un mes.
Frunció ligeramente el ceño, como intentando recordar.
Entonces comprendió.
Sus respuestas automáticas.
Por primera vez vi incomodidad en sus ojos.
Dejé un sobre sobre la mesa.
—También te envié esto por correo electrónico.
—¿Qué es?
—Lo sabrás cuando lo leas.
Tomé mi maleta.
Él no me detuvo.
Y yo tampoco miré atrás.
Los primeros cien días fueron brutales.
Trabajé hasta convertirme en alguien a quien ya no reconocía aquella mujer que esperaba mensajes en una habitación vacía.
Al día trescientos, dirigía mi propio equipo.
Al seiscientos, dos empresas competidoras intentaron contratarme.
Al novecientos, una revista especializada publicó mi nombre entre las diez profesionales más prometedoras del sector.
Y en el día mil, subí al escenario de una conferencia internacional para recibir un premio que me colocaba oficialmente entre las tres mejores profesionales de mi especialidad.
Cuando terminé mi discurso, el auditorio se puso de pie.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Lu Yanqing.
No veía su nombre desde hacía casi tres años.
«¿Cuándo vuelves?»
Lo miré unos segundos.
Después bloqueé la pantalla.
Esa noche, durante la recepción, mi asistente se acercó apresuradamente.
—Hay un hombre esperándola abajo.
—¿Nombre?
—Lu Yanqing.
Mi mano se detuvo sobre la copa de agua.
—Dígale que no recibo visitas sin cita.
Mi asistente dudó.
—Dice que es su esposo.
Sonreí ligeramente.
—Entonces definitivamente llegó tarde.
Porque los documentos que había dejado sobre aquella mesa mil días atrás no eran una amenaza.
Eran un divorcio ya preparado.
Y él los había firmado sin leerlos, exactamente como había ignorado todo lo demás relacionado conmigo.
Pero antes de que pudiera marcharme, mi asistente añadió:
—Hay otra cosa.
Me entregó una carpeta procedente de la oficina jurídica.
—Durante la revisión de sus antiguos documentos matrimoniales encontraron una irregularidad.
La abrí.
En la última página aparecía una firma que conocía perfectamente.
La de Su Nian.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Por qué aparece ella en mi expediente de divorcio?
Mi asistente tragó saliva.
—Porque, según los registros, fue Su Nian quien recibió la notificación legal en nombre de Lu Yanqing.
Sentí un escalofrío.

—¿Y él?
—Afirma que jamás supo que usted se había divorciado de él.
En ese instante comprendí algo mucho peor.
Durante aquellos mil días, Lu Yanqing quizá no había sido el único que había decidido no leer mis mensajes.