PARTE 2: LA POLICÍA NO VENÍA POR MÍ

Los golpes resonaron otra vez.

Firmes.

Precisos.

No eran los de un vecino impaciente ni los de un repartidor.

Eran los de alguien acostumbrado a que le abrieran la puerta.

Respiré hondo, me até la bata y miré una vez más por la mirilla.

Dos agentes.

Uno rondaba los cincuenta años; el otro parecía recién salido de la academia.

Abrí la puerta solo unos centímetros.

—¿Señora Clara Jensen?

—Sí.

El agente mayor mostró su placa.

—¿Podemos hacerle unas preguntas?

Asentí y abrí del todo.

—¿Ha ocurrido algo?

El policía la observó unos segundos antes de responder.

—Su esposo presentó una denuncia esta madrugada.

Clara arqueó una ceja.

—¿Mi esposo?

Aquella palabra sonó extraña.

Como si ya no le perteneciera.

—Afirma que usted bloqueó todas sus tarjetas bancarias, cambió las cerraduras de la vivienda y le impidió acceder a su domicilio.

Clara no respondió de inmediato.

Simplemente sacó el teléfono del bolsillo.

Abrió la conversación con Ethan.

Giró la pantalla hacia los agentes.

El policía leyó despacio.

“Me acabo de casar con Rebecca…”

“Llevo ocho meses acostándome con ella…”

“Eres patética.”

Los dos agentes intercambiaron una mirada.

El más joven carraspeó.

—Vaya…

Clara deslizó un poco más la conversación.

—Y aquí está mi única respuesta.

“Genial.”

El agente mayor devolvió el teléfono.

—Entiendo.

—No creo que entienda del todo.

Clara se apartó para dejarlos pasar al recibidor.

—La escritura de esta casa está únicamente a mi nombre.

Se dirigió a un archivador del salón.

Sacó una carpeta azul perfectamente organizada.

La abrió sobre la mesa.

Escritura.

Hipoteca cancelada.

Impuestos.

Todo.

El policía revisó los documentos durante un par de minutos.

Finalmente levantó la vista.

—La propiedad figura exclusivamente a su nombre.

—Exacto.

—¿Y las tarjetas?

Clara abrió la aplicación del banco.

—Titular única.

Él solo era usuario autorizado.

Los agentes volvieron a mirarse.

El más joven dejó escapar una sonrisa que intentó ocultar enseguida.

—Entonces…

El agente mayor cerró la carpeta.

—Señora Jensen, no ha cometido ningún delito por retirar autorizaciones sobre cuentas que son exclusivamente suyas.

Clara asintió.

—Eso imaginaba.

—Respecto a las cerraduras…

El hombre señaló la puerta.

—Como propietaria de la vivienda, también tenía derecho a cambiarlas.

Por primera vez desde que había leído aquel mensaje, Clara sintió que podía respirar.

Pero el policía aún no había terminado.

—Hay algo más.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

El agente sacó una pequeña libreta.

—Su esposo aseguró que usted había reaccionado de forma violenta y que temía por su seguridad.

Clara soltó una risa breve.

—¿Violenta?

—Eso declaró.

—¿Y dónde está él ahora?

El policía consultó unas notas.

—En el aeropuerto.

—¿De regreso de Las Vegas?

—Sí.

Clara negó lentamente con la cabeza.

—Qué curioso.

—¿Por qué lo dice?

—Porque hace seis horas me informó por escrito de que acababa de casarse con otra mujer.

Se hizo un silencio incómodo.

El agente joven terminó hablando.

—Entre nosotros… probablemente esa parte la omitió cuando presentó la denuncia.

—Me lo imaginaba.

El policía mayor guardó la libreta.

—Señora Jensen, nuestro trabajo era verificar la situación.

—¿Y ahora?

—Ahora el asunto parece ser exclusivamente civil.

Los acompañó hasta la puerta.

Antes de marcharse, el agente mayor se volvió.

—Un consejo.

—Lo escucho.

—Guarde absolutamente todos esos mensajes.

Cada uno.

Podrían ser importantes si esto termina en un tribunal.

Clara sonrió con tranquilidad.

—No pienso borrar nada.

Los policías se marcharon.

Ella cerró la puerta.

Giró la nueva cerradura.

Y apoyó la frente contra la madera durante unos segundos.

Apenas había dado tres pasos hacia la cocina cuando sonó su teléfono.

Era un número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Una voz femenina, elegante y perfectamente controlada respondió al otro lado.

—Buenos días. ¿Hablo con Clara Jensen?

—Sí.

—Mi nombre es Patricia Holloway. Soy directora de Recursos Humanos de Sterling Dynamics.

Clara reconoció el nombre.

Era la empresa donde trabajaban Ethan… y Rebecca.

—¿En qué puedo ayudarla?

La mujer hizo una breve pausa antes de continuar.

—Nos gustaría reunirnos con usted hoy mismo.

—¿Por qué?

La respuesta llegó despacio.

—Porque anoche recibimos varias fotografías, mensajes y documentos relacionados con el viaje de negocios a Las Vegas.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—¿Y?

—La empresa nunca autorizó ninguna boda durante ese viaje.

Ni tampoco autorizó la presencia de Rebecca.

Hubo un silencio.

Entonces Patricia añadió una frase que hizo que Clara se quedara completamente inmóvil.

—Y creemos que su esposo utilizó fondos corporativos para organizar toda la celebración.

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