PARTE 2: LA NOCHE EN QUE DOMINIC VOLVIÓ A SONREÍR

Aquella noche empezó con un vaso roto.

Entré en la cocina y encontré a Dominic apoyado contra la encimera.

Estaba pálido.

Demasiado pálido.

—¿Estás bien?

—Vete a casa, Megan.

Entonces sus brazos cedieron.

Corrí hacia él antes de que golpeara el suelo.

—¡Nancy!

La fiebre superaba los cuarenta grados.

Su médico llegó veinte minutos después y ordenó vigilancia constante.

Los hombres de Dominic se ofrecieron.

Él los rechazó a todos.

—Yo me quedaré —dije.

Dominic abrió los ojos.

—Tienes un hijo.

—Y está dormido arriba.

—No necesito una niñera.

—Perfecto. Porque cobro por limpiar.

Nancy tuvo que girarse para ocultar una sonrisa.

Durante horas cambié toallas frías, controlé su temperatura y conseguí que bebiera pequeños sorbos de agua.

Cerca de las cuatro, Dominic empezó a hablar dormido.

—No abras la puerta…

Me quedé inmóvil.

—Dominic.

Su mano atrapó la mía.

—Michael, corre.

Nunca había oído ese nombre.

A las 5:17, su fiebre empezó finalmente a bajar.

Yo debí quedarme dormida poco después.

Cuando desperté, Dominic me observaba.

Y estaba sonriendo.

No una sonrisa educada.

Una verdadera.

—¿Qué? —pregunté.

La sonrisa desapareció inmediatamente.

—Nada.

Mi hijo se removió sobre mi pecho.

Dominic lo miró.

—¿Cómo se llama?

—Eli.

Algo cambió en su rostro.

—¿Qué edad tiene?

—Dieciocho meses.

—¿Y su padre?

Bajé la mirada.

—No forma parte de nuestras vidas.

Dominic no insistió.

Pero aquella tarde todo cambió.

Mandó instalar una cuna en una habitación cercana.

Aumentó mi salario.

Y ordenó que nadie volviera a impedirme traer a Eli.

Creí que era gratitud.

Me equivocaba.

Tres días después, encontré a Dominic en su despacho sosteniendo una fotografía.

En ella aparecía un hombre joven que se parecía muchísimo a él.

—¿Michael? —pregunté.

Dominic levantó la cabeza bruscamente.

—¿Cómo sabes ese nombre?

—Lo dijiste durante la fiebre.

Su expresión se cerró.

—Olvídalo.

Entonces Eli entró tambaleándose y dejó caer su juguete.

Dominic se inclinó para recogerlo.

Y se quedó inmóvil.

Eli llevaba una pequeña cadena que yo jamás le quitaba.

Del extremo colgaba un medallón plateado.

Dominic lo agarró con manos temblorosas.

—¿De dónde sacaste esto?

—Pertenecía al padre de Eli.

Por primera vez vi auténtico miedo en los ojos de Dominic Mason.

Abrió un cajón y sacó otro medallón.

Era idéntico.

—Megan…

Su voz casi no salió.

—¿Cómo se llamaba el padre de tu hijo?

Tragué saliva.

—Michael.

Dominic cerró los ojos.

—¿Michael qué?

—Michael Carter.

Entonces alguien dejó caer un vaso detrás de nosotros.

Nancy estaba en la puerta, completamente pálida.

Dominic miró a Eli.

Después me miró a mí.

—Su apellido no era Carter.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Dominic apretó el medallón.

—Michael Mason era mi hermano.

Y murió hace dos años.

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