Andrés quiso llevarme al hospital después de salir del Registro Civil.
—Mamá se tranquilizará cuando vea el acta —dijo, guardándola en la guantera—. Tú espera abajo. No conviene alterarla.
Miré por la ventanilla.
—Déjame en casa. Tengo cosas que hacer.
No preguntó cuáles.
Durante diez años había confundido mi presencia con algo permanente. Como los muebles del comedor, como las llaves junto a la puerta. No imaginaba que yo pudiera tener planes que no lo incluyeran.
En cuanto su auto dobló la esquina, llamé a mi abogada.
—Ya está —dije.
—¿Tienes tu copia?
—Aquí, conmigo.
—Guárdala. Esta tarde revisaremos los comprobantes de las transferencias y lo que falta por registrar.
El acuerdo no podía quedarse en una promesa de Andrés. Antes de firmarlo, mi abogada había revisado cada cláusula conmigo. Yo quería saber exactamente qué aceptaba y qué tendría que hacer después.
Abrí el armario.
Mi maleta llevaba tres semanas preparada detrás de una fila de abrigos.
Ropa, documentos, mi computadora y una libreta llena de presupuestos para abrir el pequeño estudio de restauración que había pospuesto desde que nos casamos. Cada año aparecía una razón para esperar: una inversión de Andrés, una urgencia de Teresa, una compra que supuestamente beneficiaría a los dos.
Esta vez no esperaba.
Andrés volvió a las ocho.
Yo estaba cerrando la maleta en la entrada.
—¿Vas a algún lado?
—Sí.
Sonrió, aliviado.
—¿A casa de tu hermana? Te vendrá bien despejarte. Mamá quiere que Verónica se quede unos días aquí para ayudarla cuando salga del hospital.
Dejé la maleta en el suelo.
—Entonces tendrán espacio.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué significa eso?
—Me voy, Andrés.
Miró primero mi equipaje y luego mi mano. No llevaba el anillo.
—Lucía, ya hablamos de esto. El divorcio era solo para mamá.
—El acta no dice eso.
Soltó una risa breve.
—No hagas una escena ahora.
No respondí. Tomé el abrigo de la percha.
Andrés se interpuso entre la puerta y yo.
—¿Desde cuándo lo tenías planeado?
Pensé en darle una fecha. La noche de los mensajes. El día de la pulsera. La última vez que Teresa me llamó inútil mientras él seguía comiendo.
—Desde antes de que me lo pidieras.
Su teléfono empezó a sonar. Teresa.
Él contestó sin dejar de mirarme y activó el altavoz.
—¿Ya le dijiste que Verónica viene? —preguntó su madre—. Ahora que por fin estás libre, no permitas que Lucía vuelva a manipularte.
Andrés cerró los ojos.
Yo me acerqué lo suficiente para que pudiera oírme.
—No se preocupe, Teresa. No voy a volver.
Hubo un silencio. Después su voz cambió.
—¿Qué estás diciendo?
—Que espero que se recupere pronto de la presión alta.
Andrés levantó la cabeza.
—¿Presión alta?
Teresa colgó.
Por primera vez aquella noche, él dejó de mirar mi maleta.
—¿Tú sabías?
—Estuve en el hospital cuando habló el médico. Tú también pudiste preguntar.
Se sentó en el banco de la entrada. Parecía buscar una explicación que pudiera devolvernos al lugar donde yo todavía discutía para quedarme.
—Podemos arreglarlo —dijo—. Volvemos a casarnos y ponemos límites.
—Quería que pusieras límites cuando éramos esposos.
El coche que había pedido llegó. Su luz atravesó el cristal de la puerta.
Andrés miró las llaves en mi mano.
—¿Y todo lo que firmé?
—Lo revisaste y lo aceptaste. Si tienes preguntas, habla con mi abogada.
No intentó detenerme cuando abrí.
Seis meses después inauguré mi estudio.
Mi hermana llevó flores. Dos antiguas compañeras trajeron una mesa de trabajo que habían rescatado de un taller cerrado. Comimos bocadillos sentadas entre muebles a medio restaurar y nos reímos del letrero torcido que yo había colocado sobre la puerta.
Andrés había enviado mensajes durante semanas. Algunos pedían perdón. Otros preguntaban cuándo dejaría de castigarlo. Dejé de contestar cuando comprendí que seguía esperando que mi vida girara alrededor de su arrepentimiento.
Aquella tarde, al cerrar el estudio, saqué de mi bolso una llave nueva y la sostuve un momento antes de meterla en la cerradura.
La puerta era mía.
Y al día siguiente tenía trabajo al que volver.