—No estaba en las cuentas familiares —dije—. Estaba invertido en ellas.
Charles se volvió hacia mí. Su mano seguía temblando después de golpear a Carter.
Durante un instante solo se oyó el tintineo de una copa que alguien dejó sobre una mesa.
—Serena, tenemos que hablar en privado —dijo mi suegro.
—De acuerdo. Aquí no vamos a resolverlo.
Carter me miró como si acabara de conocerme.
—¿De qué inversión están hablando?
Aquella pregunta confirmó cuánto había decidido ignorar.
Antes de casarme, había heredado una participación en el fondo de mi abuelo. Charles necesitaba capital para refinanciar parte del grupo y me propuso un acuerdo: mi fondo aportaría dos mil millones durante un plazo determinado, con garantías y condiciones de renovación.
Carter sabía que existía el acuerdo. Nunca quiso leerlo.
Prefería creer que su padre sostenía todo el imperio y que yo simplemente vivía en una de sus casas.
Nos condujeron a una sala contigua. Mi abogada, Isabel, nos esperaba junto a la puerta. Había llegado conmigo al banquete, aunque Carter ni siquiera la había saludado.
Charles se aflojó el cuello de la camisa.
—La devolución nos deja sin capacidad para cerrar la operación del lunes.
Isabel abrió su carpeta.
—El vencimiento se notificó hace noventa días. No se ha retirado dinero sin autorización. El fondo decidió no renovar y recibió el importe conforme al acuerdo.
Carter miró a su padre.
—¿Noventa días?
Charles no respondió.
Yo sí.
—Durante esos mismos noventa días te pedí que hablaras conmigo. También envié las observaciones sobre tus gastos al comité de auditoría.
—¿Todo esto por Vivien? —preguntó.
La miré. Había entrado detrás de nosotros y ahora permanecía junto a la pared, sin tocar el collar.
—Mi matrimonio termina por lo que tú hiciste —respondí—. La inversión no se renueva porque perdí la confianza en cómo administran mi dinero. Son dos decisiones que llevo semanas preparando.
Charles se sentó.
—Podemos cambiar la dirección. Carter se apartará.
Su hijo se volvió hacia él.
—¿Vas a echarme por ella?
—Voy a convocar a la junta —replicó Charles—. Ya debí haberlo hecho.
Isabel dejó otra carpeta sobre la mesa: los gastos pendientes de justificar, las respuestas del departamento financiero y las comunicaciones que yo había enviado. El collar era una línea entre muchas.
Vivien se acercó un paso.
—Carter me dijo que esos regalos los pagaba él.
No sabía si era verdad. Tampoco me correspondía decidirlo allí.
—Tendrás que explicarlo cuando te lo pidan —dije.
Carter me alcanzó en el pasillo cuando salí de la reunión.
—Serena, espera.
Me detuve a cierta distancia.
La marca en su mejilla empezaba a oscurecerse. Sentí tristeza al verla. Nada de lo ocurrido justificaba que su padre lo golpeara.
—No sabía que el dinero era tuyo —dijo.
Lo miré.
—¿Eso es lo que cambiaría las cosas?
Bajó los ojos.
—Puedo arreglarlo contigo.
Había imaginado tantas veces aquella conversación. En cada versión, él comprendía antes de perder algo. Me buscaba porque me extrañaba. Preguntaba cómo estaba.
Ahora solo parecía aterrorizado.
—Mi abogada te enviará la documentación del divorcio mañana.
—¿Y todo lo que construimos?
Recordé las cenas canceladas, las llamadas sin respuesta, las noches esperando el sonido de su llave.
—Yo también me hice esa pregunta —respondí.
No intentó seguirme cuando llegué al guardarropa.
La empresa no desapareció aquella noche. Charles reunió a sus asesores, buscó nueva financiación y permitió la revisión de las cuentas. Carter quedó apartado de sus funciones mientras la junta examinaba los informes.
Yo dejé de vivir en la casa tres días después.
La primera mañana en mi apartamento desayuné junto a una ventana abierta. Mi teléfono contenía mensajes de abogados, administradores y personas que de pronto querían saber si necesitaba algo.
Lo puse en silencio.
Sobre la mesa había un plano del centro de becas que mi abuelo había querido financiar y que yo llevaba años aplazando. Lo desplegué, llamé a la arquitecta y acordamos una reunión.
Después fui a preparar otra taza de café.
Tenía trabajo que hacer. Y esta vez sabía para quién.