—Trabajo con inversiones —respondí finalmente.
Maya levantó una ceja.
—Eso suena deliberadamente impreciso.
—Lo es.
Lily dejó su lápiz.
—¿Eres espía?
—No puedo confirmar ni negar nada.
Ella abrió los ojos, fascinada.
Maya soltó una carcajada.
Hacía años que nadie se reía conmigo de aquella manera.
Entonces vi el reloj.
11:38 p. m.
—¿No trabajabas esta noche? —pregunté.
La sonrisa de Maya desapareció.
—Trabajaba.
—¿Qué ocurrió?
Bajó la mirada hacia su café.
—Me despidieron esta mañana.
—Lo siento.
—Yo no.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Por qué?
Maya dudó.
—Porque encontré algo que probablemente no debía encontrar.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje del presidente de mi junta.
“Ethan, llámame inmediatamente. Tenemos una filtración interna.”
Sentí que algo cambiaba.
—¿En qué edificio trabajabas?
Maya me dio la dirección.
Se me congeló la mano.
Era mi sede corporativa.
—¿Qué empresa?
—Mercer Global.
Lily sonrió.
—El edificio gigante.
Yo permanecí callado.
Maya continuó.
—Hace tres noches encontré a dos ejecutivos entrando al archivo financiero después de medianoche.
—¿Los conocías?
—Uno llevaba identificación de vicepresidente.
Mi estómago se tensó.
—¿Y el otro?
—No tenía tarjeta.
—¿Qué hiciste?
—Informé a mi supervisor.
Maya soltó una risa sin humor.
—A la mañana siguiente dijeron que había abandonado mi puesto y me despidieron.
Mi teléfono sonó otra vez.
Esta vez contesté.
—Mercer.
Maya levantó la cabeza.
La voz del presidente llegó apresurada.
—Gracias a Dios. Alguien accedió a los archivos de la adquisición Caldwell. Si esos documentos salen mañana, podemos perder cientos de millones.
—Revisa las cámaras del nivel treinta y nueve.
Silencio.
—¿Cómo sabes eso?
Miré a Maya.
—Luego te explico.
Colgué.
Ella estaba completamente inmóvil.
—Mercer…
No dije nada.
Entonces sus ojos se abrieron.
—Ethan Mercer.
Lily me miró emocionada.
—¿Entonces sí eres famoso?
Suspiré.
—Un poco.
Maya se levantó.
—Dios mío. He estado contándole mis problemas laborales al dueño de la empresa.
—Director ejecutivo.
—Eso no mejora nada.
—Para mí sí.
Saqué una tarjeta.
—Mañana quiero que hables con nuestro equipo jurídico.
Maya no la tomó.
—No quiero dinero.
—No te estoy ofreciendo dinero.
La miré.
—Te estoy pidiendo ayuda para descubrir quién te despidió y por qué.
A medianoche, Lily insistió en que brindáramos con sidra.
Por primera vez en muchos años, recibí el Año Nuevo acompañado.
A las 12:17, llegó un correo del equipo de seguridad.
Habían recuperado parte de las grabaciones borradas.
Abrí una imagen.
Reconocí inmediatamente al primer hombre.
Thomas Reed.
Mi vicepresidente financiero.
Pero no reconocí a la mujer que estaba con él.
Maya sí.
Se puso blanca.
—Ella.
—¿Quién es?
—La vi salir del archivo.
Amplié la fotografía.
La mujer llevaba un abrigo blanco y sostenía una carpeta de Mercer Global.
Entonces recibí otro mensaje.
“Identificación confirmada.”
Debajo aparecía un nombre.
Charlotte Mercer.
Mi hermana.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Charlotte había muerto nueve años antes.
Maya me agarró del brazo.
—Ethan, hay algo más que no te conté.
La miré.
—¿Qué?
Metió la mano en su bolso y sacó una memoria USB.
—Antes de que me despidieran copié lo que encontré en aquella sala.
—¿Qué contiene?
Maya miró primero a Lily.
Después a mí.

—Una lista de transferencias realizadas durante nueve años.
—¿A nombre de quién?
Su respuesta convirtió aquella extraña cena de Nochevieja en algo completamente distinto.
—De tu hermana.
Y todas habían sido autorizadas con tu firma.