PARTE 2: EL BEBÉ QUE ADRIAN NUNCA ME DIJO QUE PODÍA SALVAR

Me quedé detrás de los rosales, mirando la mano de Adrian sobre el vientre de Camila.

—Nuestro hijo —repitió él.

Tres años antes, cuando yo estaba embarazada, Adrian nunca había pronunciado esas palabras así.

Nuestro bebé tenía diecinueve semanas cuando empecé a sangrar.

Aquella noche llamé a Adrian siete veces.

No contestó.

Cuando finalmente llegó al hospital, nuestro hijo ya no tenía latido.

Me dijeron que había sido una complicación repentina.

Adrian nunca quiso hablar del tema.

Yo tampoco pude hacerlo.

Hasta ahora.

Regresé a Chicago sin dejar que me vieran.

Al día siguiente fui directamente a mi abogada.

—Quiero terminar el divorcio.

Ella cerró la puerta.

—Antes necesitas ver esto.

Colocó una carpeta sobre la mesa.

Había investigado a Camila.

Tres años atrás, Camila Reed no trabajaba para Bennett Group.

Trabajaba en el hospital donde perdí a mi bebé.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué hacía allí?

—Era asistente administrativa del departamento de obstetricia.

Seguí leyendo.

Camila había renunciado exactamente nueve días después de mi pérdida.

Dos semanas después, Bennett Group realizó un pago de ciento ochenta mil dólares a una sociedad propiedad de su madre.

—¿Adrian pagó esto?

—La autorización salió de su oficina.

Me levanté.

—Necesito mi historial médico.

Tardamos dos días en conseguirlo.

Y entonces apareció la primera contradicción.

El informe que yo había recibido decía que mi embarazo era inviable cuando llegué a urgencias.

El informe interno decía otra cosa.

Mi bebé todavía tenía actividad cardíaca.

Había existido una ventana para realizar una intervención.

Pero alguien había retrasado mi ingreso cuarenta y siete minutos.

Sentí que me temblaban las manos.

—¿Por qué?

Mi abogada señaló una firma.

CAMILA REED.

Ella había modificado mi clasificación administrativa aquella noche.

Pero debajo aparecía una segunda autorización.

ADRIAN BENNETT.

No podía respirar.

Llamé al médico que me atendió entonces.

Su respuesta fue peor.

—Señora Bennett, su esposo estuvo en el hospital antes de que usted perdiera al bebé.

—Eso es imposible.

—Lo vi personalmente.

Recordé aquella noche.

Adrian me había dicho que estaba en una reunión.

Que no recibió mis llamadas.

Que llegó demasiado tarde.

Todo había sido mentira.

Esa tarde lo cité en el despacho de mi abogada.

Entró furioso.

—¿Por qué fuiste a San Francisco?

No pregunté cómo lo sabía.

Deslicé el historial médico hacia él.

—¿Por qué estabas en el hospital aquella noche?

Su rostro perdió el color.

—Isabella…

—Respóndeme.

Se sentó lentamente.

—Camila me llamó.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Camila?

Adrian cerró los ojos.

—Ella me dijo que tu embarazo podía matarte.

—¿Y le creíste?

—Me enseñó un informe.

—¿Qué informe?

No respondió.

Entonces mi abogada colocó sobre la mesa el documento original recuperado del archivo.

No decía que mi vida estuviera en peligro.

Decía exactamente lo contrario.

Adrian lo leyó.

Después miró la firma.

—Este no es el documento que me enseñaron.

Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.

—¿Quién te lo enseñó?

Sus labios apenas se movieron.

—Mi madre.

Me quedé inmóvil.

Adrian sacó inmediatamente el teléfono.

Pero antes de que pudiera llamar, recibió un mensaje.

Lo leyó.

Y palideció todavía más.

—¿Qué pasa?

Me mostró la pantalla.

Era una fotografía de Camila entrando en una clínica privada.

Debajo había un mensaje de su madre:

“NO DEJES QUE ISABELLA DESCUBRA LA VERDAD SOBRE ESE EMBARAZO.”

Miré a Adrian.

—¿Qué verdad?

Él permaneció en silencio.

Mi abogada abrió entonces el último archivo que acababa de recibir del laboratorio.

—Creo que esto responde parte de la pregunta.

Era una prueba genética prenatal realizada a petición de Camila.

Adrian leyó el resultado.

Su mano cayó lentamente.

El bebé que Camila llevaba no era suyo.

Pero el laboratorio había encontrado una coincidencia familiar directa.

El padre pertenecía a la familia Bennett.

Y solo había otro hombre que encajaba.

El hermano menor de Adrian.

El mismo hombre que, oficialmente, había muerto tres años antes.

La misma noche en que yo perdí a mi bebé.

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