La niña más pequeña no soltó mi pantalón.
Las otras salieron de debajo de la mesa una tras otra, como si temieran que el valor se les acabara antes de llegar a mí. La última me tomó la mano. Tenía los dedos helados.
—Entonces ven con nosotras —susurró.
Me levanté. Al otro lado del café, la mujer de traje gris acababa de verlas. Su expresión se quebró durante un instante: alivio, miedo y algo parecido a la culpa. El hombre a su lado también las vio.
El señor Mercer dejó de sonreír.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, acercándose.
Las cuatro niñas se apretujaron contra mí. Una escondió la cara en mi abrigo. Otra siguió mirando a Mercer con una furia que no correspondía a alguien tan pequeña.
—Mi familia —respondí.
Mercer me estudió. Reconoció mi rostro y perdió el color.
—Alexander Hayes.
La mujer llegó hasta nosotras.
—Chicas, vámonos.
—No —dijo la menor, aferrándose a mi mano—. Dijiste que podía pedirle ayuda a alguien.
La madre cerró los ojos un segundo.
—No sabía que vendrían contigo.
—¿Quién es él? —pregunté, sin apartar la vista de Mercer.
—Alguien que cree que puede decidir cómo debe ser nuestra familia —respondió ella.
—Solo intento ayudar —dijo Mercer, recuperando su sonrisa—. Una madre sola necesita estabilidad. Las niñas necesitan una figura paterna.
—No necesitan que un extraño les diga cómo llamarlo —contesté.
—No sabes nada de ellas, Hayes.
—Sé que tienen miedo de ti.
El silencio que siguió fue pequeño, pero suficiente. Los dos hombres que acompañaban a Mercer se miraron. Uno de ellos dio un paso atrás.
La madre me tomó del brazo.
—Por favor. No conviertas esto en algo peor.
Por primera vez, vi que su miedo no era solo por las niñas. Me miraba como si conociera mi nombre mucho antes de que Mercer lo pronunciara.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Claire.
—¿Y el padre de las niñas?
Su rostro perdió todo color.
Mercer aprovechó el instante.
—Eso es precisamente lo que ella no quiere contar.
Las niñas se encogieron. La más pequeña me apretó la mano con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
—Basta —dijo Claire.
—¿Por qué? —insistió Mercer—. ¿Vas a contarles quién era su padre? ¿O prefieres que lo haga yo?
Di un paso hacia él.
—Termina esa frase y tendrás que explicarme cada palabra.
Mercer levantó las manos, fingiendo calma. Pero su mirada se clavó en Claire.
—Diles quién era Daniel Hayes.
El nombre me golpeó como un disparo.
Mi hermano llevaba muerto ocho años. O eso me habían hecho creer.
Las niñas me miraron, esperando una respuesta. Claire tragó saliva y les acarició el cabello.
—Su padre era tu hermano —dijo—. Antes de morir, me hizo prometer que nunca las acercaría a tu mundo.
La menor me soltó la mano.
—¿Tú eres nuestro tío?
No alcancé a responder. Mi teléfono vibró dentro del abrigo. Un mensaje de mi jefe de seguridad apareció en la pantalla:
Mercer no vino a buscar a Claire. Alguien acaba de entrar en tu casa.
Levanté la vista.
Mercer sonreía otra vez.
—Ahora sí, Hayes —dijo—. Ya sabes lo que está en juego.
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