PARTE 2: LO QUE ALGUIEN PONÍA EN EL AIRE

—Apaga la ventilación —dije.

Nathan no preguntó por qué.

Sacó el teléfono.

—Bennett, corta inmediatamente el sistema del ala este.

Treinta segundos después, el suave zumbido desapareció.

Me acerqué a la rejilla.

El olor seguía allí.

—Necesito un destornillador.

Nathan abrió un armario del pasillo y me entregó uno.

Quité la cubierta.

Detrás había un pequeño recipiente conectado al conducto.

Nathan se quedó inmóvil.

—Eso no pertenece al sistema.

—¿Está seguro?

—Construí esta casa.

No toqué el recipiente.

—Entonces llama a alguien que pueda analizarlo.

Su expresión se volvió aterradora.

En menos de una hora, dos especialistas de seguridad llegaron a la mansión.

Encontraron dispositivos similares conectados exclusivamente a las habitaciones de Jacob y Jonah.

A ninguna otra.

Nathan ordenó revisar toda la casa.

Mientras tanto, llevé a los gemelos al jardín.

Eran niños preciosos.

Demasiado delgados.

Jacob caminaba despacio.

Jonah tuvo que sentarse después de apenas diez minutos.

—¿Siempre os sentís peor por las mañanas? —pregunté.

Jacob asintió.

—Cuando dormimos aquí.

Me detuve.

—¿Aquí?

Jonah miró a su hermano.

—Cuando dormimos con la abuela estamos mejor.

Sentí un escalofrío.

Aquella noche Nathan trasladó a los niños a otra propiedad.

Las primeras pruebas del recipiente llegaron al amanecer.

No dieron una respuesta definitiva, pero confirmaron residuos de varias sustancias que jamás deberían haber estado circulando por un dormitorio infantil.

Nathan leyó el informe en silencio.

Después levantó la mirada.

—Alguien ha estado enfermando a mis hijos.

—Todavía no sabemos eso.

—Yo sí.

Su voz era casi un susurro.

—Ese conducto fue modificado desde dentro de la casa.

Entonces apareció la señora Bennett.

—Señor Coleman, encontramos esto en el sótano.

Dejó una caja metálica sobre la mesa.

Dentro había filtros usados, frascos sin etiqueta y recibos de mantenimiento.

Todos correspondían aproximadamente a los últimos dos años.

Pero uno llevaba una firma.

M. REEVES.

El médico.

Nathan tomó su arma.

Me interpuse.

—Si lo matas ahora, nunca sabrás por qué.

Sus ojos ardían.

Finalmente guardó la pistola.

Llamamos a Reeves con una excusa.

Llegó cuarenta minutos después.

Cuando vio la caja, perdió el color.

—Nathan, puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Yo no instalé esos dispositivos.

Nathan agarró al médico por la chaqueta.

—Tu firma está aquí.

—Porque alguien utilizó mis credenciales.

—¿Quién?

Reeves miró hacia los gemelos.

Después hacia mí.

—Pregúntale a Rebecca.

Nathan lo soltó.

El silencio se volvió absoluto.

—Mi esposa lleva muerta tres años.

Reeves negó lentamente.

—Eso es lo que te dijeron.

Nathan pareció dejar de respirar.

El médico sacó su teléfono.

Había una fotografía tomada seis meses atrás.

Una mujer entraba en una clínica privada de Montreal.

Llevaba gafas oscuras.

El cabello era diferente.

Pero Nathan la reconoció inmediatamente.

—Rebecca…

Entonces vi la fecha.

La fotografía había sido tomada exactamente dos días antes de que Reeves comenzara a tratar a los gemelos.

—¿Por qué fingiría su muerte? —pregunté.

Reeves me miró.

—Porque descubrió que Jacob y Jonah no estaban enfermos por accidente.

Nathan dio un paso hacia él.

—¿Qué significa eso?

Reeves tragó saliva.

—Significa que todo empezó antes de que Rebecca desapareciera.

Sacó otro documento.

Era el informe toxicológico original de los gemelos.

Fechado tres años atrás.

Nathan lo leyó.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Nunca vi esto.

—Lo sé —respondió Reeves.

Entonces señaló la firma que autorizaba mantener aquel informe fuera del expediente médico.

No era la suya.

Nathan miró el nombre.

Y por primera vez desde que había entrado en aquella mansión, vi auténtico terror en sus ojos.

La autorización llevaba la firma de su propio padre.

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