PARTE 2: LA MUJER QUE NUNCA FUE YO

Lucas permaneció inmóvil en la sala mucho después de que cerré la puerta.

Por primera vez en años, la casa estaba completamente en silencio.

No había fruta cortada sobre la mesa.

No había ropa limpia doblada en el sofá.

No había una voz preguntándole si quería cenar.

Solo estaba él…

Y la carpeta de divorcio.

La abrió otra vez.

Leyó cada página.

Cuando llegó al apartado de la división de bienes, frunció el ceño.

—No reclama nada…

Lo leyó dos veces.

La casa era suya.

El automóvil era suyo.

Las inversiones seguirían siendo suyas.

Claire únicamente pedía el divorcio.

Nada más.

Aquello lo desconcertó mucho más que una pelea.

A la mañana siguiente despertó temprano.

Instintivamente llamó:

—Claire… ¿dónde está mi camisa azul?

El silencio respondió.

Recordó.

Ella ya no estaba en su dormitorio.

Fue al armario.

Las camisas seguían allí.

Pero nadie las había planchado.

Abrió la cocina.

No había café preparado.

Ni desayuno.

Por primera vez en cinco años tuvo que buscar él mismo una taza.

Llegó tarde a la oficina.

Su secretaria levantó la vista.

—¿Se encuentra bien, arquitecto Reed?

—Sí.

Mintió.

Toda la mañana cometió errores en unos planos que normalmente habría terminado en minutos.

A las once sonó su teléfono.

Sienna Moore.

Miró el nombre varios segundos antes de contestar.

—¿Lucas?

—Sí.

—¿Nos vemos esta noche?

Él guardó silencio.

—¿Sigues ahí?

—Tengo problemas en casa.

Ella rió suavemente.

—¿Claire volvió a ponerse sensible?

Lucas cerró los ojos.

—Quiere divorciarse.

Del otro lado hubo unos segundos de silencio.

Después Sienna habló con una tranquilidad inesperada.

—¿Y?

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con “y”?

—Lucas… llevas años diciéndome que tu matrimonio ya no funciona.

Él no respondió.

—Si realmente eres infeliz… tal vez sea lo mejor.

Aquellas palabras, que antes habría querido escuchar, le produjeron una extraña incomodidad.

—No es tan simple.

—¿Por qué no?

Lucas miró por la ventana.

No encontraba la respuesta.

Esa noche volvió temprano.

La casa estaba medio vacía.

Las cajas habían desaparecido.

Abrió el dormitorio.

El armario de Claire estaba casi vacío.

Solo quedaban unas cuantas perchas balanceándose lentamente.

Entró al baño.

Su cepillo de dientes ya no estaba.

Su perfume tampoco.

Abrió el cajón de la mesita.

Los dos anillos de boda descansaban allí.

Uno junto al otro.

Lucas tomó el suyo entre los dedos.

Recordó el día en que Claire insistió en comprarlos juntos, aunque él decía que cualquier modelo servía.

—Quiero que los elijamos los dos.

Ella había sonreído aquel día.

Ahora esa sonrisa parecía pertenecer a otra vida.

Su teléfono vibró.

Era Daniel Chen.

Lucas contestó.

—¿Sí?

—Solo quería avisarte que Claire ya aceptó oficialmente el traslado a Nueva York.

Lucas sintió que el pecho se le tensaba.

—¿Qué traslado?

Daniel guardó silencio unos segundos.

—Pensé que ya lo sabías.

—¿Cuándo lo decidió?

—Hace dos días.

Lucas apretó el teléfono.

Dos días.

Mientras él respondía llamadas escondido en el estudio…

Ella ya estaba organizando una vida completamente nueva.

—El vuelo sale el viernes —añadió Daniel.

—Gracias.

Colgó lentamente.

Esa noche casi no durmió.

A las seis de la mañana abrió por primera vez uno de los cajones de Claire.

Encontró un pequeño cuaderno azul.

No era un diario.

Era una lista.

“Lucas toma café sin azúcar.”

“Los miércoles olvida sus vitaminas.”

“Le duele la espalda cuando trabaja demasiadas horas.”

“Comprar sus galletas favoritas.”

“Reservar restaurante para nuestro aniversario.”

Cada página estaba llena de pequeños detalles sobre él.

No había una sola página dedicada a ella misma.

Lucas cerró el cuaderno.

Sintió un nudo en la garganta.

¿Cuándo había sido la última vez que él recordó cuál era la comida favorita de Claire?

No pudo responder.

Aquella tarde decidió buscarla.

Llegó a la oficina de Daniel.

—¿Dónde está Claire?

Daniel levantó lentamente la vista.

—Ya no trabaja aquí.

—¿Cómo que ya no?

—Hoy fue su último día.

Lucas sintió un vacío en el estómago.

—Necesito hablar con ella.

Daniel permaneció en silencio.

Después dijo algo que Lucas nunca olvidaría.

—Durante cinco años Claire nunca faltó a una sola reunión importante por ti.

Hoy tú llegaste tarde por primera vez…

Y ella ya no estaba para esperarte.

Lucas salió corriendo hacia el edificio donde vivían.

Subió las escaleras de dos en dos.

Abrió la puerta.

El departamento estaba completamente vacío.

Solo quedaban las marcas claras que habían dejado los muebles sobre el piso de madera.

Y, sobre la mesa del comedor…

Una única hoja de papel.

Era una copia del acuerdo de divorcio.

Esta vez ya llevaba una firma.

La de Claire.

Debajo había una nota escrita con su letra.

“No te preocupes.”

“Esta vez no tendrás que buscarme en sueños.”

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