No saqué el arma.
Mis hijas ya habían visto suficiente miedo para toda una vida.
Me arrodillé lentamente.
—Sophie, mírame.
Ella se aferró a Grace.
—¿Quién está dentro de la casa?
Sus labios temblaron.
—El hombre del reloj.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué reloj?
Olivia respondió esta vez.
—El dorado.
Tres palabras.
Tres palabras que destruyeron catorce meses de certezas.
Grace cerró la cocina y me explicó cómo había conseguido que hablaran.
Nunca las había presionado.
Jugaban.
Cantaban.
Dibujaban.
Y durante semanas las tres habían repetido el mismo dibujo.
La escuela.
Su madre.
Un automóvil negro.
Y una figura con un círculo amarillo alrededor de la muñeca.
Grace sacó varios papeles de un cajón.
—Pensé que era solamente su forma de recordar aquella tarde.
Entonces mostró el último.
La figura ya no estaba frente a la escuela.
Estaba dentro de mi mansión.
Reconocí inmediatamente la habitación dibujada.
Mi despacho.
—¿Cuándo hicieron esto?
—Ayer.
Miré hacia las cámaras del techo.
De pronto comprendí algo.
Si alguien llevaba meses entrando en mi casa, mis sistemas de seguridad deberían haberlo registrado.
A menos que esa persona tuviera acceso autorizado.
Llamé a mi jefe de seguridad, Vincent Moretti.
No respondió.
Eso jamás ocurría.
Abrí la aplicación de seguridad.
Su cuenta había accedido a la mansión seis veces durante mis viajes.
Siempre después de medianoche.
Pero Vincent no llevaba reloj dorado.
Nunca.
Grace susurró:
—Señor Romano…
Señaló el pasillo.
Una puerta acababa de cerrarse.
Subí a mis hijas con Grace al segundo piso y llamé a las autoridades.
No iba a convertir mi casa en un campo de batalla.
Después revisé mi despacho.
Nada parecía alterado.
Hasta que vi el retrato de Isabelle.
Estaba ligeramente torcido.
Detrás había una pequeña caja fuerte que solo conocíamos cuatro personas.
Isabelle.
Yo.
Vincent.
Y mi hermano menor, Matteo.
La caja estaba abierta.
Vacía.
Dentro había guardado durante catorce meses el expediente privado de la investigación de Isabelle.
Fotografías.
Registros financieros.
Nombres.
Todo había desaparecido.
Entonces Nora apareció en la puerta pese a que le había pedido quedarse arriba.
Miró mi escritorio.
Señaló una fotografía familiar.
—Papá.
Su voz casi me rompió.
—¿Qué ocurre, pequeña?
Nora señaló al hombre que estaba junto a mí en la foto.
Matteo.
Mi hermano.
—Reloj.
Miré su muñeca.
Un reloj antiguo de oro.
El mismo que había pertenecido a nuestro padre.
Grace se llevó una mano a la boca.
Pero Olivia negó rápidamente.
—No fue tío Matteo.
Me giré.
—Entonces ¿quién?
Olivia señaló el reloj.
—El otro hombre tenía el mismo.
Aquello era imposible.
Nuestro padre había encargado únicamente dos relojes iguales.
Uno para Matteo.
El otro para mí.
El mío había desaparecido la tarde en que Isabelle murió.
Yo siempre creí haberlo perdido durante el caos.
Entonces sonó mi teléfono.
Vincent.
Contesté.
Su voz llegó entrecortada.
—Domingo, no confíes en nadie de la casa. Encontré las imágenes originales de la escuela.
—¿Qué viste?
Silencio.
—El hombre del reloj no estaba siguiendo a Isabelle.
Sentí que todo se detenía.
—¿Entonces?
—Estaba esperando a tus hijas.
Miré a las tres niñas.
Vincent continuó:
—Y hay algo más. Isabelle lo conocía. Diez minutos antes de morir, entró voluntariamente en su coche.
Me llegó una fotografía.
Isabelle estaba junto al vehículo negro.
Frente a ella había un hombre de espaldas.
En su muñeca brillaba mi reloj desaparecido.
Pero lo que realmente me dejó inmóvil fue el automóvil.

Lo reconocí.
Había pertenecido a mi padre.
El problema era que mi padre llevaba oficialmente muerto nueve años.