PARTE 2: EL ANILLO QUE NATHANIEL NUNCA HABÍA ENTREGADO

Mis ojos se quedaron clavados en aquel diamante.

Lo reconocí.

No porque fuera mi antiguo anillo.

Era peor.

Había pertenecido a Eleanor Blackwood, la abuela de Nathaniel.

La mujer del vestido rojo sonrió.

—Soy Victoria Langford.

Yo asentí.

—Señorita Langford.

—Pronto será señora Blackwood.

Nathaniel cerró la carpeta que tenía delante.

—Victoria.

Una sola palabra.

Ella dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Quítate el anillo.

El silencio cayó sobre el despacho.

Victoria palideció.

—Tu madre dijo que podía usarlo.

—Mi madre no decide con quién me caso.

Sentí que podía respirar otra vez.

Y odié sentir alivio.

Yo no tenía derecho.

Había desaparecido de su vida.

Victoria se levantó furiosa.

—¿Todavía estás esperando a Emily?

Nathaniel quedó inmóvil.

Yo también.

—Está muerta para mí —respondió finalmente.

Aquellas palabras dolieron más de lo esperado.

Victoria salió.

Cuando pasé junto a Nathaniel para recoger su taza, él sujetó mi muñeca.

—¿Por qué estás llorando?

Me aparté.

—Las cicatrices a veces me molestan.

Era una mentira terrible.

Nathaniel lo supo.

Pero me dejó marchar.

Esa noche encontré al mayordomo revisando unas cajas antiguas.

—¿Qué busca?

—Documentos médicos del señor Blackwood.

Me mostró una carta.

Nathaniel tenía programada una nueva evaluación neurológica.

Los médicos creían que existía una posibilidad real de mejorar parte de su movilidad.

—¿Él lo sabe?

—Sí. Se niega.

Al día siguiente, mientras ordenaba su escritorio, vi algo que no debía estar allí.

Mi fotografía.

La fotografía de nuestra antigua invitación de boda.

Mi rostro anterior al incendio.

Nathaniel la había guardado durante tres años.

Entonces escuché su voz detrás de mí.

—¿La conocías?

Me giré.

—¿A quién?

—A Emily.

Mi garganta se cerró.

—No.

Nathaniel me observó durante demasiado tiempo.

—Mientes exactamente igual que ella.

Dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Ayer investigué a Nora Hayes.

Sentí que las piernas me fallaban.

—No existe ningún registro suyo anterior a hace tres años.

No respondí.

—No hay universidad. No hay empleos anteriores. No hay domicilio verificable.

Se acercó con la silla.

—Es como si Nora Hayes hubiera aparecido de la nada exactamente cuando Emily Carter desapareció.

Mi mano tembló.

Nathaniel lo vio.

Pero antes de que pudiera decir algo, la puerta se abrió.

Entró su madre.

Y al verme, dejó caer el bolso.

—Emily.

El mundo se detuvo.

Nathaniel giró lentamente hacia ella.

—¿Qué acabas de decir?

Su madre se cubrió la boca.

Yo ya no podía seguir mintiendo.

Pero entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Eleanor sacó de su bolso un sobre amarillento.

—Nathaniel, antes de que la juzgues, tienes que saber por qué desapareció realmente.

La miré confundida.

—Yo desaparecí por el incendio.

Eleanor negó lentamente.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Nathaniel frunció el ceño.

Su madre colocó sobre la mesa el informe original de los bomberos.

El incendio no había comenzado por una falla eléctrica, como me dijeron.

Había empezado en dos puntos distintos de la casa.

Y alguien había desactivado la alarma minutos antes.

Debajo del informe había una fotografía tomada aquella noche.

En ella aparecía Victoria Langford entrando en la propiedad.

Pero no estaba sola.

A su lado caminaba un hombre que reconocí inmediatamente.

Mi propio hermano.

Entonces Eleanor pronunció la frase que convirtió mis últimos tres años en una mentira:

—Emily, aquel incendio nunca tuvo como objetivo destruir la casa.

Me miró directamente.

—Querían impedir que llegaras al altar con Nathaniel.

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