PARTE 2: LA MUJER QUE ÉL NUNCA DEJÓ DE BUSCAR

El automóvil avanzó bajo la lluvia.

Durante varios minutos ninguno de los dos habló.

Elena observaba las luces de Manhattan desdibujarse sobre el cristal mojado.

Todavía no comprendía qué acababa de hacer.

Aceptó casarse con un hombre al que apenas había dirigido unas cuantas palabras.

Finalmente rompió el silencio.

—¿Por qué yo?

Damien no respondió de inmediato.

Miraba la avenida con la misma serenidad con la que dirigía juntas donde se decidían miles de millones de dólares.

—Porque confío en usted.

Elena soltó una risa incrédula.

—Ni siquiera me conoce.

Él giró lentamente hacia ella.

—La conozco mucho más de lo que imagina.


Media hora después llegaron al ático privado de la Torre Lancaster.

No era una mansión ostentosa.

Todo estaba decorado con líneas sencillas, madera oscura y grandes ventanales frente al río Hudson.

Una mujer mayor los recibió.

—Bienvenido, señor.

Luego sonrió cálidamente a Elena.

—Debe de ser la señorita Rivera.

Elena volvió a detenerse.

—¿También sabe quién soy?

La mujer asintió.

—Hace años que escucho hablar de usted.

Miró a Damien con afecto.

—Nunca pensé que finalmente tendría el valor de traerla.

Damien carraspeó con discreción.

Era la primera vez que Elena veía al llamado “dios de hielo” parecer ligeramente incómodo.


Después de cenar, Damien le entregó una carpeta.

—Antes de tomar cualquier decisión definitiva, quiero que lea esto.

Dentro había documentos.

Fotografías.

Recortes de periódicos.

Y una imagen que dejó a Elena inmóvil.

Una gasolinera.

Una camioneta vieja.

Un hombre cubierto de barro apoyado contra una pared.

Ella recordaba perfectamente aquel día.

Cuatro años atrás.

Una tormenta había dejado varias carreteras bloqueadas en Georgia.

Encontró a un desconocido con una profunda herida en el brazo después de que su automóvil quedara atrapado entre árboles caídos.

Lo llevó hasta un pequeño consultorio rural.

Pagó la atención médica porque él había perdido la cartera durante el accidente.

Y antes de marcharse le dejó una nota escrita sobre una servilleta:

“Cuando puedas ayudar a alguien más, hazlo. Así me habrás devuelto el favor.”

Nunca volvió a verlo.

Levantó lentamente la fotografía.

—¿Eras tú?

Damien asintió.

—Sí.


Él continuó hablando con la misma calma.

—Después intenté encontrarte.

Volví varias veces a aquella gasolinera.

Pregunté en el consultorio.

Nadie conocía tu apellido.

Solo sabían que una joven de una granja cercana ayudaba a todo el mundo.

Abrió otra página de la carpeta.

Había copias de donaciones realizadas años atrás a hospitales rurales, escuelas agrícolas y programas comunitarios de Georgia.

—Cada vez que encontraba un lugar relacionado contigo, hacía una aportación.

No porque esperara impresionarte.

Sino porque pensé que era lo que tú habrías querido.

Elena permanecía en silencio.

Durante toda su vida había creído que nadie la veía realmente.

Y, sin embargo, aquel hombre había recorrido medio país intentando encontrar a una desconocida que jamás le pidió nada a cambio.


—¿Cuándo descubriste quién era yo?

Preguntó finalmente.

—Hace unos meses.

Cuando los Whitmore hicieron pública la prueba de ADN.

Vi tu fotografía en las noticias.

Por fin tenía un nombre completo.

Bajó la mirada unos segundos.

—Pero cuando llegué, ya vivías con ellos.

No quise intervenir.

Pensé que habías encontrado la familia que siempre merecías.

Elena sonrió con tristeza.

—Resultó no ser así.

Damien negó lentamente.

—Lo sé.


A la mañana siguiente, toda Nueva York hablaba de una sola noticia.

Los principales medios publicaban la misma fotografía.

Damien Lancaster descendiendo de su automóvil bajo la lluvia mientras sostenía personalmente la maleta de una joven desconocida.

Los titulares se multiplicaban.

“¿Quién es la mujer que acompañaba al presidente de Lancaster Group?”

“La misteriosa acompañante del empresario más poderoso de Manhattan.”

En la mansión Whitmore, Sophia dejó caer la taza de café al leer la noticia.

Su padre tomó el periódico con manos temblorosas.

Su madre apenas podía creer lo que veía.

No comprendían cómo la hija a la que habían considerado una vergüenza acababa de convertirse en la persona que toda la alta sociedad intentaba identificar.

Y ninguno de ellos sabía la verdad.

No era Elena quien había perseguido al hombre más poderoso de la ciudad.

Era Damien Lancaster quien llevaba cuatro años buscando a la joven que, en una noche de tormenta, le había salvado la vida sin pedir absolutamente nada a cambio.

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