Olivia inclinó la cabeza.
—¿Tú eres nuestro papá?
Marcus cerró los ojos.
Su prometida soltó lentamente su brazo.
—Marcus —susurró—. Contesta.
Él me miró.
—Me dijiste que estabas embarazada de uno.
Sentí una risa amarga subir por mi garganta.
—Cuando me abandonaste estaba de nueve semanas. Los médicos descubrieron después que eran cuatro.
Patricia se acercó.
—Esto puede ser una coincidencia. Necesitamos pruebas.
Saqué cuatro sobres.
—Ya las tengo.
Había realizado pruebas privadas antes de viajar.
Probabilidad de paternidad: 99,99 %.
Cuatro veces.
Marcus tuvo que sentarse.
Pero entonces Ethan preguntó:
—Mamá, ¿podemos darle su regalo?
Mi cuerpo se tensó.
Los niños habían preparado una caja con fotografías de sus primeros ocho años.
No quería negárselo.
Noah se la entregó.
Marcus abrió lentamente el álbum.
Primeros pasos.
Cumpleaños.
Navidades.
Graduaciones escolares.
Ocho años que jamás recuperaría.
Cuando llegó a la última página, algo cayó al suelo.
Una carta.
Fruncí el ceño.
—Eso no estaba ahí.
Sofía levantó la mano.
—La abuela Dana me dijo que la pusiera.
Dana.
Mi asistente.
Marcus recogió la carta.
La fecha era de ocho años atrás.
Estaba dirigida a él.
Reconocí inmediatamente mi propia letra.
Era una de las cartas que envié después de que cambiara de número.
—¿De dónde salió esto? —pregunté.
Patricia perdió el color.
Marcus abrió el sobre.
Dentro estaba mi primera ecografía.
Y una nota:
Marcus, no te estoy pidiendo que vuelvas conmigo. Solo te estoy pidiendo que no abandones a tu hijo por una mentira.
Marcus levantó lentamente la mirada hacia su madre.
—Tú me dijiste que ella había admitido que el bebé no era mío.
Patricia retrocedió.
Todo encajó.
Marcus seguía siendo responsable.
Había elegido creer la versión más conveniente y desaparecer sin escucharme.
Pero alguien había alimentado aquella decisión.
—¿Interceptaste mis cartas? —pregunté.
Patricia comenzó a llorar.
—Intentaba protegerlo.
—¿De tus propios nietos?
—No entiendes.
Corrió hacia un escritorio y sacó una carpeta antigua.
—Tu embarazo activaba una cláusula del fideicomiso Reynolds.
Marcus se puso de pie.
—¿Qué cláusula?
Su madre abrió el documento.
El primer descendiente biológico de Marcus recibiría una participación protegida del patrimonio familiar al cumplir ocho años.
Miré a mis hijos.
Habían cumplido ocho hacía nueve días.
—¿Cuánto? —pregunté.
Patricia no respondió.
La prometida de Marcus leyó por encima de su hombro.
—Treinta y dos por ciento.
El silencio volvió.
Entonces vi algo todavía más extraño.
La cláusula había sido modificada siete años atrás para declarar que Marcus no tenía descendientes conocidos.
La firma de Patricia aparecía como testigo.
Pero no era su firma la que me preocupaba.
Era la del abogado que había preparado la modificación.
Daniel Mercer.
Mi difunto padre.
Me quedé helada.
—Mi padre murió cuando los niños tenían seis meses.
Patricia cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces ¿por qué estaba ayudándote a borrar a sus propios nietos?
—No estaba ayudándome.
Patricia me miró con verdadero miedo.
—Tu padre fue quien descubrió que yo había interceptado tus cartas.
Una pausa.
—Y antes de morir dejó instrucciones para que los cuatro niños fueran encontrados cuando cumplieran ocho años.
Miré nuevamente aquella carta.
Entonces comprendí quién había enviado realmente la invitación de Navidad.
No había sido Marcus.
En la parte inferior del mensaje aparecía una dirección de recuperación que nunca había revisado.
DMercerTrust.
Patricia susurró:
—Tu padre planeó esta reunión hace ocho años.
Y Marcus palideció.
—Entonces alguien ha estado usando su cuenta desde que murió.
Patricia negó lentamente.
—No.
Señaló el documento.
—Daniel dejó los mensajes programados dentro del fideicomiso.
Luego me miró.
—Porque sabía que cuando los niños cumplieran ocho años, descubrirías por qué Marcus realmente solicitó el divorcio.
