PARTE 2: EL HOMBRE QUE DANIEL RECORDABA

Daniel miró el teléfono durante varios segundos.

—¿Samuel Reed?

Su voz había cambiado.

—Sí.

—¿Ese Samuel?

Lo miré con calma.

—No sabía que supieras quién era.

Daniel se sentó lentamente en el borde de la cama.

—Tu madre me habló de él antes de nuestra boda.

Aquello me sorprendió.

—¿Mi madre?

—Dijo que habías tenido una relación seria. Que terminó mal.

Solté una risa breve.

—No terminó mal. Samuel recibió una oferta en Londres. Yo no quería dejar mi carrera. Nos separamos como adultos.

Daniel apretó la mandíbula.

—¿Todavía lo amas?

—Qué pregunta tan interesante viniendo del hombre que acaba de pasar la noche en casa de su primer amor.

—No pasó nada con Victoria.

—Tampoco pasó nada con Samuel.

Daniel guardó silencio.

Por primera vez parecía comprender lo que había hecho.

Pero comprenderlo tarde no lo deshacía.

—Quiero el divorcio —repetí.

A la mañana siguiente contacté con una abogada.

Daniel, en cambio, empezó a comportarse como si nuestra separación fuera una discusión temporal.

Flores.

Mensajes.

Invitaciones a cenar.

No respondí.

Tres semanas después, Samuel me pidió que tomáramos un café.

Acepté.

No para comenzar otra relación.

Necesitaba tiempo para mí.

Pero durante aquella conversación mencionó algo extraño.

—¿Sabías que Daniel estuvo en Londres hace cuatro años?

Fruncí el ceño.

—Nunca.

Samuel sacó su teléfono.

—Entonces esto te va a interesar.

Era una fotografía de una conferencia financiera.

Samuel aparecía hablando con varios ejecutivos.

Al fondo estaba Daniel.

La fecha era seis meses antes de que nuestras familias organizaran nuestra primera cita.

Sentí un escalofrío.

—Daniel siempre dijo que no sabía quién eras.

—Sí sabía.

Esa noche lo confronté.

Daniel no intentó negarlo.

—Te conocía antes de nuestra cita.

—¿Por qué mentiste?

Tardó demasiado en responder.

—Porque mi padre quería que me casara contigo.

—¿Por qué?

Entonces me entregó una carpeta.

Mi difunto abuelo había invertido décadas atrás en la empresa de la familia de Daniel.

Su participación quedó dentro de un fideicomiso.

Yo era la beneficiaria.

Y había una condición.

Si me casaba, determinadas acciones debían revisarse antes de cualquier transferencia definitiva.

—¿Te casaste conmigo por esas acciones?

Daniel cerró los ojos.

—Al principio acepté conocerte por eso.

La respuesta dolió menos de lo que esperaba.

Quizá porque nuestro matrimonio ya estaba terminado.

—¿Y Samuel?

—Tu familia sabía que seguías enamorada de él.

Lo miré fijamente.

—¿Qué hicieron?

Daniel dejó otro documento sobre la mesa.

Era una oferta laboral de hacía seis años.

La misma que había llevado a Samuel a Londres.

Pero la empresa que había financiado aquel puesto mediante una consultora no era británica.

El dinero había salido de una sociedad controlada por la familia de Daniel.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Tu familia separó a Samuel de mí?

—Eso parece.

—¿Y tú lo sabías?

—No hasta hace poco.

Entonces comprendí algo.

Victoria no había regresado casualmente.

—¿Por qué volvió ella?

Daniel palideció.

—Porque también trabaja para esa consultora.

Mi teléfono vibró.

Samuel.

Solo había enviado una fotografía de un documento que acababa de encontrar.

Arriba aparecía mi nombre.

Debajo, el de Daniel.

Y una fecha de siete años atrás.

Un año antes de que supuestamente nos conociéramos.

Al final había una anotación escrita a mano:

Si Claire vuelve con Samuel, el acuerdo matrimonial con Daniel fracasa.

Y la firma debajo no pertenecía al padre de Daniel.

Era de mi propia madre.

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