A las once y doce, Preston estaba sentado junto a Brielle en la clínica.
Sus padres también habían ido.
Nadie quiso perderse el momento en que el apellido Hale finalmente tendría, según ellos, “un heredero”.
Mientras tanto, yo estaba en casa ayudando a mis hijas a cerrar sus maletas.
—¿Papá vendrá a despedirse? —preguntó Sophie.
Mi mano se detuvo sobre la cremallera.
—No lo sé, cariño.
No quise mentirle.
En la clínica, el médico observaba la pantalla del ultrasonido.
Después miró los análisis.
Luego volvió a mirar la pantalla.
—Señorita Foster, necesito confirmar algo.
Brielle sonrió.
—¿El bebé está bien?
—El bebé parece estar bien.
Preston respiró aliviado.
Pero el médico no sonrió.
—¿Cuántas semanas cree que tiene?
—Diecisiete.
El médico negó lentamente.
—Las medidas indican aproximadamente veintitrés.
La habitación quedó en silencio.
Preston frunció el ceño.
—Eso es imposible.
Brielle palideció.
—Doctor, seguramente hay un error.
—Podemos repetir las mediciones.
Pero no hubo error.
Veintitrés semanas.
Preston empezó a calcular.
Yo podía imaginar exactamente el momento en que comprendió.
Veintitrés semanas atrás todavía estaba conmigo.
Pero, según sus propios mensajes, él y Brielle no habían comenzado su relación hasta varias semanas después.
—¿Quién es el padre? —preguntó.
Brielle comenzó a llorar.
La madre de Preston se levantó.
—Contesta.
Pero Brielle no pudo.
A las 11:38, mi teléfono sonó.
PRESTON.
Lo dejé sonar.
Volvió a llamar.
Luego otra vez.
Finalmente llegó un mensaje.
“Lena, necesito hablar contigo.”
Guardé el teléfono.
Sophie y Emma estaban esperando junto a la puerta.
No necesitábamos escuchar ninguna explicación.
El automóvil hacia el aeropuerto ya estaba abajo.
Entonces llegó otro mensaje.
“Creo que Brielle me mintió.”
Y después:
“Por favor, no te lleves a las niñas.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Treinta minutos antes, él mismo había dicho:
“Llévate a las niñas.”
Ahora que su supuesto hijo quizá no era suyo, recordaba que tenía dos hijas.
Pero aquello no era lo único que Preston todavía ignoraba.
Cuando llegamos al aeropuerto, mi abogada llamó.
—Lena, tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—Preston presentó una solicitud de emergencia para impedir que las niñas salgan del país.
Cerré los ojos.
—¿Puede hacerlo?
Mi abogada guardó silencio.
—Eso no es lo preocupante.
Escuché papeles moverse.
—Adjuntó un documento afirmando que tú renunciaste voluntariamente a la custodia hace seis meses.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Nunca firmé eso.
—Lo sé.
Su voz se endureció.
—Porque la firma coincide exactamente con otra falsificación que encontramos esta mañana.
—¿Cuál?
Hubo una pausa.
—Una póliza de seguro de vida por cinco millones de dólares.
—¿A nombre de quién?
—Tuyo.
Miré a mis hijas.
Y entonces comprendí que la obsesión de Preston por tener un hijo quizá nunca había sido la verdadera razón por la que necesitaba sacarme de su vida.
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