A la mañana siguiente, Alexander despertó y mi lado de la cama estaba vacío.
No me había ido.
Estaba abajo, desayunando tranquilamente.
Cuando entró al comedor, me observó como si esperara encontrar a la mujer que había llorado durante la noche.
—¿Estás mejor?
—Mucho mejor.
Pareció aliviado.
Ese fue su primer error.
Creyó que mi tranquilidad significaba rendición.
—Hablaré con Ivy —dijo—. Pero necesito tiempo.
Unté mantequilla sobre una tostada.
—Tómate todo el que necesites.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Exactamente lo que escuchaste.
Dejé una carpeta junto a su taza.
La abrió.
Su expresión cambió.
Solicitud de divorcio.
Separación patrimonial.
Renuncia a cualquier derecho relacionado con Shaw Global.
—Natalie.
—Anoche me pediste que fingiera no saber.
Lo miré directamente.
—He decidido algo mejor. Ya no necesito fingir.
Alexander cerró la carpeta de golpe.
—No aceptaré el divorcio.
Casi sonreí.
Durante años había pensado que mi esposo controlaba mi vida porque tenía más dinero, más conexiones y un apellido capaz de abrir cualquier puerta.
Lo que Alexander había olvidado era quién había financiado Shaw Global cuando nadie quería tocarla.
Mi padre.
Y había algo más que él desconocía.
Antes de morir, papá había colocado mis acciones dentro de un fideicomiso.
Alexander administraba la compañía.
Pero una parte decisiva seguía siendo mía.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Era Ivy.
“Necesitamos hablar. Alexander te está mintiendo sobre algo mucho peor.”
Se me helaron los dedos.
Alexander vio su nombre.
Intentó quitarme el teléfono.
Lo aparté.
—¿Qué no quieres que lea?
Su rostro perdió el color.
Entonces sonó el timbre.
Alexander se quedó inmóvil.
Abrí la puerta.
Una joven estaba allí con una maleta.
Ivy Monroe.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
Alexander apareció detrás de mí.
—¿Qué haces aquí?
Ivy no lo miró.
Me entregó un sobre.
—Él nunca iba a dejarme.
Respiró temblorosamente.
—Pero tampoco pensaba quedarse contigo.
Abrí el sobre.
Dentro había documentos bancarios, contratos y una póliza de seguro.
Mi nombre aparecía en todos.
Entonces encontré una transferencia programada para la semana siguiente.
Casi todo mi patrimonio sería trasladado a una empresa extranjera.
El beneficiario final no era Ivy.
Era Alexander.
Lo miré.
—¿Llevas tres años preparando esto?
Alexander no respondió.
Ivy comenzó a llorar.
—Natalie, hay otra cosa.
Sacó una fotografía de su bolso.
Alexander estaba entrando en una clínica privada de Zúrich.
A su lado caminaba un hombre que reconocí inmediatamente.
Mi abogado familiar.
Pero aquel hombre había muerto hacía dos años.
O eso me habían dicho.
Ivy me sostuvo la mirada.
—Tu marido no volvió a casa porque quisiera recuperar su matrimonio.
Señaló los documentos.
—Volvió porque necesitaba tu firma antes del lunes.
Y entonces comprendí que la amante de mi esposo quizá nunca había sido mi verdadera enemiga.
read the entire Part 3 below.