PARTE 2: LA MEDALLA DE ELISA

El silencio se volvió insoportable.

Alejandro sostenía la pequeña medalla entre los dedos.

No podía dejar de mirarla.

Era idéntica.

La misma cadena delgada.

La misma inicial “E” grabada a mano.

La misma pequeña grieta junto al borde que Elisa había hecho accidentalmente años atrás al dejarla caer sobre un piso de piedra.

No existían dos iguales.

—¿Dónde… consiguieron esto? —preguntó con la voz ronca.

Lucía miró a su hermana.

Estrella comenzó a llorar en silencio.

—Era de mamá.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Qué mamá?

Lucía respondió con absoluta naturalidad.

—La que nos cuidaba.

Nos dijo que si algún día ya no despertaba… buscáramos la casa del lago.

Y le entregáramos esto al señor Alejandro.

La habitación quedó completamente inmóvil.

Doña Carmen apretó con fuerza el respaldo de una silla.

Rodrigo tragó saliva.

Natalia dejó de hablar por primera vez desde que había llegado.

Alejandro levantó lentamente la vista.

—¿Cómo sabía esa mujer mi nombre?

Lucía negó con la cabeza.

—No sé.

Solo decía que usted era bueno.

Y que iba a creerle.


Minutos después, Alejandro pidió a Don Ignacio, el administrador de la cabaña desde hacía veinte años, que revisara todas las cámaras exteriores.

Mientras esperaban, Lucía pidió permiso para recoger los pedazos del bolillo.

Alejandro se agachó para ayudarla.

Dentro del pan había algo más.

Un pequeño papel enrollado y protegido con plástico.

Lo abrió con cuidado.

Solo contenía una dirección.

Y una fecha.

18 de septiembre de 2023.

Frunció el ceño.

Era exactamente dos días antes de la muerte de Elisa.

Debajo aparecía una sola frase.

“Pregúntale por las gemelas.”

Alejandro sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.


Don Ignacio entró apresuradamente.

—Ingeniero…

Traigo algo.

Conectó el sistema de videovigilancia.

Retrocedió hasta la madrugada anterior.

A las cuatro con doce minutos apareció una camioneta blanca sin placas delanteras.

Se detuvo frente a la cabaña.

Bajó una mujer muy delgada.

Caminaba con dificultad.

Llevaba a las dos niñas de la mano.

Se acercó a la puerta.

Besó a cada una en la frente.

Después colocó cuidadosamente el bolillo entre las manos de Estrella.

Y abrazó a ambas durante varios minutos.

Alejandro sintió un nudo en la garganta.

La mujer se alejó unos pasos.

Volvió a mirar la casa.

Después desapareció caminando hacia el bosque.

No volvió.

Lucía comenzó a llorar.

—Mamá dijo que iba a regresar.

Pero se tardó mucho.


Alejandro pidió ampliar la imagen.

Cuando el rostro de la mujer apareció con mayor definición, sintió que la sangre abandonaba su cuerpo.

No era una desconocida.

Era Verónica.

La enfermera que había cuidado a Elisa durante los últimos meses de su enfermedad.

La misma mujer que había renunciado al hospital apenas una semana después del funeral.

Alejandro levantó lentamente la vista.

—¿Dónde está Verónica?

Don Ignacio negó con la cabeza.

—Nadie volvió a verla.


En ese momento sonó el teléfono de Alejandro.

Era el abogado de la familia.

—Necesito hablar contigo inmediatamente.

—Estoy ocupado.

—No.

Esto no puede esperar.

Encontramos algo mientras revisábamos unos documentos antiguos de Elisa.

Alejandro sintió un mal presentimiento.

—¿Qué encontraron?

—Una carta.

Está dirigida a ti.

Pero nunca llegó a enviarse.

Respiró hondo antes de continuar.

—Hay una parte que no entiendo.

Dice literalmente:

“Si algún día aparecen las gemelas, significa que Carmen hizo exactamente lo que yo temía.”

Alejandro levantó lentamente la mirada hacia su madre.

Doña Carmen ya no podía sostenerle los ojos.

Por primera vez desde que él tenía memoria…

…su madre parecía aterrorizada.

Y antes de que Alejandro pudiera pronunciar una sola palabra, Lucía señaló directamente a Carmen y dijo con la inocencia de una niña de tres años:

—Ella estuvo en nuestra casa.

Fue la señora que le dijo a mamá que, si alguna vez nos acercábamos al señor Alejandro…

las tres desapareceríamos para siempre.

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