Aquella noche no pregunté nada.
Esperé hasta que Diego y Karina salieron de la casa.
Entonces entré al viejo cuarto de herramientas.
—Mamá, dime la verdad.
Rosa empezó a llorar.
Arturo permaneció sentado en silencio.
—Nos quitaron las tarjetas hace casi un año —dijo finalmente—. Dijeron que era para ayudarnos a administrar el dinero.
—¿Y mis treinta mil pesos?
Rosa apretó los dedos.
—Karina recibe el dinero.
Sentí que la sangre me hervía.
Pero mi padre levantó una mano.
—No hagas nada todavía.
—Papá, están viviendo en tu casa.
—Lo sé.
—¿Y por qué no los echaste?
Arturo miró al suelo.
—Porque tienen un documento.
Sacó una fotografía vieja de debajo del colchón.
Era una copia de un contrato.
La propiedad aparecía transferida parcialmente a Diego.
—Yo nunca firmé eso —dijo mi padre.
Miré la firma.
Era idéntica a la suya.
Demasiado idéntica.
Llamé a Andrés.
—Necesito que vengas mañana.
—¿Encontraste algo?
—Sí.
—¿Qué?
—Una firma que mi padre asegura que nunca hizo.
A la mañana siguiente, esperé hasta que todos salieran.
Entonces Arturo me llevó al patio trasero.
—Hay algo más.
Levantó una baldosa vieja junto al cobertizo.
Debajo había una pequeña caja metálica oxidada.
—Tu abuelo la dejó aquí.
La sacamos.
Dentro había escrituras antiguas, recibos y fotografías.
Pero había un documento que me hizo detenerme.
Era el contrato original de la casa.
Lo abrí.
La firma de Arturo estaba al final.
Pero junto a ella había otra firma.
La de un notario.
Reconocí el nombre inmediatamente.
Era el mismo notario que aparecía en el documento utilizado para transferir la propiedad a Diego.
Llamé a Andrés.
—Creo que encontramos el problema.
—Mándame una foto.
Lo hice.
Pasaron treinta segundos.
Entonces respondió:
—Santiago, no muevas esa caja.
—¿Por qué?
—Porque el notario murió hace siete años.
Sentí un escalofrío.
Miré nuevamente el documento.
La fecha de aquella supuesta transferencia era de hacía diez meses.
Mi padre jamás había firmado.
Y el notario que supuestamente había certificado la firma llevaba años muerto.
Pero eso no era lo peor.
Andrés volvió a llamar.
—Hay otra cosa.
—Dime.
—La cuenta donde terminaban tus treinta mil pesos mensuales no pertenece a Diego.
—¿A quién pertenece?
Hubo silencio.
—A una empresa.
—¿Cuál?
Andrés respiró profundamente.
—Santiago, la empresa está registrada a nombre de alguien que conoces.
—¿Quién?
—Tu madre.
Me quedé completamente inmóvil.
Miré a Rosa.
Ella había palidecido.
—Mamá…
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo nunca abrí esa empresa.
Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Karina estaba parada junto a la puerta del patio.
Había escuchado todo.
Su expresión ya no era arrogante.
Era miedo.
—No deberían haber encontrado esa caja —susurró.
Arturo se levantó.
—¿Qué hiciste?
Karina retrocedió.
—Yo no hice nada.
—Entonces dime quién lo hizo.
Ella no respondió.
Sacó el teléfono y marcó un número.
—Ya encontraron los documentos.
Al otro lado alguien dijo algo.
Karina cerró los ojos.
Luego miró directamente a Santiago.
—Tu hermano no fue quien empezó esto.
La llamada terminó.
Santiago apretó la fotografía entre los dedos.
—Entonces, ¿quién?
Karina levantó la mirada.

—La persona que lleva años recibiendo tus treinta mil pesos.
Y en ese momento, Rosa comenzó a llorar.
Porque ella ya sabía quién era.