Lorena miró la pantalla y dejó de respirar.
—No puede ser.
Héctor no respondió.
Tenía los ojos clavados en aquellas palabras.
“Amor, aquí abajo hace mucho FRÍO. ¿Por qué no me dejaste un cargador?”
—Es una broma —susurró Lorena—. Alguien tiene su teléfono.
Héctor negó lentamente con la cabeza.
—Nadie tenía acceso a ese teléfono.
Entonces llegó otro mensaje.
“¿Recuerdas lo que me dijiste la noche del martes?”
Héctor dejó caer el celular sobre la mesa.
Porque él sí lo recordaba.
Tres meses antes, después de que Adriana se desmayara durante una cena, él había entrado en su habitación creyendo que ella dormía.
Había hablado con Lorena por teléfono.
Y había dicho algo que jamás pensó que volvería a escuchar.
“Cuando esto termine, todo será nuestro.”
Lorena comenzó a temblar.
—Tenemos que irnos.
Héctor reaccionó.
—No.
—¿No entiendes? ¡Está viva!
—No sabemos eso.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez apareció una fotografía.
Era una imagen borrosa de una mano conectada a un monitor médico.
Debajo había una frase.
“Todavía puedo recordar cada taza de té.”
Lorena palideció.
Héctor se levantó de golpe.
—Borra el mensaje.
—¿Cómo?
—¡Hazlo!
Ella intentó tocar la pantalla.
Entonces sonó el timbre de la casa.
Ambos se quedaron inmóviles.
Un segundo después, un hombre apareció detrás de la puerta de cristal.
Era Tomás Reyes.
El encargado del panteón.
Héctor lo reconoció de inmediato.
—¿Qué hace usted aquí?
Tomás levantó una pequeña bolsa transparente.
Dentro estaba el teléfono de Adriana.
—Creo que esto le pertenece a su esposa.
Héctor sintió que las piernas le fallaban.
—¿Dónde está ella?
Tomás sonrió.
—Eso debería preguntárselo a la policía.
Detrás de él aparecieron dos agentes y una mujer con una carpeta médica.
Héctor retrocedió.
—Esto es un error.
La mujer abrió la carpeta.
—Señor Salgado, encontramos rastros de una sustancia acumulativa en las muestras de su esposa.
Lorena comenzó a llorar.
—Yo no hice nada.
La agente la miró.
—Todavía no le hemos preguntado nada.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces el teléfono de Héctor vibró nuevamente.
Un último mensaje apareció.
“Espero que hayan disfrutado mi funeral.”
Héctor levantó la mirada.
—¿Dónde está Adriana?
Tomás respondió:
—En un hospital.
La puerta principal se abrió.
Y una voz débil pero firme llegó desde el pasillo.
—Aquí.
Héctor se quedó completamente inmóvil.
Adriana estaba de pie detrás de los agentes.
Pálida.
Débil.
Pero viva.
Y en su mano sostenía una carpeta.
—Querías mi teléfono, Héctor.

Levantó la carpeta.
—Pero olvidaste algo mucho más importante.
Los documentos originales de la herencia.
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