Aquella noche cambié todas las cerraduras de nuestra casa.
También instalé cámaras de seguridad y guardé las fotografías de aquella cena en un lugar seguro.
Valeria permanecía en el hospital bajo observación.
Antes de dormirse, me tomó la mano.
—Daniel, prométeme algo.
—Lo que quieras.
—No permitas que tu madre se acerque a nuestra hija.
Sentí que el corazón se me encogía.
—Te lo prometo.
Pero todavía no sabía hasta dónde había llegado Teresa para destruir nuestro matrimonio.
A la mañana siguiente, mi madre llamó diecisiete veces.
Finalmente contesté.
—Daniel, tienes que venir. Toda la familia está preocupada.
—Valeria está en el hospital.
Hubo un silencio.
—Siempre exagera —respondió Teresa—. Solo intentábamos enseñarle a respetar a los mayores.
Apreté el teléfono.
—Intentaste obligar a mi esposa embarazada a comer espinas de pescado.
—¡No fue así!
—Tengo fotografías.
Su respiración cambió.
—¿Vas a denunciar a tu propia madre?
—Voy a proteger a mi esposa y a mi hija.
Colgué.
Esa tarde recibí un mensaje de mi primo Andrés.
«Daniel, necesitas ver algo. Julián grabó lo que pasó antes de que llegaras».
Nos encontramos en una cafetería.
Andrés colocó su teléfono sobre la mesa.
En la grabación aparecía Valeria sentada frente a mi madre.
Teresa sostenía un documento.
—Firma y terminaremos con esto —ordenaba.
Valeria negó con la cabeza.
—No voy a renunciar a mi casa.
Sentí que la sangre se me helaba.
Mi madre golpeó la mesa.
—Esa propiedad pertenece a nuestra familia.
Valeria respondió:
—La compramos Daniel y yo. Mi nombre también está en la escritura.
Entonces Julián intervino.
—Si no firmas, haremos que Daniel crea que eres una esposa inestable.
La grabación terminó.
Me quedé inmóvil.
Aquello no había comenzado por una discusión durante la cena.
Querían obligar a Valeria a firmar algo.
Llamé inmediatamente a nuestro abogado, Samuel Ortega.
Le mostré la grabación.
Después de revisarla, frunció el ceño.
—Daniel, ¿tu madre tiene algún interés económico en tu propiedad?
—No. Valeria y yo la compramos hace tres años.
Samuel abrió unos documentos.
—Entonces esto es preocupante.
Me mostró una solicitud presentada recientemente ante una notaría.
Era un poder de representación.
Supuestamente firmado por Valeria.
El documento autorizaba a Julián a gestionar determinadas operaciones relacionadas con nuestra vivienda.
—Mi esposa jamás firmó esto —respondí.
Samuel asintió.
—Necesitamos verificar su autenticidad y solicitar que no se realice ninguna operación mientras se investiga.
Sentí un escalofrío.
Mi madre no solo había intimidado a Valeria.
Alguien estaba intentando utilizar su identidad.
Esa noche, cuando le conté todo a Valeria, comenzó a llorar.
—Pensé que no me creerías.
La abracé cuidadosamente.
—Debí darme cuenta antes.
Ella negó.
—Tu madre siempre esperaba a que estuvieras trabajando.
Después abrió su teléfono.
—Hay algo que nunca te enseñé.
Eran mensajes de Teresa.
«Si quieres seguir formando parte de esta familia, aprenderás a obedecer».
«Daniel nunca elegirá a una mujer por encima de su madre».
Y el último:
«Después de que nazca la niña, las cosas cambiarán. Ya lo tenemos preparado».
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué significa eso?
Valeria comenzó a temblar.
—No lo sé. Pero tengo miedo.
Dos días después, Samuel descubrió que Julián había solicitado información sobre un procedimiento de tutela infantil.
Mi madre había comenzado a recopilar declaraciones familiares afirmando que Valeria no estaba preparada para ser madre.
Todo mientras nosotros preparábamos la llegada de nuestra hija.
—No significa que puedan quitarnos a la niña —explicó Samuel—. Pero debemos conservar las pruebas y responder formalmente a cualquier acusación falsa.
Sentí una rabia que nunca había experimentado.
Entonces Andrés volvió a llamarme.
—Daniel, encontré algo más.
—¿Qué cosa?
—Tu madre tiene una carpeta escondida en el despacho de Julián.
—¿Qué contiene?
Andrés guardó silencio.
—Documentos sobre Valeria. Fotografías de vuestra casa. Copias de sus informes médicos.
Me quedé sin respiración.
—¿Cómo consiguió todo eso?
—No lo sé. Pero hay algo peor.
Andrés me envió una fotografía.
Mostraba una hoja con el nombre completo de mi esposa.
Debajo aparecía una firma.
Y una fecha.
La fecha correspondía a tres meses antes de nuestra boda.
El documento llevaba el título:
«ACUERDO PRIVADO DE ADMINISTRACIÓN PATRIMONIAL».
Llamé inmediatamente a Samuel.
Cuando examinó la imagen, su expresión cambió.
—Daniel, necesito saber algo.
—Dime.
—¿Tu padre dejó alguna herencia cuando falleció?
Fruncí el ceño.
—Sí. Una pequeña empresa familiar. Mi madre dijo que estaba endeudada y que Julián se hizo cargo.
Samuel permaneció callado.
Después preguntó:
—¿Alguna vez viste el testamento original?
Sentí un escalofrío.
—No.
A la mañana siguiente, Samuel consiguió una copia del expediente sucesorio.
Lo abrió frente a mí.
Mi padre había dejado participaciones empresariales a sus dos hijos.
Pero también había establecido un fideicomiso para sus futuros nietos.
El patrimonio incluía varios terrenos cuyo valor había aumentado considerablemente.
—¿Cuánto vale actualmente? —pregunté.
Samuel respiró profundamente.
—Según las estimaciones disponibles, más de seis millones de dólares.
Me quedé inmóvil.
—Mi madre dijo que no quedaba nada.
Samuel señaló una cláusula.
—El nacimiento de tu primera hija podría activar determinados derechos de beneficiaria.
Sentí que todo comenzaba a encajar.
Las amenazas.
Los documentos.
La insistencia de Teresa en controlar a Valeria.
Pero todavía faltaba una pieza.
Aquella tarde, Julián apareció inesperadamente en mi oficina.
Tenía el rostro desencajado.
—Daniel, necesitamos hablar sin mamá.
Lo observé con desconfianza.
—Habla.
Mi hermano cerró la puerta.
—Teresa no está intentando conseguir solamente la casa.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces qué quiere?
Julián sacó una memoria USB.
—Encontré los documentos originales de papá.
La conecté a mi computadora.
Había contratos, extractos bancarios y una carta escrita por nuestro padre antes de morir.
La abrí.
La primera frase hizo que dejara de respirar.
«Daniel, si algún día descubres que tu madre intentó separar a tu familia, debes saber que ya lo hizo una vez».
Miré a Julián.
—¿Qué significa esto?
Mi hermano comenzó a llorar.
—Daniel… Valeria no fue la primera mujer a la que mamá intentó quitarte.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿De qué estás hablando?
Julián bajó la mirada.
—Antes de conocer a Valeria, tuviste una hija.
Me quedé completamente paralizado.
—Eso es imposible.
Mi hermano sacó una fotografía.
Mostraba a una niña de aproximadamente siete años.
Tenía mis ojos.
Mi sonrisa.
Y sostenía una carta dirigida a mí.
En el reverso alguien había escrito:
«PAPÁ, TODAVÍA ESTOY ESPERANDO QUE VENGAS A BUSCARME».
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
