PARTE 2: LA ÚLTIMA LLAMADA

Mateo me entregó el teléfono de Clara con una expresión que nunca le había visto.

Miedo.

La pantalla estaba destrozada, pero todavía funcionaba.

—Encontramos esto entre sus pertenencias —murmuró—. Dominic, tienes que escuchar el último mensaje.

Lo tomé con las manos temblorosas.

Había una grabación de voz.

Duraba cuarenta y siete segundos.

Presioné reproducir.

La voz de Clara llenó el pasillo.

—Dominic, sé que estás con Serena. No voy a discutir contigo esta noche. Pero descubrí algo que necesitas saber antes de que sea demasiado tarde.

Mi corazón se detuvo.

Escuché una respiración agitada.

Después continuó:

—No confíes en Mateo hasta que veas los documentos que guardé.

Levanté lentamente la mirada.

Mateo estaba completamente pálido.

—¿Qué documentos? —pregunté.

Mateo retrocedió un paso.

—Dom, puedo explicarlo.

Lo agarré del abrigo.

—Entonces empieza.

—Clara descubrió que alguien estaba desviando dinero de nuestras empresas.

Sentí que la sangre me hervía.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque las transferencias llevaban tu autorización electrónica.

Lo solté.

Durante cinco años, Clara había supervisado las cuentas de nuestras propiedades legales.

Yo siempre había pensado que lo hacía porque disfrutaba organizarlo todo.

Nunca imaginé que estaba intentando protegerme de mi propio entorno.

Un médico apareció al final del pasillo.

—¿Familiares de Clara Valente?

Corrí hacia él.

—Soy su esposo.

—Hemos conseguido controlar la hemorragia, pero sufrió lesiones importantes. Sigue en estado crítico.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Va a sobrevivir?

El médico sostuvo mi mirada.

—Estamos haciendo todo lo posible. Las próximas horas serán decisivas.

Por primera vez en mi vida, no pude resolver un problema con dinero, amenazas ni contactos.

Solo podía esperar.

Serena apareció detrás de mí.

—Dominic, cariño, tenemos que irnos. Estoy agotada.

La miré como si nunca la hubiera visto.

—Mi esposa está luchando por su vida.

Serena cruzó los brazos.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Esperar aquí toda la noche?

Entonces comprendí algo terrible.

Había confundido la atención constante de Serena con amor.

Mientras Clara me había ofrecido lealtad, paciencia y una vida entera.

—Mateo —dije sin apartar la mirada de Serena—, consigue que alguien la acompañe a casa.

—¡Dominic!

—Esta noche no voy a dejar sola a mi esposa.

A las cuatro de la madrugada, Mateo regresó.

Traía una carpeta azul.

—La encontramos en el despacho privado de Clara.

Dentro había estados financieros, fotografías y copias de contratos.

En la primera página aparecía un nombre.

HAYES CONSULTING GROUP.

Sentí un escalofrío.

Hayes.

El apellido de Serena.

—¿Qué es esto?

Mateo respiró profundamente.

—Una empresa de asesoría registrada hace dieciocho meses.

Revisé las transferencias.

Dos millones.

Cuatro millones.

Siete millones.

En total, más de veintitrés millones de dólares habían salido de varias sociedades de mi grupo empresarial.

Y todas las operaciones terminaban relacionadas con aquella consultora.

—¿Serena controla esta empresa?

—Su hermano figura como administrador —respondió Mateo—. Pero todavía estamos verificando quién recibe realmente los fondos.

Me quedé inmóvil.

Recordé los regalos.

Los viajes.

Las joyas que Serena decía haber recibido de su familia.

Y comprendí que quizás había financiado una vida entera de mentiras.

—¿Clara sabía esto?

Mateo asintió.

—Llevaba tres meses investigándolo.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

Bajó la mirada.

—Intentó hacerlo, Dominic.

Entonces recordé una noche.

Clara me había esperado en el comedor con varios documentos.

—Necesito hablar contigo sobre unas transferencias —me dijo.

Yo estaba contestando mensajes de Serena.

—Mañana, Clara.

—Es importante.

—He dicho mañana.

Ella cerró lentamente la carpeta.

Nunca volvió a mencionarlo.

Hasta aquella noche.

A las seis de la mañana recibí una llamada de un número desconocido.

—Señor Valente, mi nombre es Rebecca Mills. Trabajaba para su esposa.

—¿Dónde?

—En su fundación benéfica.

Su voz temblaba.

—Clara me pidió que lo llamara si algo le sucedía.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

—¿Qué sabe?

—Su esposa descubrió quién estaba detrás de Hayes Consulting.

—Dígamelo.

Hubo un silencio.

—Señor Valente, no es solamente Serena.

Rebecca llegó al hospital una hora después.

Traía una memoria USB.

—Clara guardó copias de todo porque temía que alguien destruyera los originales.

Abrimos los archivos en una computadora.

Había correos electrónicos.

Contratos.

Registros de reuniones.

Y una fotografía tomada dos semanas antes.

Serena estaba sentada en un restaurante.

Frente a ella había un hombre de cabello oscuro.

Reconocí inmediatamente su rostro.

Lorenzo Moretti.

Mi rival.

El hombre cuyo territorio había atravesado Clara antes del accidente.

—Esto no demuestra que Lorenzo ordenara el choque —advirtió Rebecca—. Pero Clara sospechaba que estaban colaborando.

Observé la fotografía.

Serena sonreía.

Lorenzo sostenía una carpeta.

En la mesa había un sobre con el logotipo de una de mis empresas.

Sentí una mezcla de rabia y vergüenza.

Mientras yo engañaba a mi esposa, ella estaba investigando a la mujer por quien la había traicionado.

Entonces Rebecca abrió otro archivo.

—Hay algo más.

Era una grabación de seguridad.

Mostraba a Clara entrando en una oficina del lado sur.

La fecha correspondía a la noche del accidente.

Un hombre salió a recibirla.

Llevaba un abrigo gris.

Cuando levantó la cabeza, me quedé inmóvil.

—No puede ser…

Mateo se acercó a la pantalla.

—Dominic, ¿lo conoces?

Lo conocía.

Demasiado bien.

Era Anthony Valente.

Mi hermano mayor.

El hombre que llevaba siete años viviendo supuestamente en Italia.

—¿Qué hacía Anthony en Chicago?

Mateo negó lentamente.

—No sabíamos que había regresado.

Rebecca abrió un segundo video.

Clara estaba sentada frente a Anthony.

No había sonido.

Pero ambos parecían discutir.

Entonces Anthony deslizó una carpeta hacia ella.

Clara la abrió.

Y su expresión cambió por completo.

—¿Qué contenía esa carpeta? —pregunté.

Rebecca tragó saliva.

—Clara me dijo que había descubierto una irregularidad relacionada con la herencia de su padre.

Fruncí el ceño.

—¿Su padre?

El padre de Clara, Samuel Bennett, había fallecido antes de nuestro matrimonio.

Siempre había creído que era un empresario modesto.

Rebecca me miró.

—Señor Valente, Samuel Bennett fue uno de los inversionistas originales de sus hoteles.

Sentí que el mundo se detenía.

—Eso es imposible.

—No. Su participación fue transferida años atrás mediante un acuerdo que Clara estaba intentando revisar.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Serena.

«Dominic, tenemos que hablar. No creas todo lo que Mateo te diga».

Miré hacia él.

Recordé la grabación de Clara.

«No confíes en Mateo hasta que veas los documentos».

Por primera vez, comprendí que no sabía en quién podía confiar.

Al mediodía, el médico volvió a aparecer.

—Señor Valente, su esposa ha recuperado brevemente la conciencia.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Puedo verla?

—Solo unos minutos. Necesita descansar.

Entré en la habitación.

Clara estaba pálida.

Tenía vendajes en el rostro y varios monitores a su alrededor.

Me acerqué lentamente.

—Clara…

Sus párpados se movieron.

Cuando abrió los ojos, intentó apartar la mirada.

Aquello me dolió más que cualquier reproche.

—Lo siento —susurré.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Dominic…

Me incliné hacia ella.

—Estoy aquí.

Sus labios temblaron.

—No deberías estar aquí conmigo.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—Eres mi esposa.

Clara cerró los ojos.

—Eso no te importó durante mucho tiempo.

No pude responder.

Porque tenía razón.

Entonces sus dedos se cerraron débilmente alrededor de mi muñeca.

—Escúchame…

Me acerqué.

—Estoy escuchando.

—No fue Lorenzo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—El automóvil…

Su respiración se volvió irregular.

—Clara, no te esfuerces.

Pero ella insistió.

—No fue Lorenzo quien ordenó seguirme.

El monitor comenzó a emitir señales más rápidas.

Una enfermera se acercó.

Clara apretó mi mano por última vez.

—Fue alguien de nuestra casa.

Los médicos me pidieron salir.

Permanecí en el pasillo, incapaz de moverme.

Alguien de nuestra casa.

Pensé en Serena.

En Mateo.

En Anthony.

En todos los hombres que habían tenido acceso a nuestros vehículos, horarios y comunicaciones.

Entonces recibí un mensaje de Rebecca.

«Dominic, encontré la última carpeta que Clara escondió».

Le respondí inmediatamente.

«¿Dónde?»

«En la oficina de la fundación. Pero hay algo que debe saber antes de abrirla».

Veinte minutos después, Rebecca llegó con un sobre sellado.

Dentro había una copia de un contrato firmado cinco años antes.

La fecha correspondía a tres semanas antes de mi boda con Clara.

Reconocí mi firma.

Pero no recordaba aquel documento.

Era un acuerdo de participación empresarial.

En él se establecía que una parte considerable de mis propiedades había sido financiada mediante un fideicomiso administrado por Samuel Bennett.

El padre de Clara.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Qué significa esto?

Rebecca me miró.

—Que su esposa nunca fue simplemente la mujer que se casó con un hombre poderoso.

Pasé a la última página.

Allí aparecía una cláusula que jamás había visto.

Si se demostraba que las transferencias originales habían sido obtenidas mediante información falsa, los activos debían regresar al fideicomiso Bennett.

Mi respiración se detuvo.

—¿Cuánto vale esa participación?

Rebecca bajó la voz.

—Según los documentos preliminares, podría representar el control de varias de sus propiedades más importantes.

Entonces encontré una carta escrita por Clara.

Reconocí inmediatamente su letra.

«Dominic: si estás leyendo esto, significa que finalmente descubriste una parte de la verdad. Nunca me casé contigo por tu dinero. De hecho, durante cinco años protegí algo que legalmente podía haber reclamado».

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Continué.

«Mi padre me pidió que no destruyera lo que tú habías construido. Yo cumplí esa promesa incluso cuando dejaste de amarme».

Tuve que detenerme.

Pero la última línea me dejó completamente helado.

«Hay una razón por la que Anthony regresó a Chicago. Él sabe quién alteró los documentos originales. Y sabe por qué mi padre desapareció de la empresa antes de morir».

Miré a Rebecca.

—¿Dónde está Anthony?

Su rostro palideció.

—Señor Valente, acaba de llegar un mensaje de su hermano.

Me mostró la pantalla.

«Dile a Dominic que deje de buscar culpables fuera de su familia. Si quiere saber quién preparó el accidente de Clara, debe revisar las grabaciones de seguridad de su propia residencia».

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

Porque aquella noche había salido de casa para acompañar a Serena al hospital.

Y Clara había salido después.

Alguien había conocido ambos movimientos.

Alguien había sabido exactamente cuándo estaría sola.

Pero entonces llegó un segundo mensaje.

«DOMINIC, NO CONFÍES EN LA PERSONA QUE TE ENTREGÓ EL TELÉFONO DE CLARA. LA ÚLTIMA LLAMADA QUE ELLA HIZO FUE A MATEO».

Levanté lentamente la mirada.

Mateo estaba al otro extremo del pasillo.

Observándome.

Y por primera vez desde que lo conocía, comprendí que mi hombre de mayor confianza podía saber mucho más de lo que había confesado.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

Related Posts

PARTE 2: LA NOVIA QUE CANCELÓ UN IMPERIO

A las ocho de la mañana, Alejandro Montes recibió la primera llamada. Era su director financiero. —Señor Montes, tenemos un problema. Alejandro estaba sentado en la suite…

PARTE 2: LOS TRES NIÑOS QUE MI EXESPOSA ME OCULTÓ

Nunca había sentido tanto miedo como cuando vi a Grace entrar en aquel centro médico con los tres niños. No era un hospital cualquiera. Era el Instituto…

PARTE 2: LA APUESTA DE LOS NOVENTA Y SEIS SACRIFICIOS

—Noventa y seis —repitió Diego, levantando su taza de café—. Y todavía faltan cuatro. Las carcajadas llenaron la habitación VIP. Yo permanecí inmóvil detrás de la puerta….

PARTE 2: EL PRECIO DE UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Alexander abrió la boca, pero no encontró palabras. Ryan apartó la mirada. Daniel permaneció inmóvil, observando la prótesis que apenas sobresalía de mi manga derecha. Durante cinco…

PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DE LA HERIDA

—No permitan que su esposo se acerque a esta paciente. Y avisen a cirugía. No tenemos tiempo que perder. Aquellas fueron las últimas palabras que escuché antes…

PARTE 2: EL SECRETO DE LA ÚLTIMA NOCHE

Durante varios segundos, el único sonido fue el de la lluvia golpeando las piedras del patio. Sostenía el sobre entre mis dedos, incapaz de apartar los ojos…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *