La puerta se cerró detrás de Diego y mi suegra comenzó a llorar.
—Mariana, no sabía que mi hijo estaba haciendo esto.
La miré mientras Paula acomodaba a Renata en su carriola.
—Hay algo más que necesito contarles.
Mi suegro, Ernesto, levantó la cabeza.
—¿Qué sucede?
Saqué una carpeta del cajón.
—Durante estos seis días descubrí que faltan ciento noventa mil pesos de nuestra cuenta de ahorros.
El silencio fue inmediato.
—¿Ciento noventa mil? —repitió mi padre.
Asentí.
—Tres transferencias realizadas durante los últimos dos meses.
Ernesto tomó los comprobantes.
Cuando leyó el nombre del destinatario, su rostro cambió.
—No puede ser…
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Mi suegro me miró.
—Mariana, esta cuenta pertenece a una empresa que Diego me pidió financiar hace seis meses.
Sentí un escalofrío.
A la mañana siguiente, Paula me acompañó al despacho de una abogada llamada Lucía Mendoza.
Le expliqué lo ocurrido.
Lucía revisó los movimientos y después abrió otro documento.
—¿Reconoces esta solicitud de crédito?
Negué.
—La encontré entre los papeles de Diego.
Era una solicitud por cuatrocientos mil pesos.
Mi nombre aparecía como posible obligada solidaria.
—Yo nunca acepté esto.
Lucía me miró seriamente.
—Entonces debemos verificar si el trámite llegó a formalizarse y proteger tus datos personales.
Respiré profundamente.
—También quiero solicitar el divorcio.
—Podemos comenzar. Y estableceremos acuerdos adecuados para Renata.
Por primera vez en una semana sentí que recuperaba algo de control.
Aquella tarde Diego me llamó diecisiete veces.
Contesté la última.
—Mariana, necesitamos hablar.
—Te escucho.
—Mi padre me dijo que encontraste las transferencias.
—¿Dónde está nuestro dinero?
Hubo un silencio.
—Lo invertí.
—¿En qué?
—Una distribuidora de equipo médico.
Cerré los ojos.
—¿Y Daniela?
Su respiración cambió.
—Ella me ayudó a conseguir contactos.
—¿También era parte del negocio?
—Sí.
Apreté el teléfono.
—Diego, utilizaste los ahorros de nuestra hija para financiar una empresa con tu amante.
—Pensaba recuperar todo.
—Pero nunca me preguntaste.
Dos días después recibí un mensaje inesperado.
Era Daniela.
«Mariana, necesito hablar contigo. Diego te está mintiendo sobre algo importante».
Al principio pensé ignorarla.
Pero Paula me convenció de escuchar lo que tenía que decir.
Nos reunimos en una cafetería.
Daniela llegó nerviosa.
—Sé que no tienes motivos para confiar en mí.
—Entonces dime por qué estoy aquí.
Sacó una carpeta.
—Porque Diego también me engañó.
La miré sin comprender.
—Me dijo que ustedes estaban separados desde antes del nacimiento de Renata.
Sentí una punzada de rabia.
—Vivíamos juntos. Celebramos nuestro aniversario. Nuestra hija tiene cuatro meses.
Daniela bajó la mirada.
—Lo sé ahora.
Entonces me mostró varios contratos.
La empresa se llamaba Salazar Medical Distribution.
Diego figuraba como administrador.
Daniela aparecía como socia.
Pero había una tercera persona.
Victoria Salazar.
Mi suegra.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué aparece su nombre?
Daniela negó.
—Eso es lo que no entiendo. Diego decía que su madre no sabía nada del negocio.
Recordé cómo Victoria me había preguntado si estaba deprimida.
Cómo había justificado las ausencias de su hijo.
Y cómo había llorado durante la cena.
Por primera vez me pregunté cuánto sabía realmente.
Esa noche llamé a Ernesto.
—Necesito hablar con usted sobre Victoria.
Hubo un silencio.
—¿Qué pasó?
—Su nombre aparece en los documentos de la empresa de Diego.
Escuché una respiración profunda.
—Mariana, hay algo que debes saber.
—¿Qué cosa?
—Victoria y yo llevamos meses discutiendo por dinero.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Por qué?
—Porque descubrí que alguien había utilizado sus datos para abrir una cuenta empresarial.
Me quedé helada.
—¿Quién?
Ernesto respondió:
—Diego.
Al día siguiente, Ernesto vino a verme.
Traía una carpeta.
—Mi hijo me pidió doscientos mil pesos para comenzar ese negocio —confesó—. Me aseguró que tenía contratos con hospitales.
—¿Y los tenía?
Negó.
—Todavía no he podido comprobarlo.
Me entregó una copia de una orden de compra.
Reconocí el nombre de una clínica privada.
Pero había una anotación en rojo.
«OPERACIÓN NO CONFIRMADA».
Sentí un nudo en el estómago.
Diego no solamente había mentido sobre su relación.
También había presentado negocios que quizá nunca existieron.
Una semana después, Lucía consiguió verificar que la solicitud de crédito encontrada en casa no había sido completada.
Sentí alivio.
Pero entonces me mostró otra cosa.
—Mariana, necesitamos revisar este documento.
Era una póliza de seguro.
Mi nombre aparecía como persona asegurada.
La fecha de contratación correspondía a dos semanas después del nacimiento de Renata.
—¿Qué es esto?
Lucía respondió:
—Una copia de una solicitud de seguro de vida. Todavía tenemos que confirmar su autenticidad y si llegó a emitirse.
Leí el nombre del beneficiario.
Diego.
Sentí que las manos me temblaban.
—Nunca me habló de esto.
Esa misma tarde llamé a Diego.
—¿Contrataste un seguro de vida a mi nombre?
Guardó silencio.
—Mariana, puedo explicarlo.
—Entonces hazlo.
—Era parte de nuestra planificación financiera.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque estabas ocupada con Renata.
Sentí una rabia profunda.
—Estaba criando a nuestra hija, Diego. No había perdido la capacidad de decidir sobre mi propia vida.
Él suspiró.
—Estás exagerando.
Aquellas dos palabras terminaron de convencerme.
Ya no quería seguir discutiendo.
Quería respuestas verificables.
Al día siguiente, Lucía solicitó información a la aseguradora.
Mientras esperábamos, Paula encontró algo inesperado entre los documentos que yo había guardado.
Una copia de un contrato de compraventa.
—Mariana, ¿reconoces esta dirección?
Miré el papel.
Era un departamento en Juriquilla.
La misma zona donde habían aparecido los cargos nocturnos de estacionamiento.
—Diego decía que iba allí por reuniones de trabajo.
Paula señaló la fecha.
—Mira cuándo se firmó.
Tres meses antes.
Cuando Renata apenas tenía un mes de nacida.
El departamento estaba registrado a nombre de una sociedad relacionada con la distribuidora.
Lucía nos explicó que todavía debíamos confirmar quién lo había pagado y bajo qué condiciones.
Pero algo ya era evidente.
Diego había construido una segunda vida mientras yo intentaba adaptarme a la maternidad.
Y posiblemente había utilizado dinero familiar para hacerlo.
Aquella noche recibí un mensaje de mi suegra.
«Mariana, necesito verte sin Diego. Hay algo que debí contarte durante la cena».
Acepté reunirme con ella en casa de mis padres.
Victoria llegó con los ojos hinchados.
Se sentó frente a mí.
—Hija, Diego me pidió que mintiera.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu estado emocional.
La miré fijamente.
—¿Por qué?
—Quería que creyéramos que estabas atravesando una crisis y que por eso él pasaba tanto tiempo fuera.
Apreté las manos.
—¿Y usted le creyó?
Victoria comenzó a llorar.
—Al principio sí. Después empecé a sospechar.
Sacó un sobre de su bolso.
—Hace un mes encontré esto en nuestra casa.
Dentro había una carta dirigida a Diego.
Procedía de un despacho jurídico.
La leí lentamente.
Era una notificación relacionada con una reclamación comercial contra Salazar Medical Distribution.
La cantidad reclamada superaba el millón de pesos.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Diego debe todo este dinero?
Victoria negó.
—No sé si la reclamación es válida. Pero cuando le pregunté, se puso furioso.
Entonces sacó otro documento.
—Y esto llegó hace tres días.
Era una copia de una comunicación enviada por la empresa donde trabajaba Diego.
Se anunciaba una revisión interna de varias operaciones comerciales.
Mi respiración se aceleró.
—¿Lo están investigando?
—Eso parece.
Leí los nombres de las personas convocadas para aclarar las operaciones.
Diego Salazar.
Daniela Ruiz.
Y un tercer nombre que no reconocí.
ALEJANDRO MONTES.
Al día siguiente, Daniela volvió a escribirme.
«Mariana, Alejandro Montes era el contador de la empresa. Renunció cuando descubrió irregularidades».
Le respondí inmediatamente.
«¿Qué irregularidades?»
Su respuesta tardó varios minutos.
«Transferencias sin comprobantes, facturas duplicadas y documentos firmados por personas que aseguran no haberlos autorizado».
Sentí un escalofrío.
Pero el siguiente mensaje fue todavía peor.
«Alejandro dice que Diego guardó una carpeta con documentos tuyos y de Renata».
Llamé a Lucía.
—Necesitamos encontrar a ese contador.
—Lo intentaremos por las vías correspondientes —respondió—. Pero Mariana, no confrontes sola a Diego.
Miré a mi hija dormida.
—No pienso hacerlo.
Esa noche, mientras acomodaba la ropa de Renata, recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Señora Mariana Salazar?
—Sí.
—Soy Alejandro Montes.
Me quedé inmóvil.
—Necesito hablar con usted sobre los documentos que encontré en la empresa de su esposo.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.
—¿Qué documentos?
Alejandro guardó silencio.
Después respondió:
—Una solicitud de crédito, copias de sus identificaciones y un contrato que menciona un inmueble.
Fruncí el ceño.
—¿Qué inmueble?
—La casa donde usted vive.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué tiene que ver mi casa con la empresa de Diego?
Su voz bajó.
—Señora Mariana, alguien intentó presentar esa propiedad como respaldo de una operación financiera.
Me quedé sin respiración.
—Eso es imposible. La casa está a nombre de mi madre. Ella nos permitió vivir allí después de casarnos.
Alejandro respondió:
—Precisamente por eso necesito mostrarle el documento.
A la mañana siguiente, Alejandro llegó al despacho de Lucía.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había una supuesta autorización firmada por mi madre.
La firma parecía auténtica.
Pero mi madre nunca había autorizado ningún negocio de Diego.
Lucía examinó el documento.
—Necesitamos comprobar su origen.
Alejandro asintió.
—Hay una razón por la que renuncié.
—¿Cuál? —pregunté.
Me miró directamente.
—Cuando descubrí que estaban utilizando documentos de familiares, me negué a seguir procesando operaciones.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Quién dio las instrucciones?
Alejandro respiró profundamente.
—Diego.
Entonces abrió su computadora.
—Pero hay algo más.
Mostró una serie de correos electrónicos.
Uno de ellos había sido enviado apenas dos días antes de nuestra cena de aniversario.
El asunto decía:
«OPERACIÓN FINAL: CUENTA FAMILIAR».
Reconocí inmediatamente el nombre de Diego.
Pero la respuesta procedía de otra persona.
Una mujer.
Y cuando leí su dirección de correo electrónico, sentí que el mundo se detenía.
PAULA.
Mi hermana.
—Eso no puede ser —susurré.
Alejandro me miró.
—Señora Mariana, ¿conoce a esta persona?
No pude responder.
Paula había sido mi apoyo durante toda aquella semana.
La única persona a quien había contado lo de la llamada antes de la cena.
La mujer que cuidaba a Renata mientras yo hablaba con abogados.
Y ahora su nombre aparecía en una conversación financiera con Diego.
Lucía se inclinó hacia la pantalla.
—Mariana, no saquemos conclusiones todavía. Necesitamos verificar quién utilizó esa dirección.
Pero yo apenas podía escucharla.
Porque debajo del correo había un archivo adjunto.
Su nombre era:
«ACUERDO DE SEPARACIÓN – MARIANA SALAZAR».
Y la fecha de creación era de tres meses antes de que yo descubriera la infidelidad.
Sentí que las manos me temblaban.
Diego había preparado nuestra separación mucho antes de aquella llamada.
Pero lo verdaderamente aterrador era que alguien había intentado involucrar a mi propia hermana.
Y todavía no sabía si Paula había participado en aquello…
O si también estaba siendo utilizada.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
