PARTE 2: LOS 190 MIL PESOS

La puerta se cerró detrás de Diego y, durante varios segundos, nadie se movió.

Mi suegra fue la primera en romper el silencio.

—Mariana, hija, ¿desde cuándo estás pasando por esto?

Miré a Renata, dormida en los brazos de mi hermana Paula.

—Desde hace meses. Pero hace seis días descubrí la verdad.

Mi suegro, Ernesto, permanecía sentado con las manos entrelazadas.

—¿Hay algo más que debamos saber?

Respiré profundamente.

—Sí. Y por eso les pedí que vinieran esta noche.

Saqué una carpeta del cajón del aparador.

Paula me miró con preocupación.

—Mariana, ¿estás segura?

Asentí.

—Ya no quiero seguir guardando secretos que no son míos.

Coloqué sobre la mesa varios estados de cuenta.

—Hace cuatro meses, cuando nació Renata, Diego me convenció de abrir una cuenta conjunta para los gastos de la niña.

Mi padre frunció el ceño.

—Recuerdo que mencionaste algo.

—Depositamos ahí nuestros ahorros y el dinero que habíamos reservado para emergencias.

Señalé tres movimientos.

Cincuenta mil pesos.

Sesenta mil.

Ochenta mil.

Ciento noventa mil pesos en total.

Mi suegra se llevó una mano al pecho.

—¿Qué pasó con ese dinero?

—Salió de nuestra cuenta durante los últimos dos meses.

Ernesto tomó los documentos.

—¿A dónde fue?

—A una cuenta que no reconozco.

Mi madre me tomó de la mano.

—¿Ya hablaste con el banco?

—Sí. Solicité los comprobantes de transferencia y pedí que revisaran los movimientos.

Ernesto levantó la mirada.

—¿Diego tenía autorización para disponer de ese dinero?

—La cuenta es conjunta. Ambos podíamos hacer transferencias.

Mi suegro apretó los labios.

—Entonces tenemos que averiguar qué hizo con él.

—Eso pienso hacer.

Pero todavía no había terminado.

Saqué otro documento.

Era una copia de una solicitud de crédito.

Mi nombre aparecía como posible obligada solidaria.

La cantidad solicitada era de cuatrocientos mil pesos.

Mi padre se incorporó.

—¿Firmaste esto?

—No.

Mi suegra comenzó a llorar.

—Dios mío, Diego…

—No sé si la solicitud llegó a formalizarse —aclaré—. Pero alguien utilizó mis datos personales sin consultarme.

Ernesto dejó el papel sobre la mesa.

—Mañana mismo iremos a aclararlo.

Lo miré.

—Gracias. Pero primero hablaré con mi abogada.

A la mañana siguiente llevé a Renata a casa de mis padres.

Paula me acompañó al despacho de Lucía Mendoza, una abogada especializada en asuntos familiares.

Lucía revisó los documentos cuidadosamente.

—Mariana, vamos a separar las cosas —dijo—. Una es el divorcio, otra la organización de los cuidados de Renata y otra los movimientos financieros.

Asentí.

—No quiero quitarle a Diego a su hija.

—Y no tienes que hacerlo. Podemos buscar un acuerdo que proteja la estabilidad de la niña.

Después señaló la solicitud de crédito.

—Esto necesita verificarse directamente con la institución. No vamos a asumir que existe una deuda válida solamente porque encontramos una solicitud.

Por primera vez en días, sentí que alguien estaba poniendo orden en aquel desastre.

A mediodía Diego me llamó.

Contesté.

—Mariana, tenemos que hablar.

—Te escucho.

—Mis padres están furiosos conmigo.

—No fui yo quien tuvo una aventura.

Suspiró.

—Daniela no significa nada.

Cerré los ojos.

—Diego, si no significaba nada, ¿por qué estabas dispuesto a destruir nuestra familia por ella?

No respondió.

Entonces pregunté:

—¿Dónde están los ciento noventa mil pesos?

El silencio fue inmediato.

—¿Qué dinero? —murmuró.

—El que salió de nuestra cuenta.

—Mariana, eso es complicado.

—Entonces explícamelo.

Escuché cómo cerraba una puerta.

—Le presté algo de dinero a Daniela.

Sentí un frío profundo.

—¿Cuánto?

—No recuerdo exactamente.

—Ciento noventa mil pesos, Diego.

—Ella estaba pasando por problemas.

Solté una risa incrédula.

—Nuestra hija tiene cuatro meses. ¿Y tú utilizaste nuestros ahorros para ayudar a tu amante?

—Pensaba devolverlo.

—¿Cuándo?

No contestó.

Aquella tarde recibí un mensaje de un número desconocido.

«Soy Daniela. Necesitamos hablar. Diego te está mintiendo sobre el dinero».

Lo leí tres veces.

Después se lo mostré a Paula.

—No vayas sola —me aconsejó.

Concertamos una reunión en una cafetería cercana al despacho de Lucía.

Daniela llegó quince minutos tarde.

Era una mujer de unos treinta años, elegante, con el rostro agotado.

Se sentó frente a mí.

—Mariana, sé que me odias.

—No vine a hablar de mis sentimientos. Dijiste que Diego mentía.

Daniela bajó la mirada.

—Yo no recibí ciento noventa mil pesos.

Sentí que el corazón se aceleraba.

—Entonces, ¿quién?

Sacó su teléfono.

—Eso es lo que quiero mostrarte.

En la pantalla había una conversación con Diego.

Uno de los mensajes decía:

«No te preocupes por la transferencia. Mariana cree que todo sigue en la cuenta».

Otro:

«Cuando terminemos el trámite, podremos empezar de cero».

Fruncí el ceño.

—¿Qué trámite?

Daniela respiró profundamente.

—Diego me dijo que estaba separándose de ti y que necesitaba dinero para invertir en un negocio.

—¿Qué negocio?

—Una distribuidora de equipo médico.

Sentí que algo no encajaba.

Diego trabajaba precisamente en ese sector.

—¿Y tú participas en esa empresa?

Daniela asintió.

—Firmé unos documentos como socia minoritaria. Pero hace dos días descubrí que Diego había utilizado mi nombre para abrir una cuenta empresarial.

Me quedé inmóvil.

—¿La cuenta donde recibió el dinero?

—No lo sé. Estoy intentando averiguarlo.

Entonces me mostró una fotografía de un contrato.

Reconocí inmediatamente la firma de Diego.

Pero había otro nombre.

ERNESTO SALAZAR.

Mi suegro.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Por qué aparece Ernesto aquí?

Daniela negó.

—No tengo idea.

Salí de la cafetería con más preguntas que respuestas.

Esa noche llamé a mi suegro.

—Don Ernesto, necesito preguntarle algo.

—Dime, hija.

—¿Usted sabe algo de una empresa llamada Salazar Medical Distribution?

Hubo un silencio.

Demasiado largo.

—Mariana… ¿quién te habló de esa empresa?

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme el pecho.

Al día siguiente Ernesto llegó a mi casa.

Traía una carpeta vieja.

—Debí haberte contado esto antes —dijo.

Me senté frente a él.

—¿Qué ocurre?

—Hace seis meses Diego me pidió que invirtiera en una distribuidora.

—¿Aceptó?

—Sí. Le presté doscientos mil pesos de mis ahorros.

Me quedé inmóvil.

—¿También a usted?

Ernesto asintió tristemente.

—Me aseguró que tenía contratos con varios hospitales privados.

—¿Y los tenía?

—Eso es lo que estoy intentando comprobar.

Abrió la carpeta.

Dentro había facturas, contratos y estados de cuenta.

Entonces encontré algo que me hizo detenerme.

Una orden de compra.

La empresa compradora era una clínica privada de Querétaro.

La fecha correspondía a tres semanas atrás.

Y el nombre del representante comercial era Diego.

Pero el documento tenía una anotación manuscrita:

«Pendiente de confirmar con el cliente. No facturar».

Miré a Ernesto.

—¿Por qué Diego presentó esto como una venta cerrada?

Mi suegro bajó la cabeza.

—No lo sé.

Aquella tarde Lucía revisó los documentos.

—Mariana, necesitamos actuar con cuidado. Hay indicios de que Diego podría haber presentado información financiera engañosa, pero debemos verificarla.

Asentí.

—Quiero recuperar nuestros ahorros.

—Y protegerte de cualquier obligación que no hayas aceptado.

Entonces Lucía me mostró algo.

Había solicitado información sobre la solicitud de crédito.

La institución confirmó que el trámite estaba incompleto.

No existía todavía un préstamo desembolsado a mi nombre.

Sentí un enorme alivio.

Pero Lucía continuó:

—Hay algo preocupante.

—¿Qué?

—La solicitud incluía una copia de tu identificación y un comprobante de domicilio.

—Esos documentos estaban guardados en nuestro estudio.

—Entonces debemos averiguar quién los utilizó.

Esa noche Diego apareció en casa de mis padres.

Mi padre abrió la puerta.

—Mariana no quiere discutir contigo.

—Solo quiero ver a Renata.

Salí al pasillo.

—Podemos organizar una visita mañana, Diego. Hoy está dormida.

Él me miró con los ojos enrojecidos.

—Estoy perdiéndolo todo.

Sentí una tristeza inesperada.

—Diego, yo también perdí algo. Perdí la confianza en la persona con quien había decidido formar una familia.

Bajó la cabeza.

—Cometí errores.

—Sí.

Entonces pregunté:

—¿Por qué utilizaste mis documentos para solicitar un crédito?

Su rostro cambió.

—¿Quién te dijo eso?

—Encontré la solicitud.

Diego se pasó una mano por el cabello.

—No iba a terminar el trámite.

—Eso no responde mi pregunta.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—La empresa estaba a punto de cerrar.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué empresa?

—La distribuidora.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque ya había perdido demasiado dinero.

Lo observé.

—¿Cuánto?

Diego cerró los ojos.

—Casi setecientos mil pesos.

Durante varios segundos no pude hablar.

—¿Setecientos mil?

Asintió.

—Invertí mis ahorros, el préstamo de mi padre y el dinero de nuestra cuenta.

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Y Daniela?

—Creí que podía ayudarme a conseguir clientes.

—¿Por eso empezaste una relación con ella?

Diego no respondió.

Su silencio fue suficiente.

Dos días después, Lucía recibió un correo de una persona que afirmaba haber trabajado con Diego.

Se llamaba Patricia Ríos.

Había sido contadora externa de la distribuidora.

Solicitó una reunión privada.

Cuando llegó, parecía nerviosa.

—Señora Mariana, no quiero involucrarme en sus problemas matrimoniales —dijo—, pero hay algo que debe saber.

Colocó una memoria USB sobre la mesa.

—Guardé copias de los registros contables porque encontré movimientos que no podía justificar.

Lucía la miró atentamente.

—¿Qué tipo de movimientos?

Patricia respiró profundamente.

—Transferencias a una cuenta personal.

Sentí un escalofrío.

—¿De Diego?

Negó.

—De otra persona.

Lucía abrió los archivos en su computadora.

Aparecieron varias transferencias.

Las fechas coincidían con los meses en que Diego había comenzado a llegar tarde.

Y el nombre del beneficiario me dejó sin respiración.

VICTORIA SALAZAR.

Mi suegra.

—Eso no puede ser —susurré.

Patricia bajó la mirada.

—No sé qué relación tiene ella con la empresa. Pero aparece como beneficiaria de varios pagos.

Sentí que todo comenzaba a girar.

Mi suegra había sido la primera en preguntarme si estaba deprimida.

La primera en justificar las ausencias de Diego.

Y ahora su nombre aparecía en los registros financieros.

Esa noche llamé a Ernesto.

—Necesito que venga mañana con su esposa.

Su voz sonó preocupada.

—¿Qué pasó, Mariana?

Miré los documentos sobre la mesa.

—Encontramos transferencias a nombre de Victoria.

Hubo un silencio.

Después Ernesto dijo algo que me dejó completamente helada.

—Mariana, Victoria no tiene ninguna cuenta bancaria a su nombre desde hace tres años.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿cómo recibió ese dinero?

Mi suegro respiró profundamente.

—Porque hace tres años descubrimos que alguien había utilizado su identidad para abrir cuentas sin autorización.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Quién?

Ernesto respondió con una voz que apenas reconocí.

—Diego.

Me quedé inmóvil.

Mi esposo no solamente había mentido sobre una aventura.

Había ocultado problemas financieros que podían afectar a toda su familia.

Pero todavía faltaba descubrir algo.

Patricia me envió un último mensaje aquella noche.

«Mariana, revisé los archivos antiguos. Encontré una carpeta que Diego me pidió no incluir en la contabilidad».

Le respondí inmediatamente.

«¿Qué contiene?»

Su respuesta llegó segundos después.

«UN CONTRATO DE SEGURO DE VIDA. LA PERSONA ASEGURADA ES USTED. Y LA FECHA DE CONTRATACIÓN ES DE DOS SEMANAS DESPUÉS DEL NACIMIENTO DE RENATA».

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Miré a mi hija dormida en la cuna.

Después volví a leer el mensaje.

Porque por primera vez comprendí que necesitaba investigar no solo el dinero que Diego había perdido, sino también los documentos que había firmado a mis espaldas.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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