Julian leyó la primera página dos veces.
Después una tercera.
Era como si las palabras pudieran transformarse en algo distinto si las miraba el tiempo suficiente.
—Esto… esto no es válido —dijo al fin.
Su voz ya no tenía aquella seguridad fría.
Yo cerré mi bolso.
—Lo firmaste ante la cámara del salón. También hay registro de la hora, de tu voz y de Olivia aquí presente.
Olivia dejó de fingir debilidad.
—Julian, no puedes permitir que te deje así.
Él no la miró.
Seguía mirando el documento.
—Clara, estabas alterada. Acabas de salir de detención. No sabes lo que haces.
Me reí sin alegría.
—Exactamente por eso preparé todo antes de entrar a esta casa.
Saqué otra hoja.
La carta de Samantha Vance.
Notificación formal de que su abogado ya había recibido copia del acuerdo firmado y una solicitud para preservar todas las conversaciones, registros médicos, recetas y videos de seguridad relacionados con mi acusación.
El rostro de Olivia se tensó.
—¿Videos?
La miré.
—Sí. Los de la farmacia. Los del pasillo del hospital. Y los de la noche en que tu bebida fue alterada.
Julian levantó la cabeza bruscamente.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada —respondí—. Ya no necesito insinuar. Samantha se encargará de demostrarlo.
Por primera vez, Olivia pareció realmente asustada.
Intentó acercarse a Julian, pero él se apartó apenas. Un gesto mínimo. Suficiente.
—Tú dijiste que Clara te había dado la taza —murmuró él.
—¡Lo hizo! —respondió Olivia demasiado rápido—. Bueno… estaba sobre la mesa. Ella estaba allí.
Sus palabras tropezaron unas con otras.
Yo recordé cada segundo de aquel día. La visita de Olivia a la farmacia. Su insistencia en preparar “algo caliente”. El mareo repentino. La policía llegando antes de que yo pudiera explicar nada.
Habían sido tres días de humillación.
Tres días sin saber si mi bebé resistiría el estrés.
Tres días en los que Julian no preguntó por mí.
Subí las escaleras sin mirar atrás.
—¿A dónde vas? —exigió él.
—A recoger mis cosas.
—No puedes irte esta noche.
Me detuve en el primer escalón.
—No necesito tu permiso.
En mi habitación, saqué una caja que llevaba escondida detrás de la ropa de invierno. Dentro estaban mi diploma de farmacología, los cuadernos de fórmulas de mi abuela y la llave de la pequeña farmacia familiar.
También había una fotografía de mi madre.
La sostuve un momento.
Durante años había pensado que conservar mi matrimonio era una forma de honrar la vida que ella me enseñó a construir.
Pero una vida no se honra soportando que te destruyan.
Mi teléfono vibró.
Era el señor Grant.
“Tenemos un problema”, decía su mensaje.
“Olivia Reed acaba de llamar a mi empresa. Dice que usted pretende venderme fórmulas que legalmente le pertenecen a ella.”
Me quedé quieta.
Luego leí la segunda línea.
“Y asegura tener un documento firmado por Julian Hayes.”
Bajé la mirada hacia la puerta cerrada.
Abajo, Julian y Olivia discutían en voz baja.
Él todavía no sabía que ella había intentado robarle a ambos.
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