Mariana sintió que el dolor desaparecía por un instante.
No porque estuviera mejor.
Sino porque las palabras de Rodrigo habían atravesado cualquier otro miedo.
“Vacía las cuentas ahora mismo.”
“Antes de que ella descubra lo que hicimos.”
El teléfono seguía junto a su oído.
Rodrigo hablaba tan bajo que creyó que nadie más podía escucharlo.
Pero el silencio que había caído sobre las cajas era absoluto.
Doña Martha dejó de presionar la chamarra contra la frente de Mariana.
Ezequiel también alcanzó a oír una parte de la conversación.
—No me importa cómo lo hagas… —continuó Rodrigo—. Usa la empresa de Ricardo si hace falta. Solo desaparece todo antes de que congelen las cuentas.
Su voz se cortó cuando levantó la vista.
Frente a él había más de veinte personas observándolo.
La cajera.
Los clientes.
Dos empleados de seguridad.
Y varios teléfonos apuntándole.
Había demasiadas cámaras.
Demasiados testigos.
Colgó de golpe.
—No estaban oyendo lo que creen.
Nadie respondió.
En ese momento Mariana volvió a doblarse sobre sí misma.
Un dolor mucho más intenso atravesó su abdomen.
La respiración se le escapó.
—Mi bebé…
susurró.
Doña Martha tomó su mano.
—Ya viene la ambulancia, hija.
Resiste un poquito más.
Ezequiel habló por el radio con una serenidad admirable.
—Necesitamos prioridad médica.
Paciente embarazada de treinta y dos semanas aproximadamente.
Posible traumatismo abdominal.
Repito: prioridad máxima.
Apenas terminó de hablar, el guardia de seguridad se acercó.
—Gerente…
La policía ya viene entrando.
Rodrigo intentó incorporarse.
—Yo me voy.
No terminó la frase.
Los dos elementos de seguridad le bloquearon el paso.
—Señor, tendrá que esperar.
Él perdió la calma por primera vez.
—¿Saben quién soy?
Ezequiel respondió sin levantar la voz.
—No.
Y en este momento tampoco me importa.
Lo único que importa es que esa señora llegue viva al hospital.
Las puertas automáticas se abrieron.
Entraron dos paramédicos y un médico de urgencias.
Al ver la sangre y la posición de Mariana, el médico aceleró el paso.
—¿Qué ocurrió?
Ezequiel respondió inmediatamente.
—Impacto directo contra el abdomen y la cabeza.
Embarazo avanzado.
Posible agresión.
Los paramédicos comenzaron a trabajar.
Mientras colocaban el monitor fetal portátil, el médico frunció el ceño.
—¿Dónde está el padre del bebé?
Rodrigo dio un paso adelante.
—Soy yo.
El médico apenas lo miró.
—Entonces aléjese.
No necesitamos más estrés para la paciente.
Mariana sintió una lágrima deslizarse por su mejilla.
No era solo el dolor físico.
Era darse cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien la estaba protegiendo.
Mientras la acomodaban en la camilla, alcanzó a ver su bolso abierto sobre el suelo.
El celular seguía grabando.
Lo había activado esa mañana para registrar los movimientos del bebé y enviárselos a su hermana.
Nunca lo había detenido.
Toda la discusión en la caja.
El golpe.
Las amenazas.
Y la llamada de Rodrigo…
Habían quedado registradas.
Ezequiel también lo vio.
Se agachó con cuidado.
Levantó el teléfono sin tocar la pantalla más de lo necesario.
—Señora Mariana…
Ella abrió los ojos con dificultad.
—¿Este teléfono estaba grabando?
Asintió muy despacio.
Ezequiel guardó el dispositivo en una bolsa transparente que uno de los policías acababa de entregarle.
—No se preocupe.
Esto no se perderá.
Rodrigo palideció.
—¡Eso es privado!
Uno de los oficiales se volvió hacia él.
—Si contiene evidencia relacionada con una posible agresión, no es tan simple.
Rodrigo abrió la boca para protestar.
Pero antes de que pudiera hacerlo, otro policía recibió una llamada por la radio.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió.
Miró directamente a Rodrigo.
—Acaba de llegar una solicitud urgente de la Unidad de Delitos Financieros.

Todos guardaron silencio.
El agente respiró hondo antes de continuar.
—Parece que alguien intentó mover una cantidad muy importante de dinero hace apenas unos minutos…
Justo después de la agresión.
Y ese intento de transferencia acaba de activar una alerta automática.