Boyd Hastings no desenfundó el arma cuando me vio.
Eso me preocupó más.
—Cole —dijo lentamente—. ¿Qué demonios haces aquí?
No respondí.
Detrás de él, Tommy Ashwell palideció.
—Ese loco nos disparó.
Boyd miró su rifle destrozado.
Después observó el camión.
—¿Les disparaste?
—Si hubiera querido dispararles, no estaríamos teniendo esta conversación.
Dean bajó los ojos.
Boyd entendió perfectamente.
—Voy a necesitar tu arma.
—Y yo necesito que llames a la guardabosques.
Su expresión cambió apenas un segundo.
Pero lo vi.
—¿Por qué?
—Porque mataron al alce cuarenta y siete.
Tommy soltó una maldición.
Boyd giró hacia él.
—¿Cuarenta y siete?
Demasiado rápido.
Demasiado específico.
Sonreí.
—Interesante.
Boyd comprendió su error.
—¿Qué?
—Nunca dije que conocieras su número.
Silencio.
Entonces escuchamos un motor acercándose.
Otro vehículo atravesó la tormenta.
Reconocí la camioneta.
La guardabosques Rachel Vaughn bajó con el uniforme cubierto de nieve.
La mujer en la que confiaba desde que compré el rancho.
—Cole, recibimos una alerta del collar de la cuarenta y siete.
Boyd me miró.
Rachel también.
Y ahí estaba la segunda pieza.
—¿Una alerta?
—El collar dejó de transmitir.
—¿Cuándo?
—Hace aproximadamente dos horas.
Tommy comenzó a retroceder.
Rachel iluminó su mochila.
—Ábrela.
Tommy miró a Boyd.
No a Rachel.
A Boyd.
Eso bastó.
—Ábrela —repetí.
Dentro estaba el collar ensangrentado.
Rachel sacó inmediatamente el teléfono.
—Nadie se mueve.
Boyd agarró su muñeca.
—Podemos resolver esto en la oficina.
Rachel lo miró fijamente.
—Suéltame.
Por primera vez vi miedo auténtico en los ojos de Hastings.
Entonces Dean habló.
—Yo no quería matarla.
Tommy giró violentamente.
—Cállate.
—Dijiste que solo necesitábamos el collar.
Rachel se quedó inmóvil.
—¿Para qué?
Dean empezó a llorar.
—No lo sé.
Tommy se lanzó hacia él.
Lo derribé antes de que llegara.
Boyd puso finalmente la mano sobre su arma.
Rachel desenfundó primero.
—Ni lo intentes.
Durante varios segundos nadie respiró.
Después Boyd levantó lentamente las manos.
Aquella noche llegaron agentes estatales.
Tommy, Jim y Dean fueron detenidos.
Boyd también.
Pero antes de que se lo llevaran, se inclinó hacia mí.
—Crees que has ganado porque atrapaste a cuatro idiotas.
—Nunca pensé eso.
Su sonrisa desapareció.
—Entonces sabes que alguien más quería ese collar.
Sí.
Lo sabía.
A la mañana siguiente Rachel y yo revisamos los datos de seguimiento.
El collar cuarenta y siete pertenecía a un proyecto que estudiaba los movimientos migratorios de los alces.
Solo siete personas podían acceder a su ubicación en tiempo real.
Rachel era una.
Boyd no.
Los Ashwell tampoco.
—Alguien les dio las coordenadas —dije.
Rachel asintió.
Entonces encontramos algo extraño.
Durante las últimas seis semanas, alguien había consultado exclusivamente los datos de la cuarenta y siete.
Cuarenta y tres veces.
No los de la manada.
Solo los de ella.
—Esto nunca fue caza furtiva —murmuré.
Rachel abrió el historial de investigación.
La cuarenta y siete había sido sedada meses atrás para una revisión veterinaria.
Durante aquella intervención tomaron muestras de sangre.
Una de ellas había producido un resultado anómalo.
Concentraciones elevadas de metales pesados.
—¿De dónde? —pregunté.
Rachel amplió el mapa.
Los movimientos del animal formaban un patrón.
La cuarenta y siete bebía regularmente en un arroyo que nacía fuera de mi propiedad.
El agua atravesaba terrenos pertenecientes a una compañía minera.
Sentí que todo encajaba.
Si el alce llevaba meses exponiéndose a contaminación, su collar podía demostrar exactamente dónde.
Alguien no quería el trofeo.
Quería destruir la evidencia.
Rachel se quedó mirando la pantalla.
—Cole…
—¿Qué?
—La empresa minera financia parcialmente nuestro programa de seguimiento.
Entonces abrió la lista de personas autorizadas.
Mi estómago se cerró.
Conocía el último nombre.
Dr. Samuel Kerr.
Director del proyecto.
Mi vecino.
El hombre que me había convencido para permitir que los investigadores instalaran cámaras en mi rancho.
Y el hombre que, durante los últimos tres años, había cenado conmigo cada Navidad.
Rachel negó lentamente.
—Sam no haría esto.
—Entonces averigüémoslo.
Fuimos hasta su estación de investigación.
La puerta estaba abierta.
No había nadie.
Los servidores habían desaparecido.
También los archivos.
Pero sobre el escritorio había un teléfono satelital.
Revisé las últimas llamadas.
Una había sido realizada la misma noche de la tormenta.
Al número de Boyd.
Rachel se cubrió la boca.
Entonces encontré un mensaje sin borrar.
“Cuando Ashwell retire el collar, elimina los datos de la cuarenta y siete. Mercer no puede descubrir qué hay debajo de su rancho.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Debajo de mi rancho.
No río arriba.
No en la mina.
Debajo de mi propia tierra.
Rachel se acercó.
—Cole, ¿qué compraste realmente cuando adquiriste esa propiedad?
No pude responder.
Porque en ese instante recordé algo que había ignorado durante dos años.
Cuando restauré la cabaña de 1911, encontré una puerta de hierro enterrada detrás del antiguo granero.
Nunca conseguí abrirla.
Y aquella vieja puerta estaba exactamente en el centro de la zona donde la cuarenta y siete pasaba casi todas las noches.
