PARTE 2: LA IDENTIDAD QUE NO PUDIERON ROBAR

El pasillo de admisiones quedó en silencio.

Decenas de estudiantes comenzaron a mirar alternativamente a Eric, a la joven que estaba junto a él y a mí.

Eric levantó la voz con una seguridad ensayada.

—La verdadera Clara Hayes llegó conmigo. Esa mujer está usando documentos falsificados.

La muchacha a su lado bajó la cabeza, fingiendo nerviosismo.

Un profesor dio un paso al frente.

—Por favor, nadie se mueva. Vamos a verificar la información.

Yo respiré hondo.

En mi vida anterior habría entrado en pánico.

Ahora no.

Ya conocía a Eric.

Y sabía que, cuando improvisaba, siempre cometía el mismo error.


Nos condujeron a una oficina.

La directora de admisiones colocó dos expedientes sobre la mesa.

—Las dos aparecen con el mismo nombre y el mismo número de examen. Necesitamos aclarar esta situación.

Eric intervino antes que nadie.

—Mi novia perdió algunos documentos durante el viaje. Esa mujer seguramente los encontró y los utilizó.

Lo observé sin interrumpirlo.

Cuanto más hablaba, más detalles inventaba.

Y las mentiras demasiado largas siempre terminaban contradiciéndose.


La directora me miró.

—¿Qué tiene que decir?

Abrí lentamente mi mochila.

Saqué una carpeta transparente.

—Antes de salir de casa hice copias certificadas de todos mis documentos.

También traje los recibos del envío de la carta de admisión, mi comprobante del examen y las fotografías tomadas el día de la evaluación.

Los coloqué sobre la mesa.

Después añadí algo más.

—Y quisiera hacer una pregunta.

Todos me observaron.

Miré directamente a Eric.

—Si esa joven es la verdadera Clara Hayes…

¿Puede decirnos en qué preparatoria estudió?

La muchacha abrió la boca.

No respondió.

Eric intentó intervenir.

—Está muy nerviosa…

La directora levantó una mano.

—Permítala contestar.

Tras unos segundos, dijo el nombre de una escuela.

Sonreí con tristeza.

—Yo nunca estudié allí.

Mi expediente académico pertenece al Instituto Lincoln de Georgia.

Si realmente usó mi identidad, alguien olvidó aprender mi historia.


La directora comenzó a revisar ambos archivos.

Frunció el ceño.

—Hay algo más.

Tomó las solicitudes.

—Las firmas son completamente distintas.

Miró a Eric.

—¿Quién preparó esta segunda documentación?

Por primera vez él perdió la seguridad.

—Yo… solo acompañé a mi novia.

La directora llamó al departamento de registro.

Minutos después apareció un responsable con varios documentos originales.

Comparó fotografías.

Fechas.

Resultados del examen.

Finalmente levantó la vista.

—La plaza fue otorgada legítimamente a la señorita Clara Hayes.

Señaló hacia mí.

—Ella.

La otra identificación presenta inconsistencias que deben investigarse.


La joven rompió a llorar.

—Yo…

Yo no sabía…

Eric giró bruscamente hacia ella.

—¡Cállate!

Aquella reacción fue suficiente.

La directora pidió al personal de seguridad que permaneciera en la puerta mientras continuaba la revisión administrativa.

Nadie acusó a nadie de inmediato.

Simplemente decidieron conservar toda la documentación para verificar cómo había aparecido un segundo expediente con datos duplicados.


Cuando salimos de la oficina, Eric intentó alcanzarme.

—Clara, escucha…

Me detuve.

Era la primera vez que lo veía sin el control absoluto que había tenido sobre mi vida en el otro futuro.

—¿Por qué?

Pregunté.

No levanté la voz.

Solo quería oírlo.

Él evitó mirarme.

—Porque… si tú estudiabas aquí…

Ya no me necesitarías.

Aquellas palabras fueron más sinceras que cualquier declaración de amor que me hubiera hecho.

No intentó negar nada.

No habló de sentimientos.

Solo de control.


Tomé mi maleta.

—Tienes razón.

Si estudiaba aquí, nunca dependería de ti.

Y precisamente por eso intentaste impedirlo.

Eric dio un paso hacia mí.

—Podemos empezar de nuevo.

Negué lentamente.

—No.

La diferencia entre esta vida y la anterior es que ahora conozco el final antes de recorrer el camino.

Me di la vuelta.

Caminé hacia la residencia universitaria sin volver a mirar atrás.

Por primera vez en dos vidas distintas, atravesé aquellas puertas como estudiante.

Y comprendí que el mayor cambio no era haber salvado mi carta de admisión.

Era haber dejado de entregar mi futuro a alguien que llevaba años planeando arrebatármelo.

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