Andrés permaneció varios segundos con el teléfono pegado al oído.
La llamada ya se había cortado.
Pero aquellas cinco palabras seguían golpeándole la cabeza.
“¿Quién te habló de la gemela?”
Sintió que le faltaba el aire.
Marcó otra vez.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Doña Teresa no volvió a contestar.
A la mañana siguiente, Andrés tomó el primer vuelo disponible a Madrid.
Desde ahí abordó otro hacia Guadalajara.
No podía seguir en Roma sin respuestas.
Las nueve horas de viaje transcurrieron entre fotografías antiguas.
Lucía sonriendo en Tlaquepaque.
Lucía en la playa.
Lucía sosteniendo una taza enorme de café.
Nunca.
Jamás.
Había mencionado una hermana.
Dos días después, Andrés estaba frente a la casa de doña Teresa.
La misma fachada color crema.
Las mismas bugambilias.
El mismo columpio donde Lucía se sentaba a leer los domingos.
La puerta tardó casi un minuto en abrirse.
Doña Teresa parecía haber envejecido diez años desde la última vez que la vio.
—Sabía que vendrías.
Andrés entró sin decir nada.
La sala seguía igual.
La fotografía del supuesto funeral continuaba sobre la chimenea.
Las veladoras.
La imagen de la Virgen.
Todo permanecía detenido ocho años atrás.
Doña Teresa sirvió café.
Sus manos temblaban.
—¿Qué significa lo que dijiste?
Ella no respondió enseguida.
Miró durante largo rato la taza.
Después levantó la vista.
—Lucía nació con una hermana gemela.
Andrés sintió un golpe seco en el pecho.
—No…
—Sí.
Se llamaba Laura.
Silencio.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
Doña Teresa cerró los ojos.
—Porque durante cuarenta años creímos que estaba muerta.
Andrés frunció el ceño.
Ella respiró profundamente.
—Nacieron prematuras.
Hubo complicaciones.
El hospital nos dijo que una de las niñas no sobrevivió.
Nos entregaron un certificado.
Un pequeño ataúd cerrado.
Yo nunca vi el cuerpo.
Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.
—Confié en los médicos.
Andrés apenas podía procesarlo.
—¿Y ahora dices que…?
—Después de que me llamaste…
Abrió lentamente un cajón del mueble.
Sacó una caja de madera.
Dentro había documentos viejos.
Fotografías.
Recortes.
Y un sobre amarillento.
—Tu suegro nunca creyó aquella versión.
Pasó años investigando.
Antes de morir encontró algo.
Le entregó el sobre.
Andrés lo abrió con cuidado.
Dentro había una copia de un expediente hospitalario de 1981.
En una hoja aparecía una anotación escrita a mano.
“Gemela trasladada por orden administrativa.”
Nada más.
Sin destino.
Sin explicación.
Solo esa frase.
Andrés levantó la vista.
—¿Por qué nunca me enseñaste esto?
Doña Teresa rompió a llorar.
—Porque cuando Lucía desapareció en Italia…
Su voz se quebró.
—Pensé que Dios me estaba castigando por no haber buscado suficiente a Laura.
La habitación quedó en silencio.
Esa misma noche, Andrés llamó a Mauricio en Roma.
—Necesito un favor.
—Lo que sea.
—Quiero saber quién es esa mujer.
Mauricio tardó apenas unas horas.
Al amanecer volvió a llamar.
—La encontré.
Andrés sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Cómo se llama?
—Laura Moretti.
El mundo volvió a detenerse.
—¿Qué más?
—Está casada con un empresario italiano llamado Marco Bellini.
Vive en Roma desde hace más de diez años.
Tiene dos hijas gemelas de cinco años.
No aparece ningún registro de haber vivido en México.
Andrés cerró lentamente los ojos.
Todo apuntaba a una conclusión imposible.
Laura existía.
Era real.
Y quizá nunca supo que había nacido en otro país.
Pero aún quedaba una pregunta.
La más dolorosa de todas.
Si la mujer de Roma era Laura…
Entonces…
¿Quién había caído realmente de aquel crucero?
Tres días después, Andrés regresó a Italia.
Esta vez no improvisó.
Esperó frente a la escuela de las niñas.

A las cuatro de la tarde apareció Laura.
Tomó de la mano a las pequeñas.
Andrés caminó hacia ella.
Con calma.
Sin gritar.
Sin correr.
Cuando estuvo frente a ella, habló despacio.
—Perdón.
Ella sonrió con educación.
—¿Sí?
Andrés sacó lentamente una fotografía.
Era una imagen de su boda con Lucía.
La colocó frente a ella.
Laura dejó de sonreír.
Sus ojos se clavaron en la fotografía durante varios segundos.
Después levantó lentamente la vista.
Por primera vez desde que la conocía…
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Dónde consiguió esa foto?
Andrés sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Porque la mujer que aparece conmigo era mi esposa.
Laura seguía mirando la imagen.
Sus manos empezaron a temblar.
Las niñas observaron a su madre confundidas.
—Mamá…
Laura apenas podía respirar.
Sus labios comenzaron a moverse.
—No…
Sacudió la cabeza.
—Eso es imposible.
Pero antes de que pudiera decir una palabra más, una voz masculina sonó detrás de ellos.
—Laura.
Los tres voltearon.
Marco Bellini caminaba hacia ellos con el rostro completamente serio.
Miró la fotografía.
Después miró a Andrés.
Y finalmente a Laura.
Entonces pronunció una frase que dejó a los tres completamente inmóviles.
—Creo que ya es hora de contarle quién eres realmente.
Y por la expresión de Laura, Andrés comprendió que ella tampoco conocía toda la verdad sobre su propia vida.