PARTE 2: LA HEREDERA MOREAU HABÍA REGRESADO

Los rotores de los tres helicópteros hicieron temblar los ventanales del hospital.

Médicos, enfermeras y pacientes se acercaron a las ventanas sin entender qué ocurría.

En pocos segundos, un grupo de hombres y mujeres vestidos con trajes oscuros cruzó el pasillo de maternidad.

Al frente caminaba un anciano de cabello completamente blanco.

Su bastón nunca tocó el suelo.

Solo lo llevaba por costumbre.

Al verlo, el director del hospital se adelantó inmediatamente.

—Señor Bastien.

El hombre apenas asintió.

—La señorita Moreau.

Ahora.

Dos escoltas abrieron la puerta de la habitación.

Bastien entró primero.

Sus ojos se humedecieron al verme.

—Perdón por haber tardado siete años en encontrarla, señorita Valentina.

Sonreí con dificultad.

—Yo fui quien decidió desaparecer.

Él inclinó la cabeza.

—Su abuelo nunca dejó de buscarla.

Se acercó lentamente a mi cama.

Después hizo algo que dejó inmóviles a todos los presentes.

Se arrodilló.

Tomó mi mano con un respeto casi reverencial.

—La familia Moreau le da la bienvenida a casa.

Varias enfermeras se miraron entre sí, completamente confundidas.

El director carraspeó.

—La unidad neonatal ya fue preparada para el traslado.

Bastien entregó una carpeta.

—Aquí está la autorización del consejo médico internacional.

Los gemelos serán trasladados inmediatamente al Instituto Moreau de Medicina Infantil en Ginebra.

El mejor centro de neonatología de Europa.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Podrán viajar?

Una mujer con uniforme azul dio un paso adelante.

—Soy la doctora Elise Laurent.

Jefa de cirugía neonatal del Instituto Moreau.

Vine personalmente en el vuelo.

Le sonrió con dulzura.

—Sus hijos tienen posibilidades reales de recuperarse.

Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.

No eran de tristeza.

Eran las primeras lágrimas de esperanza desde que habían nacido Noah y Liam.

Mientras tanto…

A treinta kilómetros del hospital.

Alexander Grant levantaba una copa de champán en el penthouse de la familia.

Camila estaba sentada a su lado.

—Brindemos.

Alexander sonrió.

—Por los nuevos comienzos.

Su teléfono vibró.

Era su director financiero.

Contestó con fastidio.

—¿Qué ocurre?

Al otro lado solo se escuchó una voz nerviosa.

—Señor Grant…

Tenemos un problema enorme.

—¿Qué pasó?

—Blue Harbor Capital acaba de retirar toda la financiación del proyecto portuario.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué?

—Y no solo eso.

Los bancos europeos comenzaron a cancelar nuestras líneas de crédito.

Tres inversionistas asiáticos también abandonaron el consorcio hace veinte minutos.

Alexander dejó lentamente la copa sobre la mesa.

—Eso es imposible.

Blue Harbor jamás rompe contratos de esta forma.

—Acaban de hacerlo.

El silencio se volvió pesado.

Camila comenzó a inquietarse.

—¿Qué significa eso?

Alexander respiró profundamente.

—Significa que alguien muy poderoso decidió destruirnos.

No sabía que, exactamente en ese instante, el avión médico donde viajaban mis hijos ya estaba despegando.

Dentro de la aeronave, Bastien colocó frente a mí una carpeta de cuero azul oscuro.

En la portada solo aparecía un nombre.

MOREAU.

La abrí.

El primer documento era el testamento de mi abuelo.

El segundo, la estructura completa del grupo financiero.

El tercero hizo que incluso yo dejara de respirar.

Valor estimado del patrimonio familiar: 186.400 millones de dólares.

Cerré lentamente la carpeta.

Bastien sonrió.

—Eso no es lo más importante.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía un hombre joven estrechando la mano de otro empresario.

Reconocí inmediatamente uno de los rostros.

El abuelo de Alexander Grant.

—¿Qué significa esto?

Bastien respondió con absoluta calma.

—Significa que Grant Holdings no nació sola.

Hace cuarenta años fue la familia Moreau quien salvó a los Grant de la bancarrota.

Respiró un instante.

—Y existe una cláusula secreta en aquel acuerdo.

Lo miré fijamente.

—¿Cuál?

Bastien sostuvo mi mirada.

—Que si algún día un Grant dañaba deliberadamente a un miembro de la familia Moreau…

Todo lo que poseen podría volver legalmente a manos de los Moreau.

El avión atravesó las nubes.

Muy lejos, Alexander seguía convencido de que había comprado mi silencio con treinta millones de dólares.

Sin imaginar que acababa de activar el único contrato que su familia había jurado, generación tras generación, no romper jamás.

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