El oficial no reprodujo la grabación allí.
La guardó como evidencia.
Ethan reaccionó inmediatamente.
—Eso es mío. No tienen derecho a llevárselo.
El policía lo miró.
—Ahora mismo es lo último que debería preocuparle.
Los paramédicos sacaron a Claire del cobertizo.
La acompañé hasta la ambulancia.
—Papá…
—Estoy aquí.
Me agarró la mano.
—No fue la primera vez.
Sentí que se me helaba el pecho.
—¿Qué quieres decir?
Claire cerró los ojos.
—Por eso compré la grabadora.
Entonces entendí.
No pertenecía a Ethan.
Era de mi hija.
Claire llevaba semanas registrando lo que ocurría porque sabía que nadie creería fácilmente lo que sucedía detrás de aquellas puertas.
Horas después, en el hospital, un detective vino a verme.
—Su hija y el bebé están siendo atendidos.
Después colocó una bolsa de evidencia sobre la mesa.
Dentro estaba la grabadora.
—Hay varias grabaciones.
—¿Qué contienen?
Su expresión se endureció.
—Amenazas. Conversaciones sobre dinero. Y algo más.
Claire abrió los ojos.
—¿Encontraron la última?
El detective asintió.
Ethan había descubierto que Claire quería marcharse.
Pero había otro motivo para impedirlo.
Dos semanas antes, Claire había encontrado documentos financieros escondidos en su despacho.
Préstamos.
Pólizas.
Firmas que parecían ser las suyas.
Pero que ella nunca había puesto.
—Ethan estaba utilizando mi identidad —susurró.
El detective añadió:
—Y aparentemente necesitaba que ella firmara otro documento.
Recordé la cinta adhesiva.
El cuchillo.
El teléfono destruido.
Sentí náuseas.
—¿Dónde está Ethan?
—Bajo custodia mientras investigamos.
Entonces Claire me miró.
—Papá, hay algo que todavía no saben.
Sacó una pequeña llave de la cadena que llevaba al cuello.
—Ethan pensaba que todos los documentos estaban en casa.
—Pero hice copias.
El detective se inclinó hacia delante.
—¿Dónde?
—En una caja de seguridad.
Dos días después, los investigadores la abrieron.
Dentro encontraron suficientes registros para demostrar que el problema era mucho mayor que nuestro yerno.
Había nombres de empresas.
Transferencias.
Documentos falsificados.
Y una lista de personas.
El nombre de Ethan aparecía varias veces.
Pero no estaba arriba.
Había otro nombre encabezando cada página.
Cuando el detective me lo mostró, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Lo conocía.
Había cenado en mi casa.
Había asistido a la boda de Claire.
Incluso había sido quien me dijo años atrás:
—No se preocupe. Ethan cuidará de su hija.
Levanté la vista.
—¿Él está detrás de esto?
El detective cerró la carpeta.
—Eso es lo que necesitamos averiguar.
Entonces mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
Una voz masculina dijo solamente:
—Deberías haber dejado cerrado ese cobertizo.
Y colgó.
Miré al detective.
En ese instante comprendimos lo mismo.
Ethan estaba detenido.
Así que quien acababa de llamarme seguía libre.